sábado, 13 de julio de 2019

Inmutabilidad




Instaló el último chip, comprobó el último circuito, dio un último repaso a todo y, finalmente, con un suspiro de satisfacción, dio por concluida la máquina del tiempo. Tras un rato de mirarla con orgullo de padre, entró en la cabina. Acercó sus manos temblorosas al panel de control y lo acarició tiernamente antes de empezar a pulsar botones. Había llegado el momento de comprobar si, efectivamente, funcionaba. Escogió ir tan sólo unas décadas en el futuro, hizo unos breves cálculos para compensar los movimientos de rotación y traslación del planeta y no acabar en mitad del océano, introdujo los datos, pulsó el botón correspondiente y viajó al futuro.
Salió de la cabina, muy emocionado y algo preocupado por lo que podía encontrar y quedó sorprendido al ver que nada había cambiado. Aquello era su laboratorio de siempre, el que había construido en el sótano de su casa. Por si acaso, se animó a subir hacia la planta y alta y... Sí, allí todo seguía exactamente igual. O sea, que su máquina había fallado.
Volvió al sótano y entró de nuevo en la máquina del tiempo dispuesto a probar una vez más. Avanzaría otras cuantas décadas.... Nada.



Siguió probando durante toda la noche, pero cada vez que salía se encontraba con su laboratorio exactamente tal como lo había dejado, sin tan siquiera una mota de polvo más.
Pasó días revisando, desmontando y volviendo a montar, repasando cálculos, examinando hasta el más pequeño de los circuitos... Todo parecía correcto y, sin embargo, cada vez que intentaba viajar nada pasaba.
Al fin, un día, se rindió a la evidencia: la máquina del tiempo, su máquina del tiempo, no servía para nada. Subió por última vez las escaleras del sótano, cerró la puerta con llave y dejó allí olvidado el sueño de su vida.
Fue una lástima que en ningún momento se le ocurriera salir de su laboratorio. De haberlo hecho, habría descubierto que su máquina sí que funcionaba y que sería su hijo quien lo descubriría tras su muerte, y todo esto lo habría descubierto sólo con leer la placa instalada en la entrada a su casa-museo.
Claro que, de haberlo hecho, esta historia no habría podido escribirse.

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