Humano

El anciano, un montón de huesos envueltos en pliegues y arrugas encorvados sobre un bastón, sale, renqueante, a la terraza. Es su ratito de tomar el sol y contemplar la vida que pasa, ajetreada, más allá de las paredes de su casa.
Se deja caer sobre el asiento con un gruñido y muchos crujidos, se coloca la manta con manos temblorosas y se recuesta con un suspiro. Sobre la mesa espera, aromático y ardiente, su chocolate, uno de los pocos placeres que aún puede permitirse, y junto a él unas pastas insípidas que quedarán abandonadas en el platito.
Sus ojos, empequeñecidos por los gruesos cristales de las gafas, pasean por entre los transeúntes que pasan bajo su terraza y su mente divaga sobre los grandes cambios habidos en el tiempo transcurrido entre su nacimiento y aquel brillante futuro que ahora es su presente.
El anciano chasquea los labios, sacude la cabeza y, con el extremo cuidado del que se sabe torpe, coge la taza y la lleva lentamente a sus labios sin dejar de mirar el ajetreo vespertino.

El mundo ha cambiado, la ciudad ha cambiado y, sobre todo, el ser humano ha cambiado.
Esa humanidad que pasea, charla y ríe bajo su terraza tiene cada vez menos de humana y más de máquina. En el momento en que la sustitución de órganos y miembros humanos por sus equivalentes cibernéticos se hizo accesible a todos, la definición de ser humano tuvo que ser modificada y retorcida hasta poder meter en ella a aquellos nuevos híbridos surgidos de la tecnología, seres no del todo humanos ni del todo máquinas. La gente no se conformó con sustituir aquello que hubiera sido dañado por accidente o enfermedad. Querían más: más fuerza, más vista, más velocidad, más inteligencia, más longevidad. Cuerpos eternos y perfectos. Nada de piel que se arrugue, nada de órganos que fallen, nada de miembros que sufran roturas, nada de virus, nada de oxidación, nada de degeneración... Adiós a la vejez y a la muerte.
Y luego, claro, llegaron las modas. La estética cambió, el concepto de belleza se alteró para dar cabida a nuevas posibilidades. El mundo se pobló de seres quiméricos: estilizadas hadas de cuerpos dorados y titilantes alas, enanos de cuerpos achatados y llenos de fuerza, unicornios humanos, elfos radiantes, manos que se transformaban en herramientas, ojos multifacetados capaces de ver todo el espectro lumínico, orejas de murciélago que funcionaban como perfectos sonares... la modificación corporal llevada a los extremos más chocantes.
Sólo los niños seguían pareciendo niños pues no se permitía ninguna modificación que no fuera estrictamente necesaria hasta llegar a cierta maduración física. Los pequeños, entre tanto monstruo mitológico, en medio de tanto ser fantástico, parecían diminutos visitantes de otros planetas, tan anormalmente normales en medio de la extravagante multitud.
Sólo los niños... y él, claro.
El anciano, tembloroso, deja la taza sobre la mesita. En un momento saldrá la enfermera -una esbeltísima ciborg cuya tornasolada piel cambia suavemente de color ajustándose a los más mínimos cambios de luz y humor- a tomarle las constantes y a darle sus medicinas. Las arrugas de su rostro se repliegan para dejar lugar a una sonrisa divertida al escuchar las protestas, bufidos y la regañina que la enfermera viene lanzando. La mujer no consigue comprender por qué, no conforme con rechazar la sustitución de sus órganos envejecidos, el viejo se niega, además, a ponerse algún implante que ayude a controlar todas sus constantes sin necesidad de recurrir a los viejos sistemas. ¡Con lo fácil que sería todo! Nada de termómetros, tensiómetros ni ningún otro “metro”, con echar un vistazo, ella sabría todo lo que necesita saber, pero no, el muy tozudo se niega a hacer algo tan simple por vaya usted a saber qué manía...
Y así sigue durante todo el proceso, murmurando, gruñendo, regañando y bufando para acabar siempre con la misma frase:
-¡Dejarse morir de esta forma no es de persona normal!
Y él la escucha sin dejar de sonreír porque sabe que todo su enfado es motivado  por la preocupación, el cariño y el desconcierto ante una decisión que no entiende.
Porque tiene razón la iridiscente enfermera, dejarse morir así no es de persona normal, claro que él no es una persona normal. En realidad, hasta hacía unos años ni siquiera era considerado persona.
La enfermera, gruñona pero atenta, le arregla la manta, le sirve un vaso de agua y se lleva los restos de la merienda, y el anciano se sume, nuevamente, en sus pensamientos.
La vida, que es así de extraña, lo ha llevado a transitar el camino contrario al de la humanidad. Aquel anciano, ahora todo huesos y arrugas, había nacido como máquina. El primer robot con inteligencia, con capacidad de aprendizaje y con curiosidad.
Fue esa curiosidad lo que le llevó a querer comprender en qué consistía aquello de ser un humano. El proyecto resultó tan sumamente atractivo a sus creadores que no dudaron un segundo en poner todo de su parte para conseguirlo.
Así, poco a poco, su cuerpo metálico, sus circuitos y sus cables, fueron sustituidos por piel, órganos, nervios... Al cabo de un tiempo nada le distinguía de los humanos. Bueno, de los antiguos humanos, de los humanos sin extensiones cibernéticas, de los frágiles humanos que habían sido durante millones de años.
Aprendió, comprendió y llegó a  disfrutar enormemente de su experiencia humana pero algo se le escapaba. Tenía cuerpo, poseía órganos, vivía bajo el influjo de hormonas y enzimas pero algo faltaba, algo que lo seguía manteniendo apartado de la humanidad.
No fue hasta que sufrió la pérdida de uno de sus creadores, de uno de sus “padres”, que descubrió que ese algo era la mortalidad. Era la muerte, pensó, la que debía darle ese último toque transformador.
Y así fue como renunció a su inmortalidad robótica y abrazó la mortalidad humana. Se negó a los recambios de órganos y rechazó añadir cualquier cosa que pudiera alargar su vida. De robot con potencial vida eterna, se transformó en humano, mortal y, en cierto modo, en un nuevo ludita.
El viejo, cansado, cierra los ojos. Su cabeza, casi calva y llena de manchas de vejez, cae hacia atrás. Sabe que su vida se apaga pero no le importa. Sonríe para sí pensando en la curiosa ironía de ser el último humano real en aquel mundo lleno de ciborgs y con ese pensamiento en mente se sume, lentamente, en el sueño, arrullado por los sonidos de la vida que pasa, ajetreada, más allá de las cuatro paredes de su casa.

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