miércoles, 11 de marzo de 2015

El maestro


Todo el pueblo, lleno de furia, se había echado a la calle. Hasta el maestro, hombre prudente y callado, se había unido a la turba encolerizada que se dirigía al castillo en busca del monstruo que, desde hacía semanas, mantenía a la comarca aterrorizada.
La furibunda turbamulta avanzaba en bloque, gritando, gruñendo, transformadas las individualidades en un único cuerpo erizado de palos, rastrillos, hoces, palas y cualquier otro instrumento agrícola que pudiera ser usado como arma, la ira de unos alimentando la ira de otros, dispuestos todos a rasgar, apalear, colgar, desgarrar y, en fin, acabar con la vida del monstruo de las maneras más atroces.
El pequeño maestro, el hombre prudente que pasaba sus días enseñando y educando, se dejó arrastrar, enajenado por aquella marea de odio, hasta las puertas del castillo donde el Dr. Frankenstein y su criatura habitaban aunque, a medida que se aproximaban a su destino, más tiempo tenía para meditar y más resistencia oponía al torbellino de violencia que lo llevaba en volandas.


Al llegar a la lóbrega morada del monstruo y contemplarlo de cerca, el educador se convirtió en un punto de silencio en un mar de gritos. De pronto dudó. La fuerza airada que lo había empujado hasta entonces se iba disolviendo bajo la lluvia de sus pensamientos.
Miró a su alrededor y vio odio, ira ciega, ansias de sangre, hambre de violencia,  sed de muerte...
Miró al monstruo y vio soledad y temor.
Su mirada bailó de unos a otros y, durante un terrible y revelador instante, fue incapaz de distinguir quién era el monstruo y quién la víctima.
Avergonzado, dejó caer la horca que llevaba en la mano y, lentamente, la cabeza inclinada, abochornado, el prudente maestro regresó a su casa.