Bufón


Estaba destinado a ser el orgullo de su padre y la felicidad de su madre pero, en cuanto vio la primera luz, se transformó en la vergüenza de su padre y en la ruina de su madre.
Su madre lloró al ver su pequeño y deforme cuerpo. Lloró mientras le daba el único abrazo y los únicos besos que el pequeño recibiría en su vida, lloró mientras lo arrancaban de sus brazos, lloró al ser rechazada por el rey y siguió llorando todo el tiempo que duró su vida en un alejado y triste monasterio.
El rey, su padre, en cambio, apartó la vista del niño, abochornado ante su feo y endeble aspecto. Como hijo de un rey, el niño fue cuidado por las mejores ayas del reino, como hijo deforme y motivo de oprobio, el pequeño fue olvidado e ignorado por su padre.
Creció, pues, el que debía haber sido legítimo heredero al trono, oculto entre la servidumbre, apartado de la figura paterna y maltratado por su hermano menor, hijo del segundo matrimonio del rey y, este sí, hermoso, fuerte, audaz, presuntuoso, cruel y destinado a sentarse en el trono a su debido tiempo.

Berthrand, que así se llamaba el desposeído príncipe, no tardó en convertirse en el hazmerreír de la corte. No había cortesano que no lo hiciera objeto de burlas aún frente a su padre quien, en su afán de negación filial, fingía no verlo y que, a veces, incluso se unía a las risas. Cuando no se reían de él, recibía insultos y hasta golpes pues los caballeros, entre ellos su hermano, mostraban tendencia a descargar sobre él -el más bajo, el más desgraciado, el más triste de todos los que habitaban aquel palacio- todo su mal humor y sus frustraciones diarias.
Pronto, Berthrand aprendió dos cosas: a mantenerse alejado de dichos caballeros todo lo que fuera posible y que era más fácil librarse de una paliza haciendo reír a sus maltratadores que corriendo con sus cortas y torpes piernas.
Al llegar a la adolescencia, el “príncipe enano” (como acabo siendo conocido por todos) se había transformado en el mejor bufón de la corte. Tenía un humor agudo, culto, inteligente y mordaz; sabía devolver los insultos con el punto justo de acritud y gracia para tomarse una mínima revancha sin acabar molido a palos. Su padre seguía intentando fingir que no era hijo suyo, el heredero -su hermano- seguía maltratándolo y haciéndolo objeto de bromas crueles pero Berthrand había conseguido que el resto de la corte le buscara para reír con sus bromas, chistes y piruetas en lugar de para golpearle con puños y palabras.



Usaba las palabras como arma arrojadiza y empleaba la risa como escudo defensivo. No se ganó nunca el cariño de nadie pero logró sobrevivir mientras guardaba en su corazón cada insulto, cada gesto airado, cada golpe, cada muestra de indiferencia de su padre y de su hermano y los repasaba por la noche, sacándolos uno a uno, contemplándolos como un coleccionista haría con sus más preciados tesoros.
Alimentando su odio, haciéndolo cada vez más grande, hasta lograr que fuera mayor que el miedo.
A los veinte años Berthrand era el mejor bufón del reino, el hombre más culto del mismo y poseedor de una gran inteligencia. Podría haber sido un heredero mucho más digno de su hermano y mucho mejor rey, él lo sabía y no podía olvidarlo.
Tanto odio acumuló y tan convencido se encontraba de su propia valía que la idea del asesinato llegó a su mente y se acomodó en ella de forma natural. En poco tiempo, Berthrand planeó la muerte del rey y del príncipe heredero y la forma de acabar en él el trono.
 


Buscó descontentos entre los nobles, forjó alianzas y, cuando se sintió fuerte, buscó el más potente veneno y asesinó a ambos hombres.
El mismo día de la muerte del rey y del heredero, Berthrand, el príncipe enano, el bufó de palacio, trepó con esfuerzo al alto trono. Tomó la corona entre sus rechonchas manitas y, haciendo un esfuerzo, la puso sobre su cabeza... y la corte allí reunida estalló en sonoras carcajadas. La corona había caído hasta la altura de sus orejas, cubriéndole los ojos y dándole un aspecto ridículo.
Los cortesanos no podían dejar de reírse y, ante ese sonido, Bertrhand fue dolorosamente consciente de que él jamás sería rey y que para todos sería siempre y por siempre, un simple bufón.
Se quitó la corona, descendió torpemente del trono, fue a sus aposentos e hizo lo único que le quedaba por hacer: beberse el resto del veneno que había preparado para su padre y para su hermano.
Nadie lloraría al pequeño rey bufón.


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