jueves, 19 de abril de 2012

Guerra


Bajo la gran montaña Takatifu, vivían los binadamu y los ubinadamu. Los primeros al norte y los segundos al sur. Ambas tribus conseguían la mayor parte de su alimentación de ella y ambas tribus afirmaban que la montaña les pertenecía y es por esa razón que llevan generaciones y generaciones luchando entre ellos.

Durante generaciones las mujeres solicitaron ayuda al gran dios Muumbaji para que metiera un poco de sentido común en la cabeza de sus hombres, pero Muumbaji no las escuchaba, ningún gran guerrero hacía caso a los llantos de las mujeres y no había guerrero más grande que Muumbaji. Entonces las mujeres decidieron pedir ayuda a Bimungu, madre del gran dios pues saben que ni tan siquiera un gran guerrero puede negarse a escuchar a su madre.

Y así ocurrió que Bimungo acudió a su hijo, Muumbaji, y lo convenció para que descendiera a la Tierra y ayudara a detener esa guerra sin sentido.


Muumbaji fue hasta la montaña donde los hombres batallaban y habló con ellos durante tres días.

El primer día Muumbaji les sermoneó y les recordó que ni los animales ni las plantas pertenecían al hombre, sino que todo lo que en el mundo había pertenecía a él, el gran dios Muambaji, que los había creado con el barro del Gran Río... Pero los hombres continuaron luchando.

El segundo día Muumbaji les conminó a compartir la montaña pues había alimento de sobra para ambas tribus sin necesidad de luchar por ella... Pero los hombres siguieron batallando.

El tercer día Muumbaji les dijo que él mismo dividiría a Takatifu en dos mitades y que le daría una a cada tribu... Pero los guerreros tampoco le hicieron caso en esta ocasión.

Al cuarto día, Muumbaji, furioso, transformó a la gran montaña Takatifu en un río. Cuando los guerreros llegaron al lugar en el que solían luchar se quedaron mirándose, confusos, cada tribu en una orilla diferente y, no sabiendo qué hacer, se dieron media vuelta y volvieron a sus chozas.

Durante un tiempo reinó la paz entre ambas tribus, los binadamu cazaban y recolectaban en la orilla norte y los ubinadamu en la orilla sur, las mujeres estaban contentas, Bimungu estaba contenta y Muumbaji estaba contento.
Por desgracia, a las pocas semanas, los guerreros volvieron a la lucha porque, según los binadamus aseguraban que los peces del río eran suyos y los ubinadamus -por supuesto- decían que les pertenecía.

Otra vez lloraron las mujeres.

Otra vez suplicaron a Bimungu.

Otra vez Bimungu acudió a su hijo.

Otra vez volvió Muumbaji a la Tierra.

En esta ocasión el dios no intentó hablar con los hombres pues ya sabía que no le harían caso sino que espero a que llegara la hora y se fueran a dormir para transformar el gran río en una espesa selva.


 Entonces Muumbaji transformó la fértil selva en un árido y gigantesco desierto, allí no había nada que cazar, pescar o recolectar. Los binadamu se trasladaron aún más al norte en busca de un mejor lugar y los ubinadamu se adentraron aún más en el sur buscando sitios mejores y nunca volvieron a luchar entre ellos porque nunca volvieron a encontrarse.
Las mujeres dejaron de llorar.

Bimungu dejó de pedir ayuda a su hijo.

Y Muumbaji pudo dedicarse a disfrutar de la caza sin que su madre lo molestara con absurdos ruegos.