miércoles, 23 de febrero de 2011

Cajas

Una mano tantea el aire en busca del móvil que, sobre la mesilla, vibra y lanza al aire la tonta melodía que usa como tono para alarma mañanera. Cuando la eligió le había parecido divertida y apropiada para su propósito pero cada mañana se arrepiente de su decisión. Claro que, en esos primeros momentos de la mañana, habría odiado incluso la más hermosa composición de Mozart o el más dulce trinar de los gorriones.


Las siete de la mañana, piensa cada día, no es hora para que una persona abandone el calor de las mantas y se lance al frío de la calle. Madrugar es el peor invento de la humanidad, prosiguen sus adormilados pensamientos que, en unos instantes, comienzan a tornarse negros y deprimentes poniendo rumbo hacia la pequeña depresión cotidiana que no la abandona hasta que se toma el primer café.


Cuando sale de la cocina con el café en las manos, farfullando quejas y protestas por el día que le espera, tropieza con las cajas de embalajes que yacen abandonadas por el recién estrenado piso. Hace días que tendría que haberlas quitado de en medio pero nunca encuentra tiempo para ello. Nunca tiene tiempo para nada, piensa sentándose en el sofá sin dejar de mirar hacia las cajas que ocupan medio salón, cada vez menos tiempo. Se pasa el día de acá para allá, envuelta en una nube de trabajo y responsabilidades.


Todo se ha vuelto demasiado serio en su vida. Todo se ha vuelto demasiado adulto. Desde hace un tiempo se siente llena de nostalgia por días más sencillos.


Toma un sorbo de café mientras sigue mirando fijamente todas aquellas enormes cajas. Parece haberse olvidado del reloj.


Recuerda cuando, de niña, usaba cajas como aquellas para jugar. Una vez, incluso, había construido un castillo...o lo que intentaba ser un castillo. Y luego se había pasado horas y horas jugando a princesas.


Frunce levemente el ceño y, olvidando la prisa, el trabajo, la responsabilidad y las obligaciones, se arrodilla en el suelo, con su pijama de franela y sus calcetines y comienza a revolver entre las cajas. Las reúne, las apila, intenta transformar aquel montón de cartones en un castillo o en algo vagamente parecido, da igual, el caso es intentar recuperar aquel sentimiento de plenitud que la llenaba en su infancia.


Pasan los minutos, ella sigue construyendo su castillo, el móvil comienza a sonar y ella se limita a apagarlo. Un rato más tarde, con media fortaleza montada, suena el teléfono fijo pero ella, negándose a reconocer la existencia de otro mundo, lo desconecta y lo olvida.


La mirada le brilla de felicidad. La sonrisa no la abandona durante horas. Cuando nota el hambre se limita a coger lo primero que encuentra en el frigorífico y continúa con sus juegos.


Se siente como si volviera a tener siete años. Ese día lo pasa jugando entre las cajas, con las cajas, dentro de las cajas. Del castillo, pasa a la nave espacial, de la nave espacial, al automóvil, del automóvil a un establo, del establo al avión, del avión al autobús. Las puso en fila y tuvo un tren. Unió dos y tuvo una barra, con tres más unas mesas, con todas ellas un restaurante. Con una grande creó un teatro. Con una pequeña un carrito de bebé. Y, con todas y cada una de ellas, creó un mundo apartado y pacífico en el que durante, todo un día, fue inconscientemente feliz e irresponsablemente dichosa.



Imágenes obtenidas en deviantArt y en art-e-zine (Vintage resources).




jueves, 17 de febrero de 2011

Solipsismo

Solipsismo I

Elzeario estaba convencido de que era el único habitante del planeta y que el resto de humanos y animales sólo eran productos de su imaginación. Tan convencido estaba de ello que cierto día intentó probar a su nueva novia-producto-de-su-imaginación que el coche-producto-de-su-imaginación que se dirigía hacia él a toda velocidad no podía ocasionarle ningún daño.


Es obvio que su cuerpo no estaba tan convencido como su mente de que el coche que lo había arrollado fuera sólo algo imaginario y, tras varios intentos de reanimación, acabó falleciendo.



Solipsismo II

Elzeario estaba convencido de que era el único habitante del planeta y que el resto de humanos, animales y cosas eran producto de su mente. El único que estaba al tanto de esta curiosa teoría de Elzeario era su amigo (imaginario, como el resto) Prudencio que era, además, el único ser con el que aceptaba comunicarse.


Cada vez que sacaba el tema, Prudencio, como buen amigo imaginario, asentía comprensivamente a todo lo que Elzeario decía sin interrumpirle más de lo estrictamente necesario y sin llevarle, jamás, la contraria.


En realidad Prudencio no estaba nada de acuerdo con la tonta idea de Elzeario. Es más, Prudencio sabía que Elzeario estaba completamente equivocado aunque prefería dejar que siguiera creyendo en una idea que le hacía tan feliz antes que abrirle los ojos a la cruda verdad de que él, Prudencio, era un ser real y que el resto de personas, animales y cosas eran, también, reales y que Elzeario, sin embargo, no pasaba de ser un producto de su -demasiado activa- imaginación.




Solipsismo III

Elzeario estaba convencido de que era el único habitante del planeta y que el resto de humanos, animales y cosas eran meras invenciones suyas.


Un día a Elzeario las cosas comenzaron a irle de mal en peor y, derrotado y deprimido, decidió acabar con todos sus sufrimientos.


Elzeario dejó entonces de imaginar el sol, la luna y las estrellas. Dejó de imaginar el cielo, el mar y la tierra. Dejó de imaginar las plantas, los animales y las personas. Dejó de imaginar todo lo que había imaginado y, de este modo, sin un sólo ruido ni un sólo grito, el mundo llegó a su fin.





Imágenes procedentes de deviantART



domingo, 13 de febrero de 2011

San Valentín


Y salió a la calle desnuda de él y vestida de sí misma.


Dejó la cama cálida que acababan de compartir y en la que él le había anunciado la ruptura.


(Ella sólo quería celebrar San Valentín).


Dejó la habitación en penumbras donde se habían amado y en la que él le había roto el corazón.


Dejó la casa en silencio donde había sido feliz y que ahora la ahogaba de pena.


(Ella sólo quería celebrar San Valentín).


Dejó el frío de aquel cuerpo que había sido suyo y que ya no sería de nadie.


Y salió a la calle desnuda de él y vestida de roja sangre.


(Ella sólo quería celebrar San Valentín).


Y, para celebrar esta fecha, nada mejor que un vídeo de Tim Minchin cantando su romántica canción If I didn't have you... Que sí, que es romántica... en serio.... :D. Feliz San Valentín a quien celebre esta fecha y a quien no, pues también...







Imágenes procedentes de Art-e-zine

miércoles, 9 de febrero de 2011

Inspiración

Arístides Pavor era incapaz de escribir algo que no fueran historias de terror. No es que no quisiera o que careciera del talento necesario para dedicarse a otro tipo de literatura, es que no podía. Como había dicho en más de una entrevista, Arístides sería feliz escribiendo humor o ciencia ficción o cualquier cosa que no tuviera que ver con el terror pero... no podía.


Cuando le preguntaban de dónde sacaba sus macabras ideas, Arístides siempre hablaba de demonios interiores, del mal que cada ser humano alberga en su alma y cualquier otra llamativa tontería pseudosicológica o pseudofilosófica y hasta alguna pseudoteológica, pero jamás había contado la verdad de la fuente de su inspiración.


Nadie le creería si contara que él no había inventado ese infierno doméstico que aparecía en sus novelas o que el terrorífico demonio devorador de almas y cuerpos no era un mero producto de su fantasía. Le tomarían por loco si contara que conocía de primera mano cada tortura sufrida por los protagonistas de sus historias, cada dolor, cada terror, cada sufrimiento.


Nadie, absolutamente nadie, iba a creer que ese horror formaba parte de su vida cotidiana y que, cada noche, al volver a casa, Arístides Pavor debía sufrir torturas y horrores sin fin a cambio de escuchar, de boca de los mismos demonios que lo atormentaban, las escalofriantes historias que lo habían convertido en el autor de terror más leído de la historia.



Aquí abajo dejo un genial vídeo del genial Hugh Laurie (o, si lo prefieren, el genial Dr. House) lo que tenemos que hacer para cambiar el mundo ;)




Imágenes obtenidas de Feebleminds

jueves, 3 de febrero de 2011

El pequeño dios

El universo es nuevo, tan nuevo, que aún conserva el lustre de lo recién estrenado.


El mundo, por supuesto, también es nuevo, tan nuevo que ni tan siquiera le han quitado las etiquetas.


Los dioses son jóvenes, casi recién nacidos, y se hallan reunidos en torno al gran dios creador tratando de repartirse los diversos poderes y dominios del exuberante planeta que se extiende a sus pies. La discusión transcurre como es habitual entre ellos, es decir que, de manera muy divinamente educada, se debate entre gritos, empellones, insultos, aplastamiento de juanetes, burlas, mofas, befas y algún que otro mordisco (en esto de las dentelladas no hay quien supere al dios yorkshire, primo lejano del dios coyote, que, gracias a su tamaño, llega a innombrables y ocultos lugares a los que otros no tienen tan fácil acceso).


Los más fuertes luchan a brazo partido por dominar el cielo, el aire, el infierno, el mar, el sol, la luna, el amor, la guerra, la sabiduría, todo aquello, en fin, que consideren que les puede conferir verdadero poder y los mantenga bien calentitos y rodeados de placeres en el palacio del gran dios padre y creador.


Otros, más débiles, se disputan algunos dominios menores como la tormenta, la belleza, la fertilidad, el sueño, las estaciones, las artes, la venganza y otras posesiones que, sin dejar de tener cierta importancia, son consideradas minucias por los dioses más fuertes. Entre estos pequeños dioses la batalla es aún más encarnizada pues nadie quiere quedarse sin su parcela de poder o acabar ocupando el último lugar en el escalafón divino que corresponde a los espíritus protectores.


Entre los que sólo pueden aspirar a este rango también se produce una dura contienda ya que no es lo mismo ser el espíritu protector de un árbol que de un bosque, de una familia que de todo un pueblo, de una encrucijada que de los caminos. Cuanto más importante es lo que se ha de proteger, más posibilidades hay de ascender a pequeño dios y, desde ahí, con algo de esfuerzo, alcanzar un lugar junto al gran dios creador... o eso es lo que ellos -tan ingenuos- creen.


Dos oasis de serenidad y silencio destacan en medio de la algarabía. Por un lado, el gran dios creador, sentado en su trono, se lima las uñas y bosteza aburrido a la espera de que la discusión se dé por concluida y el reparto de poderes finalice pronto. Por otro, indolentemente sentado en un rincón, un pequeño dios contempla la escena con displicencia y aguarda el final de la jarana.


Tras unos cuantos cientos de años de alaridos, coces, dentelladas, gruñidos y golpes varios, el “civilizado debate” llega a su fin. Los dioses, sudorosos y despeinados, pasan a comunicar al “jefazo” el destino de cada cual y se preparan para ocupar su lugar. Uno a uno, dan a conocer su nombre y destino para que sean anotados en el Gran Libro de los grandes deidades, pequeños dioses, espíritus protectores y entes diversos.


Cuando todo parece estar, por fin, bien repartido y organizado, el gran dios creador se acuerda de aquel dios que, desde una esquina, contemplaba la trifulca y que allí sigue, con su misma cara de indiferencia, como si la cosa no fuera con él, observando y esperando. El dios jefe le ordena que se acerque y le pregunta por qué no ha participado del reparto.



El diosecillo se estira lánguidamente, bosteza y responde con tono abúlico que él no está interesado en proteger o tutelar nada de nada, ni se siente atraído por el poder. y desea una sola cosa: bajar al mundo como el animal de su elección y convivir con los humanos. Aclara, además, que vivirá y morirá como animal pero que su divinidad, transmitida a todos sus descendientes, permanecerá intacta para siempre.


El resto de dioses, espíritus protectores y demás entes divinos, no ponen ninguna pega. Después de todo será un rival menos en futuras luchas por subir -o evitar bajar- en el escalafón. El gran dios creador tampoco ve ningún problema en concederle lo que desea, no lo comprende, pero la incomprensión no es motivo para negarle su capricho.


El indolente dios hace una elegante reverencia a todos y, girándose con gracia, se dirige al borde del divino palacio y salta hacia el mundo de los humanos.


Milenios más tarde, los dioses que se encontraban presentes aquel día, han sido, en su mayoría, olvidados. Y los que no han sido olvidados son recordados como meros mitos o cuentos para niños.


Sólo un pequeño dios -unos pequeños dioses- indolente y altanero forma parte de la vida humana. Sólo él ha logrado ser adorado, mimado y amado durante siglos y siglos. Para él se crearon cosas como las chimeneas, las estufas, los radiadores o cualquier otra cosa que irradie un placentero calor. Para él fueron creados los cojines, los sofás mullidos y las cestas. Para su deleite, en fin, los seres humanos han construido e inventado infinidad de cosas que, en principio, parecerían inútiles.


Así, mientras el resto de dioses grandes y pequeños, lloran su perdida gloria y olvidado poder, el gato -los gatos- siguen disfrutando de la devoción de aquellos que se consideran a sí mismos como especie dominante del planeta.