domingo, 22 de agosto de 2010

Cosas que hacer sin moverse del sofá



Me voy de vacaciones que ya me toca. Volveré en un par de semanas o así.

A la vuelta pasaré lista, así que espero que no falte nadie. Ah, que me cuiden el blog no sea que vuelva y no esté :D

Aquí dejo, como despedida, un post ligerito y tontorrón, que es lo único que, en estos momentos, me permite el calor...



Tumbarte en el sofá mirando fijamente al techo.


Observar la nueva grieta que ha aparecido en el mismo.


Jugar a “¿y si...?”Por ejemplo: ¿Y si esa grieta se hiciera más grande? ¿Y si de esa grieta comenzaran a salir monstruos de otra dimensión? Y así hasta que te aburras.

Probar si es cierto eso de la telequinesis por no levantarte a buscar una cerveza.

Jugar a encontrar imágenes en las vetas del parquet/en los pozos del café/en cualquier mancha que encuentres al alcance de tus ojos.



Hacer estiramientos de piernas intentando coger el mando de la tele con los pies.


Tirar el mando al suelo.


Volver a hacer estiramientos con el mismo objetivo (prohibido levantarse del sofá).


Comprobar nuestro evidente parentesco con los chimpancés recogiendo el mando con los pies.

Hacer zapping desde el primer canal al último y desde el último al primero.

Contar las gotas que oyes caer del grifo del fregadero (sí, ese que hay que arreglar pero que no arreglas porque “nunca tienes tiempo para nada”).

Apostar cuánto tardará la araña de la esquina (sí, la de esa tela de araña que ya forma parte de la decoración) en atrapar a la mosca que lleva rato dándote la lata.



Estudiar atentamente los movimientos de dicha mosca.


Calcular cuantas moscas harían falta para tener un kilo de moscas.

Planear la forma de dominar el mundo.

Inventarte excusas que justifiquen por qué no estás haciendo algo productivo.

Calcular los meses/días/minutos/segundos que llevas vivido.

Perder la cuenta de lo anterior.

Volver a empezar.



Pintarte las uñas de colores diferentes... las veinte.


Quitarte la laca de uñas.


Volver a empezar.

Pensar en hacer algo útil.

Desechar la idea.

Intentar escuchar lo que hablan los vecinos (no se vale usar vaso).

Planificar la vuelta al mundo.

Deprimirte porque no puedes hacerlo.

Organizar un super robo al estilo Ocean’s Eleven para poder conseguir el dinero que te permita dar la vuelta al mundo.


Calcular el tiempo que eres capaz de estar sin parpadear.




Intentar no pensar.


Si lo anterior ya lo haces de manera habitual, probar a pensar.

Imaginar formas de vencer a un ejército de zombies.


Pensar en levantarte en busca de un libro que leer.


Desechar la idea.


Contar cuántas cosas hay debajo del sofá.


Contar cuántas cosas hay bajo otros sillones.


Pensar en limpiar bajo los sillones.


Desechar la idea.


Cambiar de postura.


Pensar en ponerte a dieta.


Desechar la idea.


Pensar en apuntarte a un gimnasio.


Desechar la idea.


Discutir contigo mismo.


Pensar en hacer un post tan tonto como este.







sábado, 14 de agosto de 2010

La voluntad


El anuncio de aquella vidente-curandera-médium lo ponía bien claro: “Sólo cobro la voluntad”. Como todo el mundo sabe -y si usted no lo sabe, ya se lo cuento yo-, una vidente-curandera-médium que sólo cobra la voluntad es una auténtica vidente-curandera-médium. Nada que ver con esas estafadoras -y estafadores- que te hacen pagar un dineral por sus pócimas-videncias-contactos. O eso dicen los que dicen que saben lo que dicen.


Tenía, además, fama de ser buenísima, infalibilísima y estupendísima, con lo cual su consulta estaba siempre llena de gente doliente y paciente, muy paciente, porque tenían que esperar horas y horas antes de ser atendidos por
la famosa vidente-curandera-médium.


Y todos salían contentos, felices y relajados. Al menos eso parecía por las enormes y vacuas sonrisas con la que salían de la pequeña salita-despacho-consulta de la única, auténtica y extraordinaria vidente-curandera-médium.


Si alguno -o alguna- de los que en la salita de espera
esperaban con paciencia de pacientes hubieran tenido un mínimo de capacidad de observación, habrían encontrado dichas sonrisas un poco demasiado vacuas y las expresiones de los dueños de las susodichas un poco demasiado relajadas. Vamos, que si alguno -o alguna- se hubiera parado a observar y pensar quizás habrían encontrado algo más que sospechoso en la mirada perdida, la expresión beatífica y el silencio extasiado de todos aquellos que abandonaban el lugar tras haber recibido la curación-videncia-mensaje del más allá. Pero, al parecer, nadie encontraba nada sospechoso al respecto y la señora vidente-curandera-médium seguía trabajando y cobrando, como auténtica que era, tan sólo la voluntad.


El problema, claro, llegaba a la hora de pagar esa “voluntad”. Era entonces cuando los clientes-pacientes se enteraban de que cuando la maravillosa bruja hablaba de “voluntad” no se refería a la décimoprimera acepción del diccionario (U. como fórmula para pedir un precio o un donativo cuyo importe queda a discreción del prestatario.), ni tampoco a la décimosegunda (coloq. propina (‖ gratificación).)


Cuando la vidente-curandera-médium pedía la voluntad hacía referencia, más bien, a la primera (Facultad de decidir y ordenar la propia conducta), segunda (Acto con que la potencia volitiva admite o rehúye una cosa, queriéndola, o aborreciéndola y repugnándola) y tercera (Libre albedrío o libre determin
ación) acepción del mismísimo Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española.



De ahí las sonrisas vacías y las expresiones embelesadas que todos identificaban con la felicidad de la curación o de las buenas noticias del más allá y que nadie reconocía como la vacuidad del títere sin cerebro.


O quizá
s es que, a fin de cuentas, tampoco es que llegaran con más arbitrio del que llevaban al salir.


En realidad, la inmensa mayoría ni tan siquiera percibía algún cambio.





domingo, 8 de agosto de 2010

Gatos



Sonrisa


Hace unos días el gato de Cheshire estuvo en casa de visita y su sonrisa se quedó flotando sobre mi sofá. La he limpiado y dado brillo. La he puesto junto al espejo y queda estupendamente. Desde que está ahí, en casa nadie aguanta mucho tiempo deprimido. Eso sí, hemos creado una curiosa tendencia a decir cosas sin sentido.


Si alguien se cruza con el gato, ruego le comunique que puede pasar a por ella cuando quiera... o no.



Incertidumbre


Cuando Hamlet y el gato de Schrödinger se conocieron, se cayeron bien al instante. Hamlet sintió una simpatía instantánea por la incertidumbre existencial del “estar o no estar” del gato y el minino comprendió sin ningún problema la indecisión -también existencial- del “ser o no ser” de Hamlet. Por eso, tras un tiempo de vacilación y duda, ambos, gato y humano, se animaron a compartir vida y perplejidad.


Y ahí andan mezclando dudas e incertidumbres entre el “ser o no estar” y el “no ser y estar” y el “estar o no ser” y el “no ser o no estar” y el “estar y ser”. Y con la única y gran certeza de que son y están felices.



Gato negro


Conocí un gato negro que llevaba tan mal su fama de causar mala suerte que, cierto día, decidió pintar algunas partes de su cuerpo de color blanco. Ahora es mucho más feliz: la gente ya no sale huyendo cuando lo ven y él, tranquilamente, puede seguir repartiendo mala suerte allá por donde pasa.



Marramiau

Marramiau siempre fue un gato curioso y preguntón. Indagar, investigar, analizar, examinar... nada le causaba mayor satisfacción que encontrarse frente a una pregunta y encontrarle respuesta. Nada escapaba a su ansia de conocimiento, absolutamente nada.


Cierto día, Marramiau, comenzó a preguntarse acerca de esas famosas siete vidas que, supuestamente, todo gato tenía. Ninguno de los mininos que él conocía ponían en duda esta cuestión pero cuando preguntaba por el número de vidas vividas, todos contestaban que una y sólo una. Y cuando inquiría sobre si conocían a alguno que hubiera vivido las siete vidas todos hacían referencia a algún primo lejano o a un tío de un vecino o a un compañero de un amigo de su hermano y cosas así. Esto, que debería haberle resultado sospechosamente vago y que, de ser un gato menos curioso, le habría hecho abandonar sus investigaciones sólo hizo que Marramiau arreciara en sus pesquisas.


¿Y cómo saber si en verdad un gato tiene o no tiene siete vidas? Marramiau lo tuvo claro: tenía que inmolar una de sus -supuestas- vidas en nombre del saber. Hizo un primer intento tirándose desde un balcón pero, claro, ya se sabe que los gatos siempre caen sobre sus patas y, por muchas veces que se lanzó desde diferentes alturas, no hubo forma de lograrlo. Luego probó otras dos docenas de formas de suicidarse demostrando que, al parecer, eso de suicidarse no es tan fácil como parece... al menos en su caso.


Finalmente, el minino curioso logró acabar con su vida dejándose arrollar por un camión cargado de pescado fresco. El cuerpo de Marramiau quedó, destripado y aplastado, sobre el asfalto... y, al cabo de un rato, el espíritu gatuno tuvo claro que los gatos tenían una sóla, única y extraordinaria vida.


Marramiau había satisfecho su curiosidad... aunque no tuviera posibilidad alguna de transmitir su nuevo conocimiento a sus congéneres.




miércoles, 4 de agosto de 2010

Aura y la lavadora (Infantil)

La pequeña Aura entra en la cocina y se sienta en el suelo, frente a la lavadora. Su mamá siempre se queja porque dice que los calcetines le desaparecen en esa máquina.


Esto intriga mucho a Aura. Por eso siempre se sienta delante de la lavadora para ver si logra averiguar dónde van los calcetines que su mamá pierde.


Sus ojos dan vueltas y vueltas siguiendo el girar de la ropa. Sube un pantalón, baja una camiseta, asoma el borde de un vestido, ahí, ahí hay un calcetín... ¡vaya desapareció!


Mientras la ropa gira, Aura piensa que, quizás, la lavadora es algo más que una lavadora. Piensa que, tal vez, es una puerta mágica hacia el mundo de los calcetines y por eso es que desaparecen tantos ahí dentro.


Piensa Aura que, tal vez, si mira muy fijamente, muy fijamente, sin parpadear siquiera, podrá ver cómo se abre esa puerta, allá, al fondo, y cómo se escapa algún calcetín; igual uno de esos rosas suyos tan bonitos.


Sus ojos dan vueltas y vueltas siguiendo el girar de la ropa. Sube un pantalón, baja una camiseta, asoma el borde de un vestido, ahí, ahí está la puerta... ¡vaya desapareció!


La ropa sigue girando y Aura sigue pensando. Quizás lo que ocurre es que, escondido tras la lavadora, vive un duende, un gnomo, un extraño diablillo que roba calcetines quizás para vestirse o puede que sólo por molestar.


Pobre gnomito, piensa Aura, ahí atrás tan solo y tan desnudito. Si ella pudiera entrar en esa máquina seguro que lo podría ayudar. Y no le daría calcetines, no, le dejaría su ropa más bonita... Bueno, no, que igual es un chico. Entonces le cogería ropa de su papá o le ayudaría a hacerse alguna prenda como hace con sus muñecas.


Y cree Aura que si mira fijamente, muy fijamente, sin parpadear siquiera, verá al gnomito surgir corriendo entre la ropa y ¡zas! pillar un calcetín, o dos o más.


Sus ojos dan vueltas y vueltas siguiendo el girar de la ropa. Sube un pantalón, baja una camiseta, asoma el borde de un vestido, ahí, ahí está el gnomito... ¡vaya se escabulló!


Gira y gira la ropa, y no para de girar. También los pensamientos de Aura giran y giran y no dejan de girar. Tal vez, puede ser, cualquiera sabe, en la lavadora viva un animal al que hay que alimentar. Un animal pequeñajo, peludito, con grandes ojos marrones, una cara muy divertida, unas manos pequeñitas y un rabito que no para de mover.


¡Qué contenta debe ponerse cada vez que mamá abre la lavadora! Aura lo imagina relamerse pensando en los calcetines que se va a zampar. ¿Cuáles serán sus favoritos? ¿Los negros de papá? ¿Los de deportes de mamá? ¿Los suyos tan chiquitos, con dibujitos y demás?


Supone Aura que si mira muy fijamente, muy fijamente, sin siquiera parpadear, verá al animalillo, correr, trepar, nadar tras los calcetines que se quiere zampar.


Sus ojos dan vueltas y vueltas siguiendo el girar de la ropa. Sube un pantalón, baja una camiseta, asoma el borde de un vestido... Ahí, ahí, se ve como atrapa uno... ¿Lo ves? ¿Lo puedes ver? ¡Vaya se esfumó!


De pronto, todo se para, se acabó lo que se daba, ya terminó de lavar.


Cuando su madre llega a la colada buscar, Aura sigue pensativa, las manos en la barbilla, pensando a todo pensar.


Aura levanta su cabecita y pregunta a su mamá cuantos calcetines han desaparecido esta vez.



Luego, muy seria, se pone otra vez a pensar y se promete a sí misma que la próxima vez, seguro que lo que ocurre con esos calcetines va a averiguar.