domingo, 8 de agosto de 2010

Gatos



Sonrisa


Hace unos días el gato de Cheshire estuvo en casa de visita y su sonrisa se quedó flotando sobre mi sofá. La he limpiado y dado brillo. La he puesto junto al espejo y queda estupendamente. Desde que está ahí, en casa nadie aguanta mucho tiempo deprimido. Eso sí, hemos creado una curiosa tendencia a decir cosas sin sentido.


Si alguien se cruza con el gato, ruego le comunique que puede pasar a por ella cuando quiera... o no.



Incertidumbre


Cuando Hamlet y el gato de Schrödinger se conocieron, se cayeron bien al instante. Hamlet sintió una simpatía instantánea por la incertidumbre existencial del “estar o no estar” del gato y el minino comprendió sin ningún problema la indecisión -también existencial- del “ser o no ser” de Hamlet. Por eso, tras un tiempo de vacilación y duda, ambos, gato y humano, se animaron a compartir vida y perplejidad.


Y ahí andan mezclando dudas e incertidumbres entre el “ser o no estar” y el “no ser y estar” y el “estar o no ser” y el “no ser o no estar” y el “estar y ser”. Y con la única y gran certeza de que son y están felices.



Gato negro


Conocí un gato negro que llevaba tan mal su fama de causar mala suerte que, cierto día, decidió pintar algunas partes de su cuerpo de color blanco. Ahora es mucho más feliz: la gente ya no sale huyendo cuando lo ven y él, tranquilamente, puede seguir repartiendo mala suerte allá por donde pasa.



Marramiau

Marramiau siempre fue un gato curioso y preguntón. Indagar, investigar, analizar, examinar... nada le causaba mayor satisfacción que encontrarse frente a una pregunta y encontrarle respuesta. Nada escapaba a su ansia de conocimiento, absolutamente nada.


Cierto día, Marramiau, comenzó a preguntarse acerca de esas famosas siete vidas que, supuestamente, todo gato tenía. Ninguno de los mininos que él conocía ponían en duda esta cuestión pero cuando preguntaba por el número de vidas vividas, todos contestaban que una y sólo una. Y cuando inquiría sobre si conocían a alguno que hubiera vivido las siete vidas todos hacían referencia a algún primo lejano o a un tío de un vecino o a un compañero de un amigo de su hermano y cosas así. Esto, que debería haberle resultado sospechosamente vago y que, de ser un gato menos curioso, le habría hecho abandonar sus investigaciones sólo hizo que Marramiau arreciara en sus pesquisas.


¿Y cómo saber si en verdad un gato tiene o no tiene siete vidas? Marramiau lo tuvo claro: tenía que inmolar una de sus -supuestas- vidas en nombre del saber. Hizo un primer intento tirándose desde un balcón pero, claro, ya se sabe que los gatos siempre caen sobre sus patas y, por muchas veces que se lanzó desde diferentes alturas, no hubo forma de lograrlo. Luego probó otras dos docenas de formas de suicidarse demostrando que, al parecer, eso de suicidarse no es tan fácil como parece... al menos en su caso.


Finalmente, el minino curioso logró acabar con su vida dejándose arrollar por un camión cargado de pescado fresco. El cuerpo de Marramiau quedó, destripado y aplastado, sobre el asfalto... y, al cabo de un rato, el espíritu gatuno tuvo claro que los gatos tenían una sóla, única y extraordinaria vida.


Marramiau había satisfecho su curiosidad... aunque no tuviera posibilidad alguna de transmitir su nuevo conocimiento a sus congéneres.