Menudas ocurrencias

Cuando las agujas del reloj se encuentran a eso de las doce -dos veces en el día- ni imaginas la de cosas que se cuentan. Han tenido, cada una, doce horas para observar, sentir, pensar y reflexionar sobre la vida, la humanidad y el mundo. Yo daría lo que fuera por poder escuchar lo que, en susurros, al oído, se cuentan a eso de las doce de la noche -dos veces en el día-.



Cuentan que la ambrosía fue la bebida de los dioses hasta que, una tarde lluviosa de noviembre, un antiguo dios etíope los invitó a una taza de café. Desde entonces, es habitual que todos los olímpicos se reúnan una vez en semana, en cualquier recóndita y coqueta cafetería, a compartir la negra bebida mientras mantienen amenas conversaciones y comparten amables cotilleos.



El joven poeta se levantaba de madrugada y, aún con el sueño llenando sus ojos, salía a lanzar al viento sus versos recién creados con la ilusión de que, alguien, quien fuera, los recoja, los lea, los ame y los vuelva a lanzar al viento con la ilusión de que, alguien, quien sea, los atrape, los lea, los ame y los vuelva a lanzar al viento...






Ella hablaba y hablaba como si la vida se le fuera a acabar en los próximos cinco minutos. En cambio, él la escuchaba con la atención y la paciencia de quien tiene años para derrochar. Ella no podía mantener su atención fija en nada más de unos pocos segundos. En cambio, él tenía todo su interés puesto en no perder ni una de sus palabras y ninguno de sus movimientos. Ella era mudable y volátil como la niebla. Él, cambio, era firme y constante como una roca. Incomprensiblemente llevaban treinta años siendo felizmente incompatibles y amorosamente opuestos.




Aquella noche el niño no se dormía. Su madre le dijo que, para que el sueño viniera, le contara bonitas historias. Así que el pequeño cerró sus ojos y comenzó con sus historias. Y eran tan hermosas y divertidas esas historias que el sueño no tardo en llegar. El problema fue que, eran tan hermosas y divertidas esas historias que el sueño luego no quiso marcharse jamás de su lado...


Los monstruos de toda la vida, hastiados de causar ternura y risa, molestos por haber sido relegados a humorísticos y blandos personajes infantiles, reunidos en pública asamblea decidieron por unanimidad abandonar este mundo y largarse en busca de otro en el que sean más respetados y más temidos. Dejan, pesarosos, este mundo humano en manos de monstruos mucho más crueles de lo que ellos hayan sido jamás.


Siempre había pensado que el tabaco iba a acabar matándola. Lo pensaba cada vez que encendía uno y cada vez que lo acababa. Pero no le importaba, podría decirse que lo tenía asumido. Siempre había estado segura de que su final vendría de la mano de esos cigarrillos de los que no podía prescindir. Por eso se sintió entre sorprendida y decepcionada cuando vio aquel camión abalanzarse sobre ella a toda velocidad. Sin embargo, antes de perder su último hilo de consciencia tuvo tiempo de fijarse en que había sido atropellada por un camión que transportaba tabaco. Y, además, de su marca favorita. Si hubiera podido hasta hubiera sonreído: a fin de cuentas, no se había equivocado.


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