Una cuestión de peso


Al fin lo había logrado, sí señor, al fin lo había conseguido. Tras tantos sufrimientos había encontrado el secreto para perder esos kilos que le sobraban y que tanto amargaban su existencia.


Se siente tan feliz que se lo cuenta a todo aquel que le preste un poco de atención.


Hasta el momento de su revelación -así la llama él, “su revelación”-, había probado todas las dietas habidas y por haber sin ningún resultado. Así, a bote pronto, podía recordar la dieta de la sopa de cebolla, la de la alcachofa, la de Atkins, la de los astronautas, la de la Clínica Mayo, la Scardale, la de la Piña, la Macrobiótica, la Definitiva -claro que eso venían a prometer todas, comenta con risita sarcástica-, la del futbolista, la del bocadillo, la de la Luna, la disociada y hasta la del Ramadán. Había probado -continua enumerando alegremente- con endocrinos, nutricionistas, pastillas milagrosas, acupuntores y hasta con curanderos africanos. Había practicado deporte, meditación, visualización e, incluso -aquí pone los ojos en blanco-, hipnosis. Por probar, hasta había probado a hacer huelga de hambre y ni por esas. Sacude la cabeza sonriendo casi como si ni él mismo creyera las tonterías que llegó a hacer.


No había manera -continua-. No perdía peso ni a tiros... hasta que tuvo su fantástica, maravillosa y genial idea. Y entonces, sí, entonces había perdido, por fin, peso. Y aquí es donde se yergue, orgulloso como un pavo y sonríe mostrando todos sus dientes de tiburón.


Era tan tremendamente sencillo que costaba creer que no se le hubiera ocurrido antes. Y era tan brillante que costaba creer que se le hubiera ocurrido a él -sonrisa de falsa modestia-. Pero así era y ahí estaba el resultado.


Cierto que había sido muy doloroso, afirma con rotundos movimientos de cabeza. Cierto que había sido muy sucio. Cierto, también, que casi le cuesta la vida; pero nadie le podía negar que su idea era auténticamente genial, simple y efectiva.


Sí señor, todo el mundo debería seguir su ejemplo y dejarse de dietas y tonterías varias.


Eso le cuenta a quien quiera escucharle.


Déjese usted de dietas y tonterías -continúa- para perder peso lo mejor es, sin duda alguna, amputarse ambas piernas por encima de las rodillas. Se lo aseguro. Pérdida de peso instantánea y garantizada.


Y, desde su silla de ruedas, sonríe feliz y satisfecho con su nuevo peso.




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