domingo, 15 de marzo de 2009

El regreso

Primero fue el olor. Había estado soñando con el mar, así que pensó que formaba parte de su sueño pero, para su sorpresa, al abrir los ojos el aroma seguía con él. Se levantó de la cama y ahí continuaba. Permaneció con él todo el día; y ahí se mantenía, varios días después, el olor salado e intenso, el olor verde azulado del mar, un olor tan real que casi sentía la sal en los labios.

Luego llegó el sonido de las olas. Se despertaba con su estruendo en un día tormentoso. Se dormía con su arrullo tranquilizador. La música del oleaje iba tras él fuera donde fuera.


Hacía tiempo que la vida se le estaba haciendo cuesta arriba. El día a día lo aplastaba. Las obligaciones le pesaban. Su mujer le agobiaba. Su trabajo no le ofrecía ningún aliciente. Nada le satisfacía. Nada le llenaba. Nada le hacía feliz. El mundo le parecía cada vez más triste y no se sentía cercano a nada ni a nadie.


Y ahora, además, el mar le estaba llamando. Le cantaba día y noche, noche y día. El mar le murmuraba historias, le susurraba aventuras. El mar, su mar, le prometía libertad.




Le llevó años dar su brazo a torcer y reconocer que se había equivocado en ese absurdo deseo suyo de vivir en el mundo real. Incluso él, su enemigo de siempre, se lo había advertido:

-No todos sirven para la vida real. Volverás. Nos batiremos de nuevo.


Por supuesto no le creyó; nadie en su sano juicio creería lo que le dijera su enemigo. Sin embargo ahí estaba ahora, con su vida real, su esposa real, su trabajo real, su despertador real, sus compañeros reales... y su deseo real de volver a su mundo y batirse en duelo con ese maldito.


Y mientras se decidía o no se decidía, el olor, el sonido y hasta el sabor del mar le perseguían a todas horas. La mar lo llamaba de nuevo a su lado. Casi podía sentir el crujir de los maderos de cubierta, el vaivén del barco al cabalgar sobre el oleaje, el mar rompiendo en la proa, los cantos y gritos de su tripulación.



Hasta el día en que no pudo más.


Meditabundo, llegó hasta la puerta de su casa. Cabizbajo, metió la llave en la cerradura. Y en ese preciso instante, su cabello se agitó con una brisa suave, percibió el aroma salobre del océano, escuchó el lejano romper de las olas y, sin darse cuenta, comenzó a entonar una vieja canción pirata.


Dejó su maletín ante la puerta y la llave en la cerradura. Dejó a su esposa esperando su regreso. Dejó su vida real y, sin despedirse de nada ni nadie, se fue en busca del mar.


Navegó alejándose todo lo que pudo de tierra y cuando se sintió lo bastante lejos, se detuvo, lanzó el ancla del barquichuelo que había alquilado y se sentó a esperar a su barco y a su tripulación.


Llegaron casi enseguida. Entre gritos y maldiciones recogieron a su capitán. Y rieron. Y bebieron ron.



Le devolvieron sus viejas ropas.


Le dieron noticias de su gran enemigo.


Lo último que le entragaron fue su brillante garfio.


Y, al ponérselo, por fin, el Capitán Hook volvió a sentirse un hombre pleno y feliz.


Lejos del mundo real.


Rumbo a Nunca Jamás.


Por fin.