Historias



Hay historias que tienen tantísimas ganas de ser contadas que salen como disparadas de los dedos. Salen a presión, sin detenerse a tomar aire, sin dar tiempo a que las medites. Casi se “caen” de los dedos. De esas hay muchas en este blog.

Hay otras, sin embargo, que van saliendo a trancas y barrancas. Historias que se vuelven tímidas a medida que vas contándolas y que, aunque empiezan con ganas, acaban por salir con reticencia y malas caras. Pero, finalmente, salen. De esas también hay unas cuantas en este blog.

Hay, por último, otras historias que empiezan a contarse y, sin saber cómo ni por qué, se detienen. No quieren acabar de desarrollarse. Se quedan en meros inicios. Un párrafo, tres a lo sumo. Son historias que enseñan la patita y luego salen corriendo a ocultarse en lo más profundo de mi mente. Son cuentos que, por mucho empeño que le ponga, se niegan a ir más allá. Son como esos estudiantes que comienzan tres carreras y no acaban ninguna.

Son intentos de continuar algún cuento anterior, como este:

“Soy Payasote el Fantasmote. El payaso fantasma ¿o era el fantasma payaso? ¿O el fantayaso… o el payatasma? Bueno, en fin (Reverencia… qué suelo más sucio… Reverencia… mira, un euro… Reverencia…). Soy yo.

Hace un tiempo te conté mi historia. Tú me recuerdas, te lo veo en la cara. Y tú… tú te has olvidado de mí, te lo noto en los ojos. En cuanto a ti… mmm… veamos… ¡Tú no me conoces! Bueno, no importa. Para ti que me recuerdas (besote), para ti que me has olvidado (besito) y para ti que no me conoces (besazo), para todos, todos, todos, absolutamente todos y todas…. PRRRRRUMMMM…. (esto es un redoble aunque suene raro) os voy a contar una historia.

Mía, claro.

Bueno, mía y de alguien más”.

Y ahí se quedó el tema. Hasta ahí llegó el cuentito. Se plantó y no quiso seguir.


También tengo este otro inicio de cuento:

“¡Bienvenida, señorita!

¡Bienvenido, señorito!

¡Bienvenidos y bienvenidas al País de los Juguetes Antiguos!

El país donde viven los juguetes que gustaban a vuestros papás y a vuestras mamás; a vuestros abuelos y a vuestras abuelas; a vuestros bisabuelos y a vuestras bisabuelas y hasta a vuestros tatara-tatara-tatara-tatarabuelos y a vuestras tatara-tatara-tatara-tatarabuelas.

Os hemos preparado un desfile para presentaros a todos estos juguetes. Así que mejor será que os sentéis. Tú, aquí, y tú por aquí… aquel por allí y aquella por allá… y ese que se ponga ahí y esa, esa… mmmm… ahí, sí, ahí”.

Y, al llegar aquí, dijo: me planto… y ya no hubo forma de seguir…




Y éste relato de aquí también se plantó al poco de comenzado:

“Siempre había creído que mi familia era muy normal y muy aburrida pero dice mi amigo Luisito que de eso nada, monada. Que mi familia es muy rara. Pero yo no sé por qué dice eso.

Mi familia está formada por: mi mamá, mi papá, mi hermana mayor y un señor de marrón que ya estaba en casa cuando mi mamá y mi papá se mudaron y al que todos llamamos tío Don Nadie porque nunca nos ha dicho su nombre.

También viven con nosotros el abuelo José (el papá de mi mamá) y la abuela Santiaga (la mamá de mi papá), que no se hablan desde hace quince años. Dice el abuelo que la culpa es de la abuela, que quiso envenenarle. Pero la abuela dice que eso no es cierto, que lo que pasa es que el abuelo siempre ha sido muy cegato y, en lugar de tomarse el vasito de orujo de todos los días, cogió su vasito de medicina y, claro, se puso malísimo. El abuelo dice que casi lo mata, y la abuela dice que para nada, que como mucho estuvo unos días con retortijones y nada más.

Tras varios días de peleas y gritos, al final, dejaron de hablarse y hasta hacen como que no se ven ni nada. Nosotros ya nos hemos acostumbrado pero a la gente le resulta de lo más extraño”.

... No he vuelto a tener noticias de esta familia.


Y este último, ya se ve, se había arrepentido casi antes de empezar:

Tenía una sonrisa tan amplia y blanca como la del Gato de Cheshire, tan limpia e inocente como la de Alicia y tan vieja y profunda como la de la Esfinge. Parecía, a la vez, joven y viejo, lleno de tradiciones y abierto a las novedades”.



Son un poco insoportables estos retales de historias. Son como esas mujeres a las que les gusta hacerse de rogar: los sigues sin conseguirlos y, justamente por ello, pones aún más empeño en lograrlo. Los rondas, los mimas, los buscas, intentas conquistarlos de mil maneras diferentes… hasta que llega el momento en que, cansado de tanta tontería, decides mandarlos a paseo y pasar a otra cosa.

Y ahí se quedan, siempre en principio y sin llegar a tener nudo ni desenlace.


En fin, quizás, algún día, alguno de estos relatos se anime a continuar y me deje ver toda la historia y, si no lo logro nunca pues… pues… no sé, supongo que irán al país de las historias sin contar o algo así…


P.S.: Acabo de leer el comentario de Victoria y, la verdad, me gusta la idea que sugiere así que si a alguien le apetece continuar alguna de estas historias (aquí o en su propio blog), que lo haga, me encantará ver el resultado.




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