Cosas de niños


El niño juega a solas y susurra:
-Hoy han vuelto a llamarme monstruo. No sé por qué lo hacen. No soy ningún monstruo. No parezco un monstruo, ni huelo como un monstruo, ni gruño como un monstruo, ni estoy lleno de pelo, ni tengo dientes enormes, ni garras afiladas, ni nada que parezca de monstruo.
El niño, sin dejar el juego, continúa murmurando:
-Nadie quiere jugar conmigo. Durante el recreo me siento en un rincón del patio y los miro jugar. A veces se acerca alguno hasta donde yo estoy y me pega, o me escupe o me llama monstruo porque sus amigos le han retado a hacerlo. Yo no hago nada, sólo me quedo mirando, muy fijo. Ni siquiera hablo. Eso los pone nerviosos y muchos acaban dejándome en paz.
El niño se quita de los ojos un mechón de pelo rebelde dejando un rastro de suciedad amarronada en su frente y continúa con su monólogo:

-No siempre funciona. Siempre hay alguno que que no se conforma con un escupitajo, un insulto o un empujón, y decide que quiere más y se pone a darme puñetazos o patadas... Entonces lloro, porque sé que es lo que quieren, que llore mucho, muy fuerte y les doy lo que quieren encantado con tal de que me dejen en paz. Cuanto más fuerte lloro, antes se paran, sobre todo si hay algún profe cerca.

El niño detiene su juego y escucha. A lo lejos suena la voz ebria de su madre llamándole a gritos. Él se queda quieto, muy quieto, escuchando esa voz pastosa que le escupe maldiciones e insultos. Lo mejor es no moverse, no acercarse a ella, no ahora. Puede verla desde la seguridad de los arbustos tras  los que juega, lleva el cinto apretado en torno a su su mano derecha, desgreñada, la camiseta llena de lamparones y balanceándose mientras grita su nombre. Es la hora de su castigo. Del castigo sin motivo. Del castigo por si acaso. Del castigo que, según su madre, se merece por ser un maldito monstruo. Sí, su madre también le llama monstruo. Como todos. Él no se mueve ni medio milímetro, la deja que se desgañite hasta casi la afonía. En un rato caerá sobre el sofá en estado semi comatoso y entonces él podrá volver a casa, coger cualquier cosa del frigo y encerrarse en su cuarto.
Por fin se hace el silencio y el niño continúa con su soliloquio:
-Mamá también me llama monstruo. Pero yo no soy un monstruo. Ni siquiera parezco uno. No sé por qué lo hace. Tampoco sé por qué los demás chicos se meten conmigo. Yo sólo quiero que me dejen tranquilo, ni siquiera intento ya ser su amigo. Pero no me dejan en paz. Hoy mismo un grupo de los mayores me ha esperado al salir del cole. El cabecilla dijo que los miré mal. No es cierto. Yo no los miro, ni mal ni bien ni de ninguna manera. Ni siquiera me pongo en su camino porque sé lo que pasa cuando me cruzo con ellos. Por eso intento esquivarlos y, si no me queda otra que pasar a su lado, bajo la cabeza y me encojo. Intento hacerme pequeño, muy pequeño, tan pequeño que no puedan verme.

A veces consigo hacerme invisible y paso a su lado sin que se fijen en mí. Otras, no. Otras me ven.
Hoy ha sido una de las otras veces.
Por eso estaban esperándome.
El niño se limpia un reguero de mocos verdosos con la manga del jersey.
-Me han rodeado, pero como soy más pequeño y más flaco he podido escabullirme entre ellos. He corrido todo lo aprisa que he podido, pero al final me han pillado. Me han cogido entre dos mientras el más grande, el que manda, me daba puñetazos en el estómago. Dice que así no deja marcas y da igual que me chive. ¡Como si yo fuera a chivarme! Luego me han tirado al suelo y me han restregado la cara contra una boñiga de perro. Yo los he dejado hacer. Con estos no funciona lo de mirarlos, se enfadan más. Ni tampoco funciona que me ponga a llorar, se rien y me dan con más fuerza. Con estos lo único que puedo hacer es esperar a que se cansen del juego. Hoy tuve suerte y se cansaron pronto.
El niño aparta unas molestas moscas y continúa:
-Al llegar a casa y quitarme la ropa sucia, me miro al espejo. A veces lo hago. Me miro muy bien mirado. Por delante. Por detrás. De un lado. Del otro. Me miro todo el cuerpo con mucho cuidado. Buscando qué puedo tener de monstruo: unos cuernos, una cola, escamas... No sé, algo raro. Pero nunca me encuentro nada. Soy un niño como los demás. O eso creo.

Durante un instante, el niño queda con la mirada perdida, su mente perdida entre recuerdos y luego, algo reticente, vuelve a susurrar:
-Una vez tuve un amigo. Un amigo que no me llamaba monstruo. Se llamaba Mike y lo pasábamos muy bien juntos. Era muy divertido. Me invitaba a jugar a su casa y a mí me encantaba ir. Su casa estaba muy limpia y su mamá no se emborrachaba, ni gritaba, nos daba leche y galletas para merendar y Mike tenía un montón de juguetes. En cambio, yo nunca lo traje a casa. Me daba vergüenza. Éramos los mejores amigos del mundo hasta el día que jugamos a uno de mis juegos favoritos con su hermano pequeño. No sé por qué se asustó tanto ni por qué llamó a su mamá. Si, total, sólo le había hecho un par de cortes en las piernas que casi ni sangraban. Ni siquiera había comenzado a golpearle los dedos con el martillo, con lo divertido que es oír el crack del hueso cuando se rompe... Cuando la madre de Mike entró se puso a gritar como una loca mientras desataba al llorica del hermano de mi amigo. Me dijo un montón de cosas feas. Me echó de su casa y luego llamó a mi madre para gritarle más cosas feas. Ese día mamá me dio una paliza tan grande que no pude levantarme de la cama en varios días.
Desde entonces Mike dejó de hablarme y ahora él también me llama monstruo.
El niño lanza un profundo suspiro.
-Yo no entiendo nada. Mi mamá me pega porque dice que soy un monstruo. Los otros chicos me persiguen porque dicen que soy un monstruo. Nadie quiere jugar conmigo porque dicen que soy un monstruo. Se ríen de mí porque dicen que soy un monstruo. Me llaman monstruo a todas horas y yo no entiendo por qué. ¿Tú lo entiendes Dientecitos?
El niño deja a un lado el cuchillo con el que ha estado jugando y, con el ceño fruncido, alza hasta su rostro la menuda y torturada masa sanguinolenta de un ratón que, hasta no hacía mucho, respondía al nombre de Dientecitos.
-Yo no soy un monstruo, de verdad, no soy ningún monstruo.


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