viernes, 6 de noviembre de 2015

Homenaje a Wells



Identidad

La bestia se contempla en el agua.
Ladea la cabeza.
Lentos y pesados, los pensamientos intentan atravesar la nebulosa de sensaciones e instintos que pueblan su cerebro.
La bestia sigue con los ojos fijos en el agua.
Frunce el ceño.
Se parece al Amo pero no es como el Amo.
También se parece a los animales salvajes pero no es como ellos.
La bestia sacude su cabeza, frustrada y confundida.
-Yo soy... -piensa- Yo soy...
Pero no consigue continuar.
¿Qué es? ¿Animal? ¿Humano?
Brazos, piernas, garras, colmillos...
-Yo soy... Yo soy...
Pensar cuesta. Pensar cansa. Dejarse llevar por las sensaciones y los instintos es mucho mejor, mucho más sencillo.
Un sonido atrae la atención de la bestia, que se gira, olisquea y observa.
Una pequeña y palpitante criatura avanza, cauta, unos metros más allá.
La bestia saliva, casi puede sentir el sabor de la carne en su boca, la calidez de la sangre en su garganta... ¡Pero no, no, está prohibido!
El Amo no lo permite.
Imágenes de dolor interminable llenan su mente.
-¡No carne! ¡No sangre! -piensa- El Amo no... Yo soy... Yo soy...
Pero la razón no avanza. Es débil. El instinto, en cambio, es fuerte. Se adelanta y toma el mando.
Mientras se lanza sobre la caza, la bestia repite para sí misma:
-Yo soy... Yo soy... Yo soy...
Cuando sus dientes se clavan en el frágil cuello, las dudas se disipan.
El último resto de razón desaparece.
Y la bestia ruge su identidad.





Profecía


Fue predicho, pero no fue escuchado.
Fue escrito, pero no fue entendido.
Todos conocían el mensaje pero ninguno prestó atención.
La profecía fue leída en libros, oída en emisiones radiofónicas, vista en pantallas de televisión y cine, llevada al teatro y hasta transformada en musical pero, aún así, nadie la vio.
Y, entonces, ellos llegaron.
Cayeron los cilindros.
Aparecieron las máquinas guerreras, los rayos calóricos, el humo negro...
Comenzó la caza de humanos.
Los que pudimos escapar nos escondimos en las profundidades.
El libro se convirtió en nuestra guía y en nuestra esperanza. Punto por punto, todo fue sucediendo tal como allí se contaba. De modo que, bien ocultos, esperamos con paciencia el día veintiuno, el día en que todos los alienígenas morirían.
Pero ese día llegó y pasó y nada ocurrió. Ni al siguiente. Ni al otro.
Nuestras esperanzas fueron muriendo lentamente...
La buena noticia es que ya no somos cazados ni vivimos bajo tierra.
La mala es que vivimos en granjas y somos criados como ganado.
Para ellos es más cómodo y, en cierto sentido, para nosotros también lo es.
Yo aún conservo el libro del señor Wells y, de vez en cuando, releo sus páginas finales, soñando con que esa parte de la profecía también se cumpla tarde o temprano y rezando para que ese momento llegue antes de que mis hijos sirvan de alimento a nuestros amos.