La señora Engracia



La señora Engracia era menudita, redondita y dulce como un bollo recién horneado y olía igual de bien. Los niños del pueblo la adorábamos porque siempre llevaba el bolso lleno de golosinas que parecían no tener fin y que distribuía generosamente entre toda la chiquillería, porque nos contaba historias fantásticas y porque parecía tener una paciencia infinita para soportar nuestros gritos, nuestros juegos y nuestra presencia.
Los adultos, en cambio, la tenían por un poco loca. Inofensiva y encantadora, pero loca. Así y todo, entre risas y bromas, en el pueblo, cada primera noche de primavera, las ventanas se llenaban de vasos de orujo porque esa noche, contaba la señora Engracia, andaban los duendes de fiesta y casa donde no encontraran orujo, casa en la que iban a empezar a ocurrir cosas extrañas. El primer día de invierno se cuidaban mucho de apartar unos pocos troncos para que las hadas tuvieran con qué calentarse; y en la noche de Todos los Santos ninguno olvidaba sacar dulces para los espíritus que venían a visitar a los vivos. Nadie admitía creer las historias de la señora Engracia todos cumplían con estos pequeños rituales (y otros varios) iniciados por ella y es que, allá dentro suyo, donde nadie más que ellos se podían ver, estaban deseando que todo aquello fuera cierto y existieran cosas tales como duendes, hadas, espíritus y demás seres extraordinarios.


En cuanto a mí se refiere, pasaba largas tardes con ella huyendo de un hogar que se quebraba a base de gritos y portazos. Salir de mi casa e ir a la de la señora Engracia era como salir del infierno e ir al paraíso. En cuanto traspasaba el umbral de su puerta su sonrisa me arropaba y la tristeza se quedaba en la calle.
Algunas tardes las pasábamos trabajando en su pequeño huerto mientras ella me explicaba historias sobre unos diminutos seres que vivían por allí cerca y la ayudaban a tener las mejores verduras de todo el pueblo. Otras tardes la ayudaba a hacer pasteles mientras me contaba que el mejor azúcar para repostería era el que hacían las hadas porque llenaban los sueños de colores. Alguna otra dedicó a enseñarme a hacer calceta mientras me hablaba sobre lo divertido y complicado que era hacer bufanda para ratones y pajaritos. Y las tardes de tormenta yo le leía en voz alta mientras ella, sentada en la mecedora, tejía una bufanda interminable que -decía- era para un gigante friolero que ella conocía.
La señora Engracia llenó mi vida de sonrisas, fantasía, cariño y la más pura magia, y logró hacer más llevaderos aquellos difíciles momentos.


Al acabar el verano, mi madre abandonó a mi padre y me llevó a la ciudad.
Nunca volví a ver a la señora Engracia.
Al año siguiente, cuando regresé al pueblo para pasar las vacaciones con mi padre, la señora Engracia no estaba. Me contaron que un día se la había llevado una ambulancia y jamás había regresado. Nadie sabía qué había ocurrido realmente, algunos decían que debían haberla metido en algún asilo, la mayoría creía que había muerto.
Pero yo no podía creer que hubiera muerto, me parecía imposible y aún hoy sigo sin poder creerlo. Todo aquel amor, toda aquella magia no podían desaparecer así como así. Por eso, prefiero pensar que la señora Engracia, menudita, redondita y dulce como un bollo, había decidido irse con sus amigas las hadas a hacer pasteles mágicos y tejerles diminutos jerseys.
Y aún sigo leyendo en voz alta por si la señora Engracia me está escuchando.

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