Micros


Tempestad
En medio de la tempestad, una pequeña barca.
Dentro de la frágil embarcación un hombre aferrado fuertemente a un inútil paraguas.
El viento intentaba arrancarlo de sus mano pero el hombre, aún siendo consciente de la inutilidad de semejante instrumento en aquellas circunstancias, lo sujetaba con la misma fuerza que se aferraría a un salvavidas.
Desde la costa la gente miraba aquella figura diminuta, apenas una sombra en la lejanía. Las preguntas volaban de paraguas y las conjeturas esquivaban las gotas de lluvia para correr de oído en oído.
El hombre, ajeno a la multitud que lo observaba, continuaba allí, inmóvil, recibiendo en su cuerpo el impacto del viento, las gotas y el mar, con su paraguas bien sujeto y mirando el suelo de la barca.
De pronto se inclinó, tomó algo, un bulto grande que, desde la distancia, nadie era capaz de identificar. Con un enorme esfuerzo y sin soltar la pueril protección del paraguas, el hombre tiró el fardo al mar.
La muchedumbre se agitó, excitada, ahora las especulaciones caían a más velocidad que las gotas: es un cadáver, susurraban... es la prueba de algún crimen horroroso, murmuraban... es esto, es aquello, es lo otro...



 
Olfato

Cierro los ojos y huelo.
Olfateo.
Husmeo.
Olisqueo.
Alzo mi nariz, las aletas temblorosas, las fosas nasales bien abiertas y aspiro.
Me lleno de olores, los veo, los saboreo.
Huelo, huelo, huelo...
Cierro los ojos y huelo.
Me dejo guiar por mi nariz.
El paisaje se transforma.
Ya no hay volumen, color, formas, luces o sombras. Sólo hay olores, aromas naturales, perfumes artificiales, fragancias que saturan, ligeras esencias.
Hue!o al hombre que está a mi lado, a la mujer que está llegando, a la pareja que se aleja.
Mi nariz, cual mágica máquina del tiempo, me permite percibir lo que estuvo, lo que está y lo que estará.
Cierro los ojos y huelo.
Olfateo.
Husmeo.
Olisqueo.
Huelo la sangre que palpita.
Huelo la carne que se estremece.
Huelo el miedo.
Huelo la caza que se avecina.
Percibo mi propio y cambiante olor: mitad bestia, mitad humano.
Pero por encima de todo huelo la luna llena.
Alzo mi cabeza y aúllo para saludar su belleza, su frialdad y su dominio.

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