lunes, 24 de noviembre de 2014

De escritores



La idea
El escritor despertó con una idea. Una idea perfecta, brillante y redonda como una canica. Una pequeña idea, no más grande que una alubia, pero que contenía el principio de algo grandioso.
Como andaba con prisas, en lugar de plantarla para que floreciera, la envolvió bien envuelta en brillante papel plateado, le puso un primoroso lazo y la guardó en un cajón secreto de un secreto armario en el rincón de su mente dedicado a imaginar, idear, soñar y escribir.
Luego dedicó toda su atención a las aburridas y exigentes tareas cotidianas.
Pasaron los días -uno, dos, tres... varios- y aquel escritor no encontraba tiempo para dedicarle a aquella hermosa y pequeña idea que, poco a poco, iba perdiendo brillo, perfección y color.
Cuando, finalmente, se acercó a aquel pequeño rincón de su mente y abrió el secreto armario, sacó el paquete del cajón secreto, deshizo el primoroso lazo y quitó el papel plateado, allí sólo quedaba una idea marchita, gris, desvaída, informe e irreconocible.
Desde entonces, en cuanto encuentra una pequeña y brillante idea, el escritor corre a plantarla y la cuida hasta hacerla florecer. Y sueña con poder encontrar de nuevo aquella hermosa idea que dejó morir en el olvido.

Pacto con el diablo

Vendió su alma al diablo a cambio de ser un gran escritor.
Firmó el contrato con su sangre y lo entregó al diablo quien, tras una leve reverencia y una sonrisa sardónica, desapareció entre nubes de azufre mientras él, sin esperar a que desapareciera la última voluta del amarillento humo, corrió a sentarse frente al ordenador dispuesto a disfrutar de su nuevo don.
Abrió el procesador de texto, puso las manos sobre el teclado y comenzó a escribir enseguida.
Las ideas llegaban a riadas, las palabras fluían con suavidad, las frases se formaban como por ensalmo, todo parecía ir como la seda hasta que decidió detenerse a leer lo escrito.
Le bastaron tres párrafos para darse cuenta de que jamás vería cumplido su deseo.
Lo que había escrito era original, estaba perfectamente escrito, era gramatical y ortográficamente correcto y el uso de las palabras era realmente magistral... pero a todo eso le faltaba justo lo que ya no poseía: alma.

sábado, 15 de noviembre de 2014

Futuro cierto



El sol comienza a bañar los verdes pastos, los animales, pesados y pacientes, se alimentan sin prisa. Apoyado en el quicio de la puerta, Jack disfruta el momento. Una taza de fuerte café calienta sus manos, el sonido del bacon en la sartén chisporrotea en sus oídos,  el olor del amanecer llena sus fosas nasales y su corazón late henchido de la satisfacción y el profundo orgullo de quien recoge los frutos de un arduo trabajo.
Todo aquello era suyo y había sido levantado con sus manos y las de su esposa.
Aquellos pastos estaban regados con su sudor.
Aquellos animales del demonio le habían dado más quebraderos de cabeza que sus propios hijos.
Aquel techo que le cubría había sido construido por él.
Sí, sin duda, podía estar orgulloso de todo cuanto había conseguido.
Un resplandor procedente de lo alto le hizo salir de su ensimismamiento y alzar la mirada.
Otra vez los malditos indígenas, pensó sin abandonar su café, eran molestos como mosquitos y tan difíciles de eliminar como los trompeteros insectos. Por fortuna, la cúpula que rodeaba el rancho era de lo más eficaz como mosquitera y pronto, muy pronto, la terraformación estaría completa, el pequeño planeta sería ya habitable sin necesidad de aquellas burbujas de vida y los indígenas... bien... los indígenas pasarían a ser historia.
Pensando en lo que deparaba el futuro a la humanidad, Jack se despegó perezosamente de la puerta y volvió a casa, a terminar su desayuno y comenzar un nuevo día de trabajo.
Fuera, más allá de la cúpula protectora, los aborígenes del planeta, continuaban una guerra perdida contra el futuro que los estaba aplastando.



miércoles, 5 de noviembre de 2014

Historias que trae el viento

La idea de esta historia no es mía. Alguien me transmitió una idea y me pidió que la contara a mi manera... y este es el resultado. Espero que disfrutéis leyéndola casi tanto como yo escribiéndola :)


La noche de otoño era plateada y calma. La luna dormitaba entre jirones de nubes y los árboles del bosque charlaban sin parar, agitándose levemente y dejando caer una mullida lluvia de hojas amarillas, rojas y marrones.
El viento, atraído por la agradable charla, se acercó al bosque a pasear entre los troncos, a peinar sus largos cabellos con las ramas y a bailar con las hojas caídas.
Los árboles se contaban historias pero, al ser árboles y pasar toda su vida en el mismo lugar, las historias que sabían eran pocas y las repetían tanto que ya ni emocionaban, ni divertían, ni entretenían.
Fue por eso que el más anciano de los ancianos árboles del anciano bosque, haciendo un esfuerzo, se dirigió al viento y le pidió una historia de alguno de los maravillosos y exóticos lugares que él tan bien conocía.
Y esta es la historia que narró el viento, que la escuchó de una brisa, a quien se la contó una galerna, que la oyó de un tornado que había nacido en un lugar varios sueños más allá del nuestro y el viento, en aquella noche de otoño, la dejó caer sobre el bosque y la hizo volar con las hojas mientras los árboles, atentos como niños, escuchaban y se mecían a su ritmo:


Ocurrió esto que voy a contar en un pequeño y distante reino, gobernado por un viejo rey. Este viejo rey gastó parte de su juventud en luchas internas y guerras externas hasta conseguir que su reino fuera un lugar de paz y prosperidad y, más tarde, gastó parte de su madurez en ganarse el respeto y el amor de sus súbditos.
Quedaron en tan duro camino leales y valientes guerreros, fieles amigos, duros enemigos y hasta algún amado hijo y quedó el alma del rey tan repleta de profundas heridas que pensó que nunca lograría sanar.
Apareció, por aquellos días, un pequeño y deforme bufón que, presentándose ante la corte, se ganó el favor de todos con sus cabriolas y sus bromas. Por vez primera tras años de luchas y tristezas, la risa entró entre los muros de aquel castillo e insufló nueva vida a los doloridos corazones, especialmente, en el muy quebrado del monarca. 


A partir de aquella noche el bufón tuvo un lugar de privilegio en la vida cortesana, sus bufonadas se escuchaban noche y día haciendo lanzar carcajadas ruborosas a doncellas y jóvenes sirvientas, risitas disimuladas a las viejas ayas y estruendosas risotadas a caballeros, mozos y pajes. El buen humor resultó un bálsamo para tanto dolor añejo y tanto lacerante recuerdo.
El rey volvió a reír y, aunque no olvidó, aprendió a vivir con sus recuerdos.
En cambio, el bufón, aún en mitad de sus más hilarantes historias, aún en medio de sus más histriónicas bromas, aún rodeado de las más sonoras carcajadas, mantenía una expresión grave y un velo de negra tristeza cubría sus ojos. Era el bufón más divertido y, a su vez, el más triste que jamás haya existido.
Pasaron los años, el reino prosperaba, el reloj del tiempo desgranaba los días sin pausa, el bufón y el rey envejecían. Llegó el día en que la Muerte se sentó junto al lecho del monarca y éste, viendo llegado el momento de su marcha, llamó a aquel pequeño bufón que, con el tiempo, había llegado a convertirse en amigo y consejero.
Tras un rato de queda charla, alguna risa, muchos recuerdos y un sereno toque de tristeza, el rey dijo al bufón:


-Tantos años, amigo, tantos de hacernos reír, de sanar nuestras almas con tus gracias y tus cabriolas, tantos buenos consejos ocultos bajo frases ingeniosas, tantas horas dedicadas a aliviar nuestras penas y nunca has pedido más pago que la cama en la que duermes y la comida que comes en mi mesa... y nunca he entendido el por qué.
-No hay misterio alguno en esto, Majestad. Vine a este reino cargando el peso de mi propio dolor, con el alma negra de pena y el corazón herido de muerte. Haceros reír, curar vuestras heridas y la de vuestra corte, ha ayudado a sanar mis heridas. ¿Qué más pago podía desear que esas risas que me sanaban y, sobre todo, el afecto de su Majestad?
Quedó el rey en silencio y en silencio quedó el bufón.
Y callado quedó, también el bosque cuando el viento dio por finalizada la historia y, tras compartir un último baile con las hojas, marchó de allí.
El bosque meditó mucho sobre esta historia y la recordó durante mucho, mucho tiempo.
Y el viento, siempre viajero y mutable, llevó a otros lugares y a otros sueños la historia de un bosque que disfrutaba oyendo las historias que el viento trae y lleva.