viernes, 29 de agosto de 2014

Disimulando



Amor

La observaba con disimulo y con disimulo la seguía.
Con disimulo se hacía el encontradizo en bares, paseos y pasillos.
Tropezaba con ella con mucho disimulo, sólo para poder oler su cabello y sentir el calor de su cuerpo.
Entre disimulo y disimulo la fue conociendo y amando, y con mucho, muchísimo disimulo, se lo confesó.
Ella, sin ningún disimulo, lo rechazó.
Y él, con su acostumbrado disimulo, escondió su dolor y continuó disimulando su amor.





Mentira

Era la reina del disimulo, la emperatriz de la ocultación, la soberana del fingimiento.
Simular formaba parte de su naturaleza.
Esconder le era tan sencillo como respirar.
Fingía que amaba.
Simulaba que odiaba.
Ocultaba tristezas.
Aparentaba alegrías.
Falseaba opiniones.
Disfrazaba todos sus sentimientos y emociones.
Llegó a ocultar, disimular, fingir, pretender y ocultar tan bien que, al mirarse cada mañana al espejo, era incapaz de reconocer a la mujer que la miraba desde el otro lado.




Prisión

Disimulo.
Disimulo que me aterra.
Disimulo que su presencia me repugna.
Disimulo que mi único deseo es huir.
Disimulo.
Lo observo.
Observo sus idas y venidas.
Observo sus entradas y salidas.
Anoto mentalmente a qué horas viene a traer mi alimento, qué días limpia este recinto donde me tiene encerrada...
Busco la forma de huir y de vengarme.
Mientras tanto, disimulo.
Disimulo mi miedo, mi asco, mi nostalgia y mis ansias de libertad.
Sueño que vuelvo a ser libre.
Sueño con mi hogar.
Sueño, sobre todo, con el día en que mi cuerpo se enrosque en torno al suyo y apriete hasta extraer todo el aire de sus pulmones.
Entonces volveré a ser libre.
Mientras tanto... Disimulo.
Disimulo y finjo.
Finjo que soy la pitón domesticada que él cree que soy.

domingo, 17 de agosto de 2014

Fenómenos paranormales




El pequeño y rechoncho director, rezumando afable elocuencia, dirigía a los visitantes -y posibles inversores- con la suave pericia de un pastor guiando a su rebaño. El pequeño grupo,  por su parte, se dejaba guiar entre risas de placer y diversión ante los curiosos fenómenos que en aquella famosa institución se estudiaban.
En la sala de telequinesia esquivaron -con diversa suerte- los objetos que recorrían la sala sin que ninguna fuerza física los moviera. En la de telepatía se sintieron ligeramente incómodos ante la posibilidad de que sus pensamientos más íntimos pudieran quedar al descubierto. Del laboratorio de combustión espontánea salieron algo chamuscados. En la sala de abducciones dejaron a su imaginación volar rumbo a mundos lejanos. Y, tras visitar la zona de fantasmas y apariciones, se vieron obligados a hacer una visita a los aseos para desprenderse de la materia ectoplasmática que había caído sobre ellos.
Cuando llegaron a la última sala los visitantes se sintieron confusos e intrigados. Allí sólo había un hombre. Un hombre menudo y escaso de pelo que, sentado en un sofá, fumaba en pipa y leía un libro, ajeno a los investigadores que pululaban a su alrededor, consultando monitores, conectando electrodos, haciéndole alguna pregunta de vez en cuando y tomando notas.

 -¿Qué poder tiene este hombre para merecer tanta atención? -Preguntó alguien-
-Debe ser algo realmente extraordinario para que merezca todo un equipo para él solo -Comentó otro alguien.
-Efectivamente -respondió, sonriente y afable, el señor director de la institución-. Este hombre posee un don casi inexistente. Un don que sólo poseen un escaso número de humanos.
-¿Electroquinesis? ¿Ergoquinesis? ¿Geoquinesis? ¿Intangibilidad? -dijo el primer alguien lleno de emoción.
-No, no, ninguno de esos -respondió el director-. Lo que este hombre posee es algo aún mucho más extraño -el director calló durante unos segundos y luego continuó, bajando la voz-. El don de este hombre es el sentido común.


domingo, 3 de agosto de 2014

Historias mínimas



Elección

Lo siento pero no me dejas elección.
Desde que llegaste a casa no ha habido un sólo día sin problemas.
Quejas, quejas y más quejas de la mañana a la noche.
Y discusiones sin fin.
Y gritos.
La cosa va a peor y está llegando a niveles intolerables.
Ella no te soporta a ti y tú no la soportas a ella.
De modo que debo elegir entre la una y la otra.
Puesto en esta tesitura yo lo tengo muy claro: haz las maletas porque la gata se queda conmigo.

Reiteración

En cuanto daban las nueve de la noche, la canción comenzaba a sonar y llenaba el edificio con sus vibrantes notas. Una y otra vez, durante varias horas, la melodía subía escalera arriba, se escurría bajo las puertas y recalaba en los oídos de todos y cada uno de los vecinos quienes, resignados a sufrir la tortura melódica, habían desarrollado diversas estrategias para convivir con ella pues ninguno de ellos osaría jamás pedir al triste, solitario, loco señor Francisco que detuviera esa música obsesiva.
Nadie tenía corazón para detener esa canción reproducida machaconamente, la misma que sonaba cuando su familia murió en el accidente del que él salió ileso.
La única que lograba acallar los agónicos gritos de su cabeza.


Suerte
Aquel día la Fortuna decidió sonreír a Benito Trigueros: le concedió un trabajo mucho mejor que el que había perdido, le regaló el amor de su vida, le obsequió con un viejo amigo largo tiempo perdido, le salvó de morir atropellado y lo gratificó con otros varios favores tanto grandes como pequeños.
Para cuando llegó a casa, Benito Trigueros podía considerarse un hombre feliz.
El feliz Benito se cambió, se duchó, encendió el ordenador y cogiendo el boleto del euromillón se dispuso a comprobar si se había convertido en millonario. Tras comprobar que ningún número coincidía, Benito exclamó:
-¡Que mala suerte tengo, joder!
La diosa Fortuna, indignada, le dio la espalda y jamás volvió a sonreírle.

Incontinencia verbal

Hablaba a chorros, a mares, a riadas, a chaparrones, sin casi respirar, sin esperar respuesta. Le daba lo mismo tener interlocutor que no tenerlo, la cuestión era hablar, llenar el silencio con su voz, arrinconarlo a base de palabras.
Poca gente aguantaba mucho rato esa boca incontinente, esa lengua incansable, ese torrente inagotable de morfemas, lexemas y sintagmas varios, tanta palabra ininterrumpida resultaba enloquecedor.
Sólo una vez alguien logró callarla y detener ese surtidor de palabras durante un minuto. Ella, aterrorizada ante el silencio, lanzó un grito tan agudo que rompió los tímpanos del silenciador dejándolo completamente sordo.
Desde entonces no ha vuelto a callar y nadie se ha atrevido a intentar silenciarla.