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Amor otoñal



Cada mañana, desde su reciente jubilación, se sentaba don Faustino en la cocina, con su periódico, su café, sus tostadas, sus magdalenas y su mujer. Allí, parapetado tras su diario de siempre, contemplaba furtivamente a doña Mariana, quien, en su casa, al otro lado del patio de vecinos, se preparaba su propio desayuno.
Don Faustino contemplaba extasiado cada movimiento de doña Mariana. Verla moverse por su cocina era como disfrutar de una curiosa danza doméstica. Doña Mariana lo hacía todo con delicadeza, elegancia y ritmo sin igual, con movimientos exactos y ligeros. Todo, siempre, en el mismo orden. Primero la taza y el plato, luego la cuchara y el azucarero. A continuación la servilleta. Después un platito con galletas y un zumo. Una vez todo preparado, doña Mariana cogía -ella también- un periódico y se sentaba a desayunar, a solas  con sus pensamientos y su gato.
¡Qué extraño erotismo despertaba en don Faustino el mordisqueo al que doña Mariana sometía a sus galletas! Las roía como un ratoncito, con sus pequeños y blancos dientes, concentrada en la lectura y dejando que pequeñas miguitas cayeran sobre su recatado escote.


Mientras don Faustino se entregaba a su furtiva contemplación, su mujer -como cada mañana desde hacía varias décadas- se quejaba, murmuraba y reñía. Sin dejar de comer, eso sí, pero soltando chorros de palabras amargas. No es que fuera mala mujer, no señor, pero la alegría parecía atravesarla sin dejar rastro sobre ella. Las buenas noticias, las palabras amables, los pensamientos generosos chocaban contra ella y rebotaban pero las murmuraciones, las críticas, las quejas, los pensamientos cicateros... esos eran absorbidos,  saboreados y expulsados a raudales.
No era extraño, pues, que don Faustino se hubiera enamorado de doña Mariana, tan dulce, tan delicada, tan callada.
Doña Mariana, por su parte, antes de entrar en la cocina cada mañana, se arreglaba, se atusaba, se acicalaba y se preparaba a conciencia. Luego se paseaba por la cocina, preparando su desayuno de manera metódica, consciente de que, al otro lado del patio, don Faustino la contemplaba, cada movimiento transformado en un mensaje a la vez sensual y espiritual. Luego, sentada ya a la mesa, con el diario como parapeto, ella también le observaba y sonreía.

Aprovechaban para charlar en la panadería, mientras paseaban al perro, en la frutería, en el ascensor. Se miraban, se sonreían y, en el colmo del atrevimiento, a veces se rozaban las manos. Las mañanas en que, por el motivo que fuera, doña Justina no desayunaba con su marido, eran, para ambos, una fiesta. Entonces fingían que desayunaban juntos, se sentaban frente a frente, en silencio, se sonreían abiertamente y se miraban, olvidados diario, café, galletas y el mundo.
A la edad en que la mayoría de la gente comienza a perder la esperanza y la ilusión, don Faustino y doña Mariana, se habían enamorado. Sin urgencias, sin arrebatamientos, de esa manera tranquila en que uno se enamora cuando el corazón ya ha pasado por todas las tormentas.
Ni don Faustino rompería su matrimonio ni doña Mariana se lo permitiría.
El amor, su amor, se alimentaba de miradas, de encuentros semi furtivos y de aquellos desayunos compartidos a través del patio de vecinos.
A ellos les bastaba.




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