Micros



La idea

Desde la muerte de su madre, el pequeño Álvaro se niega a salir de casa a menos que lo obliguen. Pero hoy es él mismo quien pide a su padre que lo lleve hasta la tienda de bricolaje.
Sin soltar a su padre de la mano, el niño busca sección por sección hasta dar con las escaleras de mano.
Álvaro las mira todas, una por una, las toca, observa su altura... y, poco a poco, su rostro va pasando de la ilusión al desencanto.
-¿No las hay más altas? -pregunta con desaliento- Estas no me valen.
-¿No te valen para qué? -se extraña su padre.
-No me valen para subir hasta el cielo y ver a mamá.


La lista

Magda abrió la pequeña libreta donde anotaba los propósitos de cada año y, con mano temblorosa, comenzó a tachar:
Dejar de fumar.
Perder cinco kilos.
Aprender inglés.
Cambiar de trabajo.
Hacer más ejercicio.
Y así hasta llegar al final de la larga lista.
Una vez tachados todos y cada uno de estos buenos propósitos, Magda anotó con letra pulcra y cuidadosa el único propósito importante, el único que había olvidado hasta ese día en que le habían diagnosticado una grave enfermedad:
Vivir.


Sueño estival
-El verano era azul y brillante -contaba a Gervasio su madre recordando el pueblo que la vio nacer.
Y él, acostumbrado al ardiente y amarillo verano castellano, soñaba con ver aquel extraño mar del que ella tanto hablaba.
Los años pasaron velozmente y Gervasio no pudo hacer realidad su sueño hasta que, ya anciano, su hijo decidió regalarle sus primeras vacaciones.
El viejo iba ilusionado como un niño e incluso lloró cuando atisbó la primera pincelada de azul. Pero cuando estuvo frente al mar, Gervasio lo contempló adusto durante un rato, se removió inquieto, chasqueó los labios y dijo, decepcionado:
-No me gusta. Se mueve demasiado.
Y, dejando a su hijo boquiabierto, regresó al coche.

Sin palabras

Dejó de teclear y miró al techo buscando las palabras que necesitaba, pero allí no estaban.
Miró tras el monitor, bajo los papeles, entre las patas de su silla...
Volvió a mirar el monitor por si las palabras habían aparecido milagrosamente, pero nada.
Se levantó, miró bajo los sillones, entre los cojines, en la cocina, entre las sábanas... pero sólo encontró una pequeña araña-preposición escondida en un rincón.
Salió a la calle y buscó entre los cabellos de los niños, entre las arrugas de los viejos, entre las hojas de los árboles, bajo los coches, sobre las farolas... Sin resultado.
Regresó a casa y, agotado, se quedó dormido.
Y allí, escondidas entre sus sueños, las encontró, por fin, a todas.

 


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