Micros




El jefe

Satisfacer mi curiosidad antes de comenzar no cambiará nada, pensó, y pidió el primer cóctel de su vida.
En un rato me levantaré, se decía, y haré lo que tengo que hacer... Y pidió un segundo cóctel.
Enseguida me pondré en marcha, pensaba... Y se bebió el tercero.
Cóctel tras cóctel pasaron las horas. El sol se puso, la luna salió, todos aguardaban sus órdenes, pero él continuaba bebiendo cócteles de todos los colores y sabores.
Cuando los pruebe todos, se decía, haré lo que debo hacer. Y continuó bebiendo.
Millones de cócteles más tarde, las huestes celestiales aún siguen esperando a que Dios acabe todos los cócteles y comience el Juicio Final.


El castigo de Sísifo

Empujar la enorme bola, esa es su misión y su condena. Con esfuerzo, con cuidado, con los músculos en tensión. La bola asciende por la pendiente. Lenta, pesada. Siente el esfuerzo en todo su cuerpo. Desearía detenerse y descansar, lo ansía, pero sabe que eso es imposible.
Con lentitud, con paciencia, con un enorme esfuerzo, recorre los últimos metros.
Se detiene, asegura la gigantesca esfera, necesita tomar aire.
Un ligero movimiento, un pequeño desequilibrio y, por tercera vez en ese día, la bola rueda cuesta abajo.
Su débil intento de detenerla no sirve para nada.
Con resignada diligencia el escarabajo pelotero corre, una vez más, tras la bola de estiércol que ha de servirle de alimento y nido.


Burocracia

Era la quinta ventanilla a la que le enviaban y los impresos aumentaban en cada una.
Cada cola era más larga que la anterior y todas avanzaban a un ritmo endiabladamente lento.
Nadie hablaba, nadie se iba, nadie se alteraba, nadie protestaba.
Todos esperaban con ojos vidriosos y paciencia infinita.
Finalmente llegó su turno y entregó los papeles. La funcionaria los selló, le entregó un par de nuevos documentos y, sin dejar de mascar chicle, le dijo:
-Lleve todo esto al piso de arriba, ventanilla 245.
-¿Y entonces conoceré mi destino?
La funcionaria lo miró y soltó una carcajada:
-¿Su destino? Este es su destino.
Y mostrándole una hilera de brillantes colmillos añadió:
-¡Bienvenido al infierno!







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