El fin del mundo



El mundo -su mundo- llegó a su fin el día que cumplió quince años.
Se había pasado semanas planeando aquel día hasta el último detalle: qué vestido se pondría, qué amigas invitaría, de qué sabor sería la tarta y hasta la música que sonaría en su ipod. Había rodeado aquella fecha en su calendario con un corazón rosa y había escrito una larga lista con los regalos que quería. Iba a cumplir quince años y quería que todo fuera absolutamente perfecto.
No sabía que el mundo-su mundo- acabaría ese mismo día.
Llegó a casa del instituto a la misma hora de siempre, dejó la mochila donde siempre la dejaba y se dirigió, como siempre, a dar un beso a sus padres.
Su padre la esperaba con una enorme caja sobre su regazo, un extraño sentado a su lado y una gran sonrisa en su rostro. Su madre, sin embargo, mantenía la mirada fija en la ventana abierta. Ella se acercó, entre feliz y desconcertada, tomó la caja que le entregaba su padre deseándole un feliz cumpleaños y, sentándose, nerviosa, se dispuso a abrirla

Con dedos temblorosos, rompió el papel de regalo. Levantó la tapa despacio, saboreando aquel momento y con la mente puesta en lo que aún estaba por llegar. Miró, por fin, en el interior y sólo vio tela negra. ¿Qué era aquello? ¿Tal vez el vestido negro por el que llevaba semanas suspirando? Feliz y emocionada, extrajo aquella tela negra de su caja y la extendió ante ella.

Entonces el mundo -su mundo- comenzó a resquebrajarse.

Lo que tenía entre las manos no era ningún vestido, era una cárcel de tela. Su padre le había regalado un burka. No entendía nada. Miró a su padre, confusa, buscando una explicación o, mejor, una carcajada que le indicara que aquello era una broma. Pero el rostro de su padre no mostraba ningún signo de que bromeara y su madre continuaba mirando la ventana sin decir nada.

-Es un regalo de tu futuro marido -dijo su padre señalando al extraño sentado a su lado- y deberás usarlo siempre que haya personas extrañas presentes.

Miró a su padre, que sonreía satisfecho. Miró al desconocido, que la miraba de un modo inquietante. Miró a su madre, buscando ayuda y no encontró su mirada.

El mundo -su mundo- se derrumbó hecho mil pedazos. Ese día, el día del fin del mundo, no hubo vestidos, ni amigas, ni tarta, ni música.
Ese día el mundo -su mundo- se transformó en una prisión de sofocante tela negra...




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