El zombi


El zombi, recién salido de su tumba, avanzaba bamboleante y aún algo confuso por las oscuras calles de la pequeña ciudad. Hacía apenas una hora dormía plácidamente el sueño eterno y ahora, aquí estaba, manchado de tierra y barro, con gusanos aún corriendo por sus entrañas y las articulaciones algo oxidadas, andando sin rumbo en busca de alimento.


El zombi -antes llamado Anastasio- emitía suaves quejidos de protesta por encontrarse en semejante situación. Si este ser, antes llamado Anastasio, hubiera podido hablar correctamente lo oiríamos lamentarse de la pérdida de su cómodo ataúd y de lo mucho que extrañaba a los gusanos e insectos que lo acompañaban allá abajo y de lo que le costaba moverse con esas articulaciones rígidas y resecas y de los trozos de ropa y carne que iba perdiendo por el camino y de que dónde porras se meten las cuerdas vocales cuando las necesitas para poder lamentarte latimeramente de todo lo que un zombi tiene que lamentarse. Y, encima, esa urgencia que notaba ahí, en el estóma... en los intest... bueno, en lo que quedara de su aparato digestivo que lo empujaba a buscar alimento desesperadamente. Hambre de cerebros, qué tontería, cerebros,él, que cuando era Anastasio siempre había sentido una profunda repulsión hacia los sesos. ¡Qué cosas tan raras que tiene la vid... la muert... bueno, lo que sea!


El ex-vivo antes denominado Anastasio, continuaba su errático y anquilosado deambular en busca de ese repulsivo manjar que su estóm... o lo que sea que ocupara ahora su lugar exigía aunque lo que quedara de su cerebro aún lo rechazara. Las calles estaban desiertas lo cual le hacía sospechar que encontrar comida le iba a resultar bastante más complicado de lo que sabía por las películas de zombies.


Lo que dentro de su cabeza pasaba por ser el cerebro del actual zombie y ex-Anastasio no funcionaba lo bastante como para planificar nada que no fuera seguir vagando y gimiendo como un tonto a la espera de que la comida llegara de forma espontánea hasta sus amarillos dientes. Una parte de su cuasi licuado cerebro que aún tenía algo de Anastasio se estaba partiendo de la risa ante semejante ejemplo de carnívoro estúpido.


Entonces el hambriento monstruo descubrió una ventana y una luz. Una pequeña conexión neuronal tuvo lugar en su masa cerebral (más masa que cerebro) y el ex-Anastasio fue capaz de unir los conceptos de ventana y luz con casa, ser humano y comida. Con extrema dificultad e intentando no perder ningún miembro puso rumbo hacia aquella invitadora claridad.


Cuando el ex-ser humano y nuevo monstruo se acerca a la ventana ve, cerca de ella, a una pequeña y sonrosada anciana que tricota ajena al engendro que mira y olisquea tras el cristal intentando encontrar en su diluido cerebro la forma de llegar hasta el alimento que tanto ansía. Moviéndose con su característica falta de elegancia el zombi arrastra los pies alrededor de la casa hasta que, por casualidad, da con la puerta y comienza a golpearla hasta que la anciana, tan renqueante como el zombi, llega hasta ella y abre.


La mujer se le queda mirando fijamente durante unos segundos antes de reaccionar. Lo saludó efusivamente, lo llamó Eleuterio, hijo, y le hizo pasar mientras no dejaba de hablarle sobre el tiempo que hacía que no pasaba por casa y lo caro que se vendía y hay que ver qué delgado te has quedado hijo, anda, pasa, pasa que te pondré algo de cenar y lávate un poco, anda, que a saber dónde has estado metido para oler de esa manera. Y la vieja le preparó el baño y la cena y le sirvió sus buenos vinos y luego lo despidió con besos y abrazos y arrumacos. Y el ex-Anastasio se quedó de nuevo en la puerta de la calle sin saber muy bien qué había pasado. Con aquello que quedaba de su estómago lleno de estofado pero aún con aquel otro ansia sin saciar pero sin ganas de volver a tocar en aquella puerta.


Un par de horas más tarde, ex-Anastasio se tropezó en su errabundo camino con un borracho que se movía con su misma gracia y hacia él se dirigió el zombi dispuesto a saciar su hambre de asquerosos sesos... Acabaron juntos en un bar de mala muerte, con sendos whiskys, mientras el borracho, llegada la fase de exaltación de la amistad, lo llenaba, por segunda vez aquella noche, de besos y abrazos. Aunque parezca increíble el nuevo zombi fue incapaz de lanzar ni un sólo mordisco a su alcoholizado e hiperactivo amigo. Eso sí, entre bailes, abrazos y caídas varias, ex-Anastasio se las vio y deseó para no acabar perdiendo algún órgano o alguna víscera.


Cuando, finalmente, se vio libre del borracho, se topó con una banda de jóvenes descerebrados en busca de problemas que casi acaban desmembrándolo.


El pobre no-vivo se encontraba cada vez más agotado, hambriento y frustrado. Pensaba con sus escasas neuronas activas que nada podía ir peor de lo que había ido hasta aquel momento y entonces fue cuando conoció a un encantador grupo de amigas en plena despedida de soltera que lo arrastraron con ellas, lo zarandearon, intentaron desnudarlo, lo invitaron a más copas, volvieron a llenarlo de besos y abrazos y acabaron abandonándolo en mitad de la calle aún más aturdido y perdido de lo que se encontraba al comienzo de la noche.


Pobre ex-Anastasio, la vida entre los vivos no le estaba resultando nada sencilla. Según las películas que había visto en la época en que él también pertenecía al mundo de los vivientes, los humanos deberían temerle y salir huyendo en cuanto lo vieran; él era el depredador y ellos la presa. Sin embargo, ahí estaba, empapado en alcohol, cubierto de carmín y con una ridícula diadema con pene.


Como zombi estaba resultando ser un fracaso.


El amanecer pilló al pobre no muerto confuso y atolondrado intentando cruzar una autopista donde fue arrollado por casi tres mil kilos de camión. Mientras su cabeza rodaba hasta quedarse bajo las enormes ruedas, el futuro ex-no muerto sonreía pensando, con la gelatina que hacía las funciones de cerebro, en que pronto volvería a su estupendo y acogedor ataúd.




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