Reciclaje

Tras quince años de matrimonio y harta de sufrir, Marta decidió que había llegado el momento de hacer limpieza y reciclaje en su vida.


No más dolor, no más llanto, no más vivir con él y para él.


Quería borrarlo para siempre de su vida y de su memoria. No quería nada suyo ni en su casa, ni en su corazón, ni en su mente.


Primero se deshizo de su ropa: pantalones, camisas, camisetas, calzoncillos, chaquetas, calcetines... Tijeras en ristre, Marta hizo retales de cada una de las prendas sin que ninguna hallara absolución o clemencia.



Una vez finalizado el exterminio telar, le tocó el turno a cualquier fotografía en la que él apareciera. Fueron todas rotas, una por una, hasta transformarlas en confetti. Marta disfrutó tanto con la tarea que incluso acabó por romper toda foto que él le hubiera hecho a ella.


Cuando no quedó ya ninguna imagen que eliminar, Marta se dirigió, pisoteando pedacitos de caras, vislumbres de sonrisas y diminutas manos, al cajón donde guardaba las cartas que él le había enviado y sus correspondientes respuestas. Y, sentándose sobre un montón de mangas, perneras, trozos de corbatas y cuellos de camisas, se dispuso a leer, doblar y romper todas y cada una de aquellas misivas.


Luego pisoteó relojes, destrozó gafas, rompió todos los DVD que encontró, saltó sobre su mp3 y sobre su móvil...


Concluido el minucioso troceado, rasgado, pisoteado y despedazamiento de todo lo que tuviera que ver con él y su vida en común, Marta procedió a su empaquetado en diferentes bolsas para su posterior reciclado: los trozos de tela no sabía dónde ponerlos pero ya lo averiguaría; los restos de cartas y fotografías junto con los escasos libros que él poseía irían al contenedor de papel; los trozos de plástico a un lado, los de cristal a otro; los componentes electrónicos ni idea de dónde ponerlos tampoco...


Fue llenando bolsa tras bolsa dejando para el final la más grande de todas.


La más importante.



La que iría al contenedor de residuos orgánicos.


La negra y enorme bolsa que había comprado expresamente para el culpable de todo su dolor y toda su rabia, que hacía ya rato esperaba su turno en la bañera, desmembrado y flotando en su propia sangre.



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