miércoles, 20 de octubre de 2010

Martinón

Tumbado en la fría cama hospitalaria, Benigno aspira sus últimas bocanadas de oxígeno. El tiempo va pasando al ritmo de su pesada respiración mientras su consciencia va y viene, oscilando entre la oscuridad interior y la luz exterior.


La realidad se le presenta en una serie de fotos fijas.


El tiempo parece transcurrir entre parpadeos.


Sentado en una silla próxima a la cama, su hijo lee.


Parpadeo.


En el televisor sin sonido unos desconocidos discuten a voces.


Parpadeo.


Su hija mira melancólicamente por la ventana.


Parpadeo.


Un niño le observa desde los pies de su cama.


Benigno se sorprende pero, irremediablemente, sus ojos vuelven a cerrarse.


Para abrirse nuevamente al cabo de un rato y encontrarse con el mismo niño que le sonríe, no como un niño sonríe a un adulto sino con la sonrisa franca y cómplice con la que un niño sonríe a un amigo.


Y la marchita mirada del viejo se ilumina mientras su boca se ensancha en una sonrisa llena de felicidad al reconocer a Martín, su mejor amigo de hacía tantísimos años que casi le parecían tres vidas.


Martín, Martinón, susurra Benigno con voz apenas audible, tanto, tantísimo tiempo sin ver esa cara mugrosa. Martín, Martinón, continúa murmurando, mi compañero de travesuras, cuántos recuerdos me traes.



El niño ríe con expansiva alegría; el viejo intenta una risa que en pocos segundos se transforma en tos fatigosa. Pero no le importa, es feliz de volver a ver a su pequeño amigo.


Y juntos rememoran sus barrabasadas, sus juegos de exploración, sus campañas de pirateo en los frutales de la zona, sus huidas aterradas de perros guardianes y agricultores malhumorados. Y juntos recuerdan tardes veraniegas volando libres como pájaros y tardes invernales junto al cálido hogar. Evocan juntos juegos, canciones, sueños, aventuras y risas, muchas risas.


Y juntos recuerdan, por supuesto, cómo no iban a recordarlo, el momento de la separación. El día en que Martinón tuvo que marchar para no volver jamás.


Ay, Martín, Martinón, murmura el anciano, ahora que estás aquí me doy cuenta de lo mucho que te he extrañado. Las lágrimas llenan sus ojos y Benigno, con mano temblorosa, intenta secarlas pero Martín, más rápido, usa su pequeña mano para retirar la humedad de las arrugadas mejillas. Has venido a hacerme compañía ¿verdad? Igual que entonces. A mostrarme el camino, como siempre hacías.


Pasamos tan buenos ratos ¿verdad Martinón? Éramos los mejores amigos, sí señor, dijera lo que dijera mamá, no había amigo como tú. Pobre, se fue de este mundo convencida de que tú no eras más que un producto de mi imaginación, un amigo imaginario. Y todo porque ella no podía verte. ¡Pobre mamá! ¿Con quién hablas, hijo?, me preguntaba, ¿con quién juegas si no hay nadie contigo? Y yo respondía que con quién iba a ser, pues con Martín, mi amigo Martinón. Ella, sacudiendo la cabeza, me decía que no dijera sandeces que ese Martín sólo existía en mi cabeza, que a saber de dónde sacaba yo tantas tonterías. Y nosotros nos reíamos, ¿te acuerdas? Nos reíamos de su incredulidad.


Pero yo sabía que eras real. Siempre lo supe. Y aquí estás, otra vez conmigo, como antes. Me vas a llevar a jugar ¿verdad, Martín? Vamos a ir de nuevo a correr por los campos y a robar manzanas y nadar en el río. Claro que voy contigo, Martín. Vamos, te echo una carrera, seguro que te gano, como siempre.


Y de la cama de Benigno salta un niño que ríe a carcajadas. Y Martín, Martinón, ríe con él y los dos echan a correr como un par de cachorros felices, y corren y corren y corren..



En la habitación reina el silencio. Ya no se oye la fatigosa respiración de Benigno.


En la cama, el cuerpo del anciano, inmóvil, mantiene una sonrisa plácida a la que nadie encontrará explicación.