martes, 15 de junio de 2010

Insectos

Están por todas partes, vayas donde vayas, ellos habrán llegado antes que tú y allí estarán cuando decidas irte.


Pequeños, molestos, repulsivos.


Están por todas partes, ocultos en la oscuridad de húmedas grietas o a la vista en parques y jardines, revoloteando, arrastrándose, escalando, escarbando...


Pequeños, molestos, repulsivos.


Están por todas partes. Insectos. Pequeñas criaturas repugnantes. Repelentes monstruos de pesadilla. Los odio. Me asquean. Me aterrorizan.


He pasado mi vida en una guerra continúa contra ellos. Contra todos: mariposas, polillas, moscas, cucarachas, escarabajos, grillos, saltamontes, arañas, abejas, avispas, cigarras, libélulas, luciérnagas. Me importa un pimiento que haya quien considere que alguno de estos animalejos es hermoso o útil o inofensivo, yo los odio a todos por igual, a todos.


Son mi obsesión, mi monomanía; lograr su muerte ha sido mi vida.


¡Cómo odio a los insectos! Llenaban de terror mis noches infantiles y aún pueblan mis pesadillas de adulto. Los aborrezco. Me aterrorizan. Me asquean. Desearía eliminarlos a todos de la faz de la tierra.


Insectos... esos seres inmundos y desagradables, no imaginas cuánto me desagradan. Por eso me hice exterminador de profesión, por eso he dedicado cada minuto de mi tiempo libre a intentar descubrir nuevas -y más eficaces- formas de acabar con ellos.


Somos enemigos mortales esos bichos y yo. ¿Cuántos habré matados? ¿Miles, millones? Pocos, para mí siempre son pocos. Hay demasiados de ellos en el mundo y son demasiado listos. Oh, sí, son muy listos esos animaluchos, muy listos, si lo sabré yo que los conozco mejor que nadie.


Insectos. Insectos. Insectos. Repulsivos. Repugnantes. Repelentes.



No me esperaba lo de hoy, lo confieso. Sabía que eran listos pero no hasta qué punto. Los infravaloré, lo reconozco, y ahora lo voy a pagar.


No, no me esperaba que este sótano que debía fumigar hoy estuviera repleto de ellos. Cuando di la luz la visión era espeluznante. Paredes, techo, suelo, todo estaba cubierto de insectos. Miles, millones de ellos, andando los unos sobre los otros; el aire estaba lleno de siseos, susurros, zumbidos...


Me estaban esperando. Sabían que vendría y me esperaban. Los muy ladinos. Después de tantos años de guerra, finalmente, habían decidido tomarse la revancha.


¡Quién podía imaginar qué fueran capaces de unirse tantos contra un enemigo común!


Quise escapar, por supuesto. Lo intenté, claro está. Pero ellos son muchos y son rápidos. Antes de que pudiera cerrar mi estúpida boca, ya me tenían acorralado. Los que podían volar se arrojaron contra mi cara para cegarme mientras los demás escalaban por mis piernas.


Intenté girar, intenté andar, intenté gritar... nada sirvió, estaba inmerso en mi peor pesadilla. Los insectos trepaban por mi cuerpo, se metían en mi boca, exploraban mi nariz, se internaban en mis orejas. Los podía sentir por todo mi cuerpo... y me puse histérico. El pánico se apoderó de mi cerebro y dejé de razonar.


Los sentí en mi lengua, en mi paladar, en mi garganta.


Los sentí en mis pies, en mis piernas, en mis genitales.


Los sentí entrando en mis oídos, en mis fosas nasales.


Los sentí en mis manos, en mis brazos, en mi pecho.


Los sentí entrando, incluso, en mi ano, en mis intestinos.


Los sentí en mis párpados, en mis pupilas, en mi córnea.


Los sentí.


Los siento.


Recorren mi cuerpo por dentro y por fuera. Me he convertido en una autopista para insectos. ¿No es gracioso? Sí, sí, es muy gracioso.


Me matan. Me están matando.


Los siento.


Insectos. Están por todas partes. Pequeños, desagradables, repugnantes. Los odio, oh, como los odio. Aún me quedan fuerzas para matar a alguno. Con mis dientes, con mis manos, con mis ojos incluso. Aplasto a todos los que puedo.


Moriré matando a todos los que pueda.


Insectos. Están por todas partes. Llenan mi cuerpo. Pequeños, asquerosos, repelentes. Los odio. Me odian. Nos odiamos.