Fuente de inspiración

Admiraba a aquel escritor. Admiraba la facilidad con que creaba. Admiraba la habilidad con la que tallaba las historias. Admiraba la forma en que las palabras parecían hacer lo que él quisiera, contar lo que él quisiera, mostrar lo que él quisiera.


Adoraba a aquel novelista y adoraba su maravillosa mente. Adoraba sus novelas. Adoraba sus cuentos. Adoraba sus artículos y hasta sus frases más cortas.


Tenía todos sus libros y había aguantado horas de larguísimas colas para conseguir su firma en cada uno de ellos. Compraba los periódicos y revistas donde publicaba algún artículo, los recortaba con cuidado, los pegaba en un gran album y los leía y releía tantísimas veces que era capaz de recitarlos de memoria sin equivocarse ni en un punto ni en una coma.


Conservaba, también, todas sus entrevistas.


No se perdía ni una sola de sus intervenciones televisivas o radiofónicas.


Era, sin duda, el mayor admirador de aquel maravilloso novelista, de aquel gran poeta, de ese cerebro lleno de genialidad e inventiva. Lo sabía casi todo sobre su vida, sus aficiones, sus gustos y disgustos, sus manías, sus esperanzas y desesperanzas, sus fuentes de inspiración, sus libros preferidos, sus películas favoritas, sus comidas predilectas... Lo conocía casi todo sobre su familia, sus amigos, sus enemigos, sus frustraciones, sus ilusiones.


Sí, sabía más que nadie sobre ese autor pero aún necesitaba saber más, lo más importante, lo que ni tan siquiera el escritor conocía de sí mismo: de dónde procedían esas prodigiosas historias, de dónde salían esos maravillosos personajes, de dónde surgía esa inagotable de palabras, frases y hermosas imágenes, cómo funcionaba esa fantástica fábrica de mundos.


Eso era lo que aún no sabía. Eso era lo que quería saber. Eso era lo que estaba a punto de conocer.


En unos minutos tendría acceso a todos esos secretos.


Únicamente necesitaba tener un poco más de paciencia.


Sólo debía atarlo a la mesa, inmovilizar esa grandiosa cabeza, serrar su cráneo y acceder a su extraordinario cerebro.


En unos instantes tendría ante sus ojos el asombroso lugar del que procedían las maravillas que había admirado y disfrutado durante tantos años.




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