lunes, 31 de agosto de 2015

Seres humanos




Hipocondría
No era hipocondría, no señor. No era imaginario aquel dolor que sentía en el pecho. No era ficticio aquel peso que le oprimía el corazón. No señor. El médico podía decir lo que quisiera pero aquello no era hipocondría, ni manía, ni ganas de llamar la atención.
No era inventado aquel insomnio, ni aquel vacío en el estómago, ni aquella inapetencia.
El problema, meditaba doña María, era que tenía ochenta años en lugar de quince, que peinaba canas, que se llamaba doña María y que tenía arrugas hasta en el alma.
El problema, seguía meditando, era que todos buscaban una explicación médica y nadie quería ver que aquello suyo no era más (ni menos) que mal de amores.

Okupas

Nos habíamos quedado sin hogar. No teníamos donde ir. Llevábamos mucho tiempo en movimiento continuo, sin un lugar seguro en el que refugiarnos, añorando un lugar al que llamar nuestro.. Este sitio nos gustó y parecía deshabitado. Creímos que a nadie le molestaría que nos instaláramos aquí. Y un día, después de varios años, llegaron esos hombres y nos llamaron “okupas”. Nos dijeron que teníamos que irnos, que aquello tenía dueño y que no podíamos vivir allí, que era ilegal... y nos echaron así, sin más, sin tiempo a recoger nuestras cosas. Y tuvimos que volver a subir a nuestras naves y a recorrer el espacio en busca de un nuevo planeta en el que vivir...


Espejo
Miraba en todos los espejos que encontraba. Se detenía ante ellos y los contemplaba fijamente. Observaba su reflejo con detenimiento. Examinaba, minuciosamente, el escenario tras su doble especular. Cuando creía ver lo que buscaba, sus ojos se iluminaban para apagarse rápidamente al comprobar su equivocación.
Si alguien preguntaba por su curiosa manía ella respondía:
-Me busco -y, desviando la mirada del espejo un sólo instante para mirar a su interlocutor continuaba-. Hace años que me perdí ahí dentro y me estoy buscando.


 


lunes, 17 de agosto de 2015

¿Monstruos?




Vino Tinto

La culpa fue del vino, de aquel vino tan rojo, tan espeso, tan aromático.
La culpa, insisto, fue del vino, de aquel vino que tan generosamente se vertía.
La culpa, toda la culpa, fue del vino, de aquel vino cuya simple visión traía a mi mente sensuales recuerdos de cuerpos abandonados y pechos palpitantes.
La culpa, de verdad, fue del vino, de aquel vino rojo, espeso, aromático y cálido como la sangre, aquella sangre que yo llevaba meses sin probar a fuerza de dolorosa voluntad y que aquella noche, por culpa del vino, volví a saborear.




El Jardín

Plantas carnívoras, bellas y mortales... Como tú. Supongo que por eso te han resultado siempre tan fascinantes.
Plantas carnívoras, silenciosas, astutas, atrayendo a sus víctimas con engaños y falsas promesas... Exactamente igual que tú.
Plantas carnívoras, tan intrigantes, tan extraordinarias,  tan singulares... Como tú
Deseabas tanto tenerlas en tu jardín... ¿Cuánto tardaste en reunirlas? ¿Cuánto tiempo has dedicado a mimarlas?
Plantas carnívoras, pequeñas extensiones de ti misma, los únicos seres que has amado, los únicos seres a los que no has utilizado y destrozado.
Plantas carnívoras... Un jardín lleno de plantas carnívoras... ¿Qué mejor lugar para enterrar tu cuerpo?
Tu carne alimentará a los insectos y los insectos alimentarán a tus queridas plantas. Tu muerte les dará vida.
¿No es tremendamente poético?

 
Calor

La húmeda manta de calor la envolvía hasta dejarla prácticamente en estado letárgico.
Más que tumbarse, se había extendido sobre la cama, tratando de captar el menor soplo de frescor del ventilador que giraba sobre su cuerpo desnudo.
Las ventanas entornadas para resguardarse al máximo del ardiente sol.
Su mente le recordaba que debía levantarse para acudir al trabajo pero el resto de su organismo ponía mucho empeño en hacerse el sueco.
¡Bah!, ya saldría a trabajar más tarde.
A la noche.
Cuando el aire fuera más aire y menos melaza.
Después de todo era su propia jefa y nadie la podía obligar a sumergirse en aquella sopa caliente.
Aumentó la potencia del ventilador, lanzó una rápida y algo culpable mirada a su guadaña, que intentaba llamar su atención con brillantes guiños, y se dispuso a dormir una larga siesta.
Mientras durase esa maldita ola de calor la Muerte sólo saldría con la fresca.