sábado, 24 de enero de 2015

Dos soledades



Sueños

Silvia se arregla el vestido. Yergue hombros y cabeza. Compone su sonrisa más enigmática y, sintiéndose hermosa y resplandeciente, comienza a avanzar. Lenta, muy lentamente. Sin prisas. Dejándose observar, saludando con leves movimientos de la mano y graciosas inclinaciones de cabeza.
Elegante, gentil, magnífica. Camina lentamente, sin apresurarse, disfrutando de cada paso y de cada mirada. Toda aquella gente está allí esperando por ella, como antes, como siempre.
Y ella sonríe, saluda, se deja contemplar y admirar.
Lenta, muy lentamente, mientras ellos, allí parados, la ven pasar, esperando que acabe su majestuoso recorrido.
Al dar el último paso, la magia se esfuma, Silvia se encorva, se encoge, deja de sonreír, la deslumbrante alfombra roja vuelve a ser un vulgar paso de peatones y la glamourosa estrella se transforma en una desgreñada mendiga que, lenta, muy lentamente, continúa su camino, llevando a cuestas sus pertenencias, su tristeza y sus recuerdos.



Mascota

Acabado el trabajo, contempló su obra con satisfacción y más que un punto de orgullo. Se paseó por los alrededores, muy ufano, recreándose en el magnífico resultado de su creatividad y su esfuerzo.
Lo revisó todos unas mil veces. A la vez mil y una, bostezó y dijo a nadie:
-Me aburro.
Sentado bajo un árbol, meditó largo tiempo sobre cómo hacer más llevaderos los largos días de tedio que le esperaban ahora que había concluido su proyecto.
Por fin, mientras contemplaba a los pequeños animales que por allí retozaban se le ocurrió:
-¡Necesito una mascota que me haga compañía!
Y Dios creó al hombre.