domingo, 28 de diciembre de 2014

Despidiendo el año


El francotirador


La gran plaza estaba llena de gente, desde el balcón de su casa Jaime veía un mar de cabezas, unas con gorritos de cartón, alguna calva, otras con primorosos recogidos, todas inclinadas hacia lo alto, la vista fija en las manecillas del reloj que se dirigían, sin prisa pero sin pausa, a su cita de las doce.

El año estaba a punto de concluir y todos estaban deseando decirle adiós al que se iba y dar la bienvenida al recién llegado.
Sonaron los cuartos. Jaime se preparó. Tenía elegidas a sus víctimas desde hacía rato. Había hecho los cálculos y estaba seguro de su puntería.
Las campanadas comenzaron y, con ellas, los disparos certeros de Jaime.
Dong. La rubia del escote.
Dong. El calvo de la pajarita.
Dong. La señora del abrigo de pieles.
Dong. El adolescente lleno de granos.
Dong. La choni gritona.
Dong. El jubilado bailón.
Dong. El guiri borracho.
Dong. La morena de los vaqueros.
Dong. El viejo del bastón.
Dong. La china de las rosas.
Dong. Su hermano mayor.
Dong. La novia de su hermano.
Doce blancos, ni un fallo.
Y, con el último disparo, la colleja de su madre:
-¿Cuántas veces te he dicho que no lances las uvas a la gente? ¡Todos los años lo mismo! ¡Anda y entra pa’casa...!






Nochevieja

 Celebrar la Nochevieja allí no tenía ningún sentido. Ni siquiera podían estar seguros de que, allá en la Tierra, fuera 31 de diciembre. Es lo que tienen los viajes espaciales: las referencias temporales a las que estábamos acostumbrados perdían toda validez pero el hombre es animal de costumbre y allí estábamos, a decenas de años luz de nuestro Sistema Solar, con nuestros gorritos de papel, nuestros matasuegras y nuestras copas, no de cava, sino de algo vagamente parecido producido en nuestro laboratorio pero que cumplía sobradamente su cometido. Habría estado bien tener uvas pero hasta que no llegáramos a algún planeta que nos permitiera cultivar debíamos conformarnos sin ellas y no digo nada de tener marisco, jamón y otras delicias culinarias pero... así son las cosas en el espacio: uno ha de apañarse con lo que tiene a mano.

Así que allí estábamos, contemplando un reloj virtual generado por nuestro ordenador que también sería el encargado de hacer sonar las doce campanadas. Éramos los únicos seres humanos en años luz a la redonda, teníamos todo un universos por explorar y no se nos había ocurrido nada mejor que celebrar la entrada del año de aquel pequeño planeta que llamábamos hogar. Era nuestro modo de aliviar la nostalgia, aunque no tuviera sentido, aunque los días y las horas terrestres, allá arriba no fueran más que una convención necesaria para que nuestros cuerpos pudieran funcionar con relativa normalidad.
El ordenador de la nave comenzó la cuenta atrás.
El reloj virtual dio las doce.
Y luego comenzó a sonar una vieja y triste melodía de nuestro viejo y lejano hogar.
Las lágrimas inundaron los ojos, las copas quedaron llenas, las sonrisas desaparecieron y todos guardaron silencio mientras las mentes rememoraban aquel diminuto planeta azul muerto hacía tanto tiempo...















domingo, 21 de diciembre de 2014

Cosas de la Navidad



Soledad


Martina había decidido que este año no iba a pasar la Nochebuena sola. No señor, ese año iba a tener compañía, vaya si iba a tenerla. Este año sacaría la decoración que llevaba años acumulando polvo en el trastero, prepararía todos sus platos favoritos, sacaría su mejor vajilla y pondría la mesa como Dios manda y se sentaría a ella acompañada, aún no sabía por quién, pero acompañada.

Este año tenía un plan.

Un plan infalible.
Martina se acercó al teléfono, cogió la manoseada guía telefónica, abrió por la letra a y comenzó a marcar: entre toda esa gente tenía que haber alguien tan solo como ella.



Confusión


Que no, que ya le he dicho docenas de veces que no soy Papá Noel. Haga usted el favor de ponerse las gafas. Que sí, ya sé que voy vestido de rojo y llevo botas negras pero no, no soy Papá Noel. Y sí, he entrado por la ventana pero no soy Papá Noel. Y no, no tengo saco de regalos porque no-soy-Papá-Noel.
Haga usted el favor de intentar que me coma esas galletitas y me beba esa leche y haga el favor de dejarme que la saque de aquí antes de que el fuego nos consuma.


La otra cara de la moneda


Esta parte de la historia no te la contaron tus padres, ¿a que no? No, por supuesto, esta parte se la callan todos los padres para no “asustar a los niños” pero deberían, vaya que deberían, ¿verdad Jaimito?

Pero, claro, ellos sólo cuentan lo bonito: el traje rojo, la risa, los renos, el gordinflón alegre, los regalos para los niños buenos... La otra parte, la oscura, el miedo, lo que ocurre con los niños especialmente malvados, esa sólo la descubrís cuando ya es tarde... demasiado tarde... ¿verdad, Jaimito?

Ya, ya sé que duele, de eso se trata.
Pero no te preocupes, no tardaré mucho en acabar...



Espero que paséis todos una muy Feliz Navidad, sí, incluso quienes odien estas fechas :)