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Mostrando entradas de octubre, 2013

Campanas de libertad

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Despertó con el sonido de las campanas reverberando por toda la ciudad. Unidas en alegre cacofonía, celebraban con sus vibrantes y poderosos sonidos la muerte del tirano. Desde las grandes y solemnes campanas catedralicias hasta las sonoras y pequeñas de la más diminuta ermita, las campanas daban la bienvenida a la libertad. Se desperezó sin salir de la cama, disfrutando aún de la suavidad y el calor de las sábanas, y sonriendo al alegre sonido que entraba a raudales por su ventana entreabierta. Si pudiera iría ella misma a doblar esas campanas, a colgarse de sus cuerdas y balancearse en su tañido, a volar con cada dong y cada ding. Porque si el pueblo era feliz, ella era tres veces más feliz. Y si el pueblo se sentía libre, ella se sentía tres veces más libre. Saltó de la cama y estiró su cuerpo con sensualidad, con pereza y, sobre todo, sin miedo a ser golpeada o humillada. ¿Cuándo fue la última vez que se sintió tan en paz, tan libre, tan sin miedo? ¿Lo había sido alguna vez, acaso? C…

Amor otoñal

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Cada mañana, desde su reciente jubilación, se sentaba don Faustino en la cocina, con su periódico, su café, sus tostadas, sus magdalenas y su mujer. Allí, parapetado tras su diario de siempre, contemplaba furtivamente a doña Mariana, quien, en su casa, al otro lado del patio de vecinos, se preparaba su propio desayuno. Don Faustino contemplaba extasiado cada movimiento de doña Mariana. Verla moverse por su cocina era como disfrutar de una curiosa danza doméstica. Doña Mariana lo hacía todo con delicadeza, elegancia y ritmo sin igual, con movimientos exactos y ligeros. Todo, siempre, en el mismo orden. Primero la taza y el plato, luego la cuchara y el azucarero. A continuación la servilleta. Después un platito con galletas y un zumo. Una vez todo preparado, doña Mariana cogía -ella también- un periódico y se sentaba a desayunar, a solas  con sus pensamientos y su gato. ¡Qué extraño erotismo despertaba en don Faustino el mordisqueo al que doña Mariana sometía a sus galletas! Las roía como…