martes, 22 de octubre de 2013

Campanas de libertad



Despertó con el sonido de las campanas reverberando por toda la ciudad. Unidas en alegre cacofonía, celebraban con sus vibrantes y poderosos sonidos la muerte del tirano. Desde las grandes y solemnes campanas catedralicias hasta las sonoras y pequeñas de la más diminuta ermita, las campanas daban la bienvenida a la libertad.
Se desperezó sin salir de la cama, disfrutando aún de la suavidad y el calor de las sábanas, y sonriendo al alegre sonido que entraba a raudales por su ventana entreabierta. Si pudiera iría ella misma a doblar esas campanas, a colgarse de sus cuerdas y balancearse en su tañido, a volar con cada dong y cada ding.
Porque si el pueblo era feliz, ella era tres veces más feliz. Y si el pueblo se sentía libre, ella se sentía tres veces más libre.
Saltó de la cama y estiró su cuerpo con sensualidad, con pereza y, sobre todo, sin miedo a ser golpeada o humillada. ¿Cuándo fue la última vez que se sintió tan en paz, tan libre, tan sin miedo? ¿Lo había sido alguna vez, acaso?
Comenzó el ritual diario del aseo, disfrutando cada pequeño paso, la caída del agua sobre su cuerpo, el aroma del jabón, luciendo su desnudez sin miedo.
Aún no estaba acostumbrada del todo, le llevaría un tiempo aprender a vivir sin su amenaza, pero lo conseguiría, estaba segura de ello. De momento le bastaba con dar un paso cada vez.

Las mujeres llegaron alborotando y riendo la llevaron a otra habitación, casi en volandas, para peinarla, perfumarla, maquillarla y vestirla.
Hasta hacía unos días estos preparativos le resultaban tediosos, odiosos y estúpidos. Hoy, sin embargo, los recibía con alegría y reía con el resto de mujeres, participaba en sus bromas y se dejaba hacer colmada de placer.
Esa mañana celebrarían la muerte del tirano y ella recibiría honores de heroína y salvadora. Pero no eran esos honores, ni esa felicidad ajena la que la llenaba de felicidad, no, era ver la sonrisa de su pequeña, saber que ella estaba a salvo, que ambas eran ahora libres, eso, eso es lo que la mantenía en su pequeña flotando sobre los tañidos de las campanas.
Sufrió durante años golpes, padeció insultos, soportó humillaciones, permitió abusos de todo tipo pero cuando aquel monstruo había girado sus diminutos y porcinos ojos hacia su pequeña algo se quebró en su interior y dejó manar una fuerza desconocida por ella.
Nadie podría haber hecho lo que ella hizo porque de nadie se fiaba pero tras tantos años de dominación él confiaba en ella, la creía incapaz del menor gesto de desobediencia o rebeldía así que no le resultó difícil ocultar una daga en la misma cama que, noche tras noche, compartía con aquel monstruo.
Luego tan sólo tuvo que esperar a que estuviera dormido, sacar la daga y clavarla una y otra vez en el negro corazón.



 
El amanecer -y la guardia- la encontró sentada a los pies de la cama, con la daga ensangrentada en las manos y el cadáver del tirano enfriándose en su cama.
Fue llevada, sin resistencia por su parte, a una celda donde se dedicó a esperar, con una tranquilidad que la sorprendió, el momento en que sería ejecutada pero, para su sorpresa, cuando -varios días más tarde- la sacaron de allí no fue para llevarla ante el verdugo sino para devolverla a su dormitorio de siempre, junto a su pequeña y fue tratada con deferencia, gratitud y admiración.
De la noche a la mañana, se había convertido en la heroína del pueblo, la salvadora, la liberadora. Había dado muerte al tirano y todos ansiaban darle las gracias, vitorearla, homenajearla. Al parecer, tras la muerte del tirano, ciertos planes de derrocamiento se habían acelerado, ciertos puestos claves fueron tomados y ciertas altas personalidades fueron arrestadas o muertas. Su gesto había acelerado, al parecer, un proceso que llevaba años gestándose pero que nadie se había atrevido a poner en marcha.
Y ahora iban a rendirle homenaje, a darle una medalla, iban a permitir que el pueblo la viera, la amara y la aclamara.
Nada de eso tenía importancia para ella.
No era eso lo que la hacía volar en pos del sonido de las campanas.
No, lo que la hacía sentirse ligera, liviana como una pluma, era su propia liberación y la de su hija.
Ese día era feliz porque estaba viva, era feliz porque su hija estaba a salvo, era feliz porque era libre y era feliz porque iban a permitirle ver cómo el cuerpo del maldito tirano era descuartizado y lanzado a los perros mientras las campanas seguían celebrando la libertad.




jueves, 10 de octubre de 2013

Amor otoñal



Cada mañana, desde su reciente jubilación, se sentaba don Faustino en la cocina, con su periódico, su café, sus tostadas, sus magdalenas y su mujer. Allí, parapetado tras su diario de siempre, contemplaba furtivamente a doña Mariana, quien, en su casa, al otro lado del patio de vecinos, se preparaba su propio desayuno.
Don Faustino contemplaba extasiado cada movimiento de doña Mariana. Verla moverse por su cocina era como disfrutar de una curiosa danza doméstica. Doña Mariana lo hacía todo con delicadeza, elegancia y ritmo sin igual, con movimientos exactos y ligeros. Todo, siempre, en el mismo orden. Primero la taza y el plato, luego la cuchara y el azucarero. A continuación la servilleta. Después un platito con galletas y un zumo. Una vez todo preparado, doña Mariana cogía -ella también- un periódico y se sentaba a desayunar, a solas  con sus pensamientos y su gato.
¡Qué extraño erotismo despertaba en don Faustino el mordisqueo al que doña Mariana sometía a sus galletas! Las roía como un ratoncito, con sus pequeños y blancos dientes, concentrada en la lectura y dejando que pequeñas miguitas cayeran sobre su recatado escote.


Mientras don Faustino se entregaba a su furtiva contemplación, su mujer -como cada mañana desde hacía varias décadas- se quejaba, murmuraba y reñía. Sin dejar de comer, eso sí, pero soltando chorros de palabras amargas. No es que fuera mala mujer, no señor, pero la alegría parecía atravesarla sin dejar rastro sobre ella. Las buenas noticias, las palabras amables, los pensamientos generosos chocaban contra ella y rebotaban pero las murmuraciones, las críticas, las quejas, los pensamientos cicateros... esos eran absorbidos,  saboreados y expulsados a raudales.
No era extraño, pues, que don Faustino se hubiera enamorado de doña Mariana, tan dulce, tan delicada, tan callada.
Doña Mariana, por su parte, antes de entrar en la cocina cada mañana, se arreglaba, se atusaba, se acicalaba y se preparaba a conciencia. Luego se paseaba por la cocina, preparando su desayuno de manera metódica, consciente de que, al otro lado del patio, don Faustino la contemplaba, cada movimiento transformado en un mensaje a la vez sensual y espiritual. Luego, sentada ya a la mesa, con el diario como parapeto, ella también le observaba y sonreía.

Aprovechaban para charlar en la panadería, mientras paseaban al perro, en la frutería, en el ascensor. Se miraban, se sonreían y, en el colmo del atrevimiento, a veces se rozaban las manos. Las mañanas en que, por el motivo que fuera, doña Justina no desayunaba con su marido, eran, para ambos, una fiesta. Entonces fingían que desayunaban juntos, se sentaban frente a frente, en silencio, se sonreían abiertamente y se miraban, olvidados diario, café, galletas y el mundo.
A la edad en que la mayoría de la gente comienza a perder la esperanza y la ilusión, don Faustino y doña Mariana, se habían enamorado. Sin urgencias, sin arrebatamientos, de esa manera tranquila en que uno se enamora cuando el corazón ya ha pasado por todas las tormentas.
Ni don Faustino rompería su matrimonio ni doña Mariana se lo permitiría.
El amor, su amor, se alimentaba de miradas, de encuentros semi furtivos y de aquellos desayunos compartidos a través del patio de vecinos.
A ellos les bastaba.