sábado, 20 de julio de 2013

Dinero por nada


Sentado en la abarrotada cafetería, como una isla de silencio en medio de la ruidosa actividad que se desarrolla en todo centro comercial, el hombre aguarda.
Despeinado, haciendo esfuerzos por esconder el temblor nervioso de sus manos, mira hacia todos partes buscando algo que lo haga cambiar el rumbo de los acontecimientos por venir.
Usa la ropa de buena calidad aunque un tanto ajada del que, acostumbrado a tener dinero de sobras, se ha visto abocado a llevar una vida demasiado modesta para sus gustos. Se pasa continuamente la mano por el desordenado cabello, maldiciendo entre dientes las leyes antitabaco que le impiden sacar el paquete que lleva en el bolsillo de su chaqueta y fumar un cigarrillo tras otro para calmar su ansiedad. De modo que, a falta de cigarrillo, juguetea intranquilo con el móvil que tiene sobre la mesa.
Por momentos siente ganas de echar a correr, salir de allí, ir a casa y olvidarse de todo. A fin de cuentas el pago todavía no se ha realizado, no se hará hasta que él cumpla su parte y si no la cumple... Pero entonces recuerda todas las deudas que ha acumulado, el rostro de su esposa demacrado por la preocupación, la cara de sus hijos desconcertados y confusos ante su nueva vida, el tétrico piso donde ahora se ven obligados a vivir, el tobogán económico por el que parecen descender sin control. No, piensa, no hay vuelta atrás, he aceptado un trabajo y debo llevarlo a cabo.

No sabía si lo habían estado vigilando o si fue un encuentro casual pero le habían ofrecido aquel “trabajo” en el momento justo. Cuando estás al borde de un puente dispuesto a dar el gran salto por culpa de la desesperación económica, palabras como “millones” y “fácil” destacan como luces de neón en la oscuridad.
Tan sólo tenía que esperar una llamada, nada más, y, casi al instante,  una cuenta en las islas Caimán se llenaría con una cifra de dinero superpoblada de ceros. Antes de llegar la mañana su familia nadaría en billetes y todo a cambio de llevar encima un móvil y responder a una llamada.
Inquieto, mira su reloj, las manecillas continúan su avance incansable hacia la hora fijada pero aún tiene tiempo de salir fuera del centro comercial y fumarse un par de cigarros. Se levanta y avanza hacia la puerta de salida con la vista fija en algún punto del suelo, sin querer fijarse en los rostros de quienes le rodean. Una vez en el exterior vuelve a sentir la tentación de alejarse de allí, sólo tendría que continuar caminando, quitar la batería al móvil y olvidarse de todo... Pero no, esa gente no iba a permitirle marcharse tan fácilmente.


Su mano tiembla mientras intenta encender el cigarrillo y, cuando lo logra, aspira profundamente hasta llenarse los pulmones del acre humo. En estos momentos la posibilidad de un cáncer de pulmón parece muy poco importante, casi risible. El hombre mira al cielo, a los árboles, al suelo, a cualquier lugar donde evite que su mirada se encuentre con la mirada de los otros.
Vuelve a mirar el reloj, apenas faltan unos minutos, lo justo para otro café, apaga su último cigarrillo y regresa al interior del centro, a la misma cafetería de antes. Se sienta, pide una nueva taza de café. Ya está casi hecho, en un rato, el trabajo habrá acabado. Ahora que falta tan poco los nervios parecen desaparecer sustituidos por una resignada laxitud.
Alguien se ha dejado un periódico en la silla de al lado. Lo toma, lo abre y comienza a leerlo a la espera de ganarse el dinero más fácil de su vida. Una llamada y su familia será rica, sólo por llevar aquel chaleco de explosivos y esperar una llamada...
Esto sí que es ganar dinero por nada, piensa segundos antes de que el móvil comience a sonar.