lunes, 7 de diciembre de 2020

Calendario de Adviento

 

7 de diciembre


Frío 


Teníamos frío, mucho frío, ¿sabe? La cosecha no había ido bien y estaba siendo un invierno muy malo. La comida escaseaba y la leña para calentarnos, también. Mis hermanos y yo salíamos cada día en busca de madera, los cinco, hasta el más pequeño y eso que casi ni sabía andar, pero cuanto más avanzaba el invierno, más difícil resultaba encontrar algo.

Mi padre no era de mucha ayuda. Se emborrachaba a diario. Nunca supimos de dónde sacaba el dinero. Y cuando llegaba a casa exigiendo comida y un fuego se ponía furioso, como si fuera culpa nuestra que escasearan ambas cosas. 

Nos azotaba, a los cinco.

A mamá también. 

Cada día amanecía con un nuevo delirio y todos, absolutamente todos, tenían a mi madre como centro.

El último de ellos, fue que madre era una bruja, la acusaba de haberle embrujado para casarse y la culpaba de todo lo malo que le acontecía. Nos lo decía a nosotros. Se lo decía a mamá y lo contaba en la taberna a todo el que estuviera dispuesto a escuchar.


La amenazaba, ¿sabe? Todos los días le gritaba que iba a acabar en la hoguera, una hoguera que él mismo prendería. 
Luego la azotaba hasta que el alcohol lo tumbaba.
La noche que cambió todo fue la noche más fría de aquel horrible invierno. La ventisca trataba de colarse por todas las rendijas de aquel chamizo que llamábamos casa, y había muchas por las que colarse. No teníamos ni un mal puñado de hierbas para encender el fuego. Encogidos en un rico, apretados los unos contra los otros, temblábamos de frío y de hambre, pues llevábamos dos días sin llevarnos nada a la boca.
Padre llegó dando un tremendo portazo y con él entraron el viento, la nieve y el miedo. Los insultos y los golpes se alternaron en rápida sucesión, a todos nos tocó algo, pero la peor parte, como siempre, le tocó a mamá. Aquella noche la golpeó con tal saña que, cuando finalmente la dejó, pensábamos que había muerto.
Cuando se derrumbó sobre el maltrecho catre yo ya había tomado mi decisión.
Teníamos hambre. Teníamos frío y, sobre todo, teníamos mucho miedo.
Tomé el único cuchillo que había en casa y, sin mediar palabra, se lo clavé en el corazón una, dos, diez, veinte veces. 
Estaba tan profundamente dormido por culpa del alcohol que ni tan siquiera reaccionó.
Lo demás... No sé de quién fue la idea... Del hambre, supongo, o del frío. O de ambos. El caso es que, aquella noche, comimos gracias a mi padre y nos calentamos gracias a sus restos.
Al día siguiente recogimos nuestras escasas pertenencias y nos marchamos de aquel pueblo.



domingo, 6 de diciembre de 2020

Calendario de Adviento

 

6 de diciembre

La nieve

La primera vez que vio la nieve, Alicia sufrió una terrible decepción. Llegó hasta ella de la mano (y el cubo) de una compañera de colegio, ser afortunado cuya familia era de las pocas que poseía un automóvil y, por tanto, podía permitirse paseos domingueros a las montañas, único lugar cercano donde la nieve, en según qué inviernos, podía caer con más o menos abundancia. Y en uno de estas aventuras dominicales dedicadas a la contemplación de tan extraño fenómeno a la afortunada familia se le ocurrió la idea de compartir su fortuna con los desafortunados mortales que no se podían permitir semejantes excursiones y decidieron llenar un cubo de blanca nieve que fue luego rápidamente guardado en la nevera portátil para, una vez en su domicilio, ser trasladada al frigorífico familiar. Finalmente, el lunes por la mañana, niña y cubo acudieron al colegio donde el resto de niños, avisados del fantástico hecho, aguardaban anhelantes la contemplación de tan rara maravilla.
Los nervios recorrían todas las aulas y todos los corazones latían ilusionados.
Y el de Alicia era el que más fuerte y más rápido palpitaba pues una de sus grandes ilusiones era, precisamente, poder ver la nieve y a falta de una gran nevada, bien estaba un cubo.
Por fin, la sonriente dueña de cubo y nieve, llegó al aula de Alicia y fue mostrando el contenido del recipiente a todos los alumnos, uno, por uno. Alicia deseaba levantarse y correr hacia donde estaba la mágica reina de las nieves, pero buena se iba a poner doña Obdulia si se le ocurriera sacar tan sólo una pierna de debajo del pupitre. Así que esperó impacientemente mientras los “ohs” y las “ahs” de sus compañeros iban aumentando sus expectativas.
Al fin llegó su turno, junto a ella, sonriente, la protagonista del día y el dichoso cubo. Alicia sentía que el corazón se le iba a salir por la boca y, con ojos brillantes y boca reseca, miró dentro del recipiente plantado bajo sus narices (pero sin tocar, no se puede tocar)... Y se quedó con cara de tonta.
¿Qué era aquello? ¿Qué estafa era esta? Lo que había allí dentro  no se parecía en nada a lo que ella imaginaba. Aquello no era suave, ni esponjoso, ni brillaba ni nada. Por no ser, no era ni blanco. Aquello era un mazacote de hielo duro (no necesitaba tocarlo para saberlo), ya a medio derretir y manchado del marrón de la tierra o, más bien, del barro. 
Menudo engaño.
Menuda decepción.
Tanto esperar y soñar para aquello.
Ese día, Alicia dejó de hacerse ilusiones con nada, dejó de soñar y se volvió pragmática y realista.
Sólo muchos años después, cuando, finalmente, pudo contemplar la nieve en todo su esplendor y realidad, con toda su límpida blancura y toda su alba belleza, Alicia pudo perdonar aquella horrible decepción y recuperar un poco de la ilusión infantil.


sábado, 5 de diciembre de 2020

Calendario de Adviento

 

5 de diciembre


La mascarilla



—No olvides la mascarilla.

—Bah, bah, bah, yo no necesito esa cosa, mujer.

—Sí que la necesitas, si tú no estás en edad de riesgo ya me dirás tú quién lo estará.

La mujer balanceaba la mascarilla ante la sonrojada narizota de su marido que gruñía entre dientes y fingía no verla.

—Vamos, no me seas cabezota, que no es para tanto. 

—Que no la quiero. No la necesito.

La mujer, suspira exasperada e insiste:

—Debes llevarla como todo el mundo.

—Pero yo no soy todo el mundo.

El hombre coge, desganado, la mascarilla y hace amago de ponérsela, pero en el último instante, baja los brazos.

—¡No, que no quiero ponerme esto! ¡A mí no me afecta el bicho ese! ¡Soy mágico!

—Mágico o no mágico, te vas a poner la mascarilla.

La mujer, los brazos en jarras, mira a su marido ya con cara más que seria.

El hombre, resignado, se pone la mascarilla roja luchando contra su larga barba blanca para colocarla adecuadamente.

Su esposa sonríe:

—Así está mejor. Imagina si te ve un niño y no llevas la mascarilla. Menudo ejemplo.

Santa Claus, sin dejar de gruñir, sube a su trineo y arrea a los renos para comenzar su viaje alrededor del mundo.

En cuanto pierde de vista su casa se quita la mascarilla.


viernes, 4 de diciembre de 2020

Calendario de Adviento

 

4 de diciembre

Estrellas

La enorme nave proveniente del futuro comenzó su descenso a tierra. Aparecer en el espacio era una manera sencilla de evitar la posibilidad de acabar enterrados bajo una montaña o aplastados por toneladas de agua marina debido a la rotación terrestre y a la incapacidad de averiguar dónde se iba a aparecer.
En una loma, tres hombres acompañados de tres camellos, contemplaban la luminosa estela que iba dejando al tiempo que contemplaban la de un cometa que se dirigía en sentido opuesto.
Atónitos, uno se rascaba la cabeza, haciendo que el turbante se moviera peligrosamente. Otro se atusaba la barba y hasta se arrancaba algún mechón. Y el último, simplemente, miraba a ambas “estrellas” ojiplático y boquiabierto.
—¿Y ahora qué hacemos?—preguntó el mayor—¿A cuál seguimos?
—Pues... no tengo ni idea —replicó el siguiente en edad—. Estaba convencido de que era aquella de allá, pero ahora que ha aparecido esta... Ya no sé.
El más joven seguía ojiplático y boquiabierto, así que no dijo nada.
Y allí siguieron, desconcertados y confundidos, discutiendo y discurriendo los más mayores, ojiplático y boquiabierto el más joven, hasta que el día llegó y las estrellas desaparecieron.
Y es por eso por lo que hay que tener mucho cuidado con los viajes en el tiempo y por lo que nadie sabe quienes fueron los Reyes Magos.


miércoles, 2 de diciembre de 2020

Calendario de Adviento

 

Puzzle

Era la mañana de Navidad y Elsa, recién levantada, aún con el sueño pegado a sus pestañas, sin bata a pesar del frío matinal y llena de ilusión corrió al salón donde el enorme árbol le hacía guiños con sus luces de colores. Tenía ya edad para saber que Papá Noel no era más que un personaje fantástico, pero seguía esperando sus regalos con la misma ilusión que cuando tenía cinco años y era capaz de escuchar unos inexistentes cascabeles de unos inexistentes renos.
Se acercó al abeto con los pies helados y el corazón henchido de cálida ilusión. Intentando. a la vez, ir despacio para saborear el momento. e ir deprisa para llegar cuanto antes junto a los regalos que, escondidos bajo coloridos papeles, la esperaban llenos de promesas.
Allí estaban todos, ordenados por tamaño y regalador, primero los de sus padres, luego los de los abuelos y atrás, el más ansiado de cada año, el regalo de su tía Noe que, sentada en el sofá, alzó su taza de chocolate hacia la niña en sonriente brindis.
Elsa se arrodilló ante el árbol y, uno a uno, fue abriendo sus regalos, desgarrando papel de regalo tras papel de regalo, destripando cajas grandes y pequeñas, deshaciendo lazos y rasgando cintas. En unos minutos había acumulado una montaña de papel de diversos colores a su derecha y otra de variopintos presentes a su izquierda y allá a su frente, envuelto en brillante rojo, enorme, tentador, el único regalo que quedaba por abrir, el de su tía Noe, quien, en ese momento, abandonó el sofá, se arrodilló junto a ella y, arrastrando el pesado paquete hasta ellas, la animó a abrirlo. A Elsa le brillaban los ojos de expectación, por el tamaño y el peso parecía ser lo que había pedido a su tía, pero no estaría segura hasta abrirlo.
Con manos temblorosas de emoción y una risita nerviosa bailando en su boca, Elsa quitó el papel, abrió la caja y se asomó a su interior, llena de emoción anticipada... Y allí estaba, lo que tanto había deseado y su tía le había prometido: el mejor puzzle del mundo. Elsa, emocionada, contempló el interior de la caja sin atreverse apenas a tocar las bolsas sanguinolentas donde brazos, piernas, tronco, cabeza, intestinos, corazón, hígado, páncreas, riñones, cerebro y otras cosas por identificar, aguardaban a ser extraídas y colocadas en sus lugares correctos. Si, sin duda era el mejor puzzle del mundo.
Y lo mejor es que la tita le había prometido que, el próximo año, lo podría escoger ella misma.
La Navidad era maravillosa.

martes, 1 de diciembre de 2020

Calendario Adviento (intento de...)

 Voy a intentar, este año, hacer mi particular Calendario de Adviento literario. Un micro cada día. No sé si lo conseguiré porque, seamos sinceros, no es nada fácil, pero probemos... 


1 de diciembre

Transformación

Amaranto era un señor formal, pero formal, formal, formalísimo. De esos señores formales siempre de traje oscuro, con su corbata, sus gemelos y su blanco pañuelo en el bolsillo. Amaranto era tan, pero tan formal, y tan, pero tan serio, que nadie recordaba haberle visto reír o, al menos, sonreír. No sólo no había gastado jamás una broma o había contado un chiste, es que, según se decía, ni tan siquiera los entendía. Si alguien bromeaba o contaba una anécdota graciosa, el señor Amaranto se limitaba a mirarlo en silencio y con cara de incomprensión absoluta.
No es que el señor Amaranto fuera antipático, no lo era, al contrario rebosaba educación y amabilidad. Tampoco era mala persona, en absoluto, tenía un enorme corazón de oro puro. Pero era formal, muy formal, y serio, muy serio...
Hasta que llegaba la época navideña y el señor Amaranto, ni él mismo sabía por qué, se transformaba por completo. Nadie sabía de esta transformación porque el señor Amaranto se esforzaba muchísimo en ocultarla y en cuanto llegaba el 30 de noviembre, hacía las maletas y se largaba a un pueblo alejado de todo y de todos. 
Allí, el señor Amaranto, ya no era el señor Amaranto, sino Amaranto, a secas, cambiaba el traje oscuro, por llamativos jerseis navideños llenos de rojo, de verde, de azul, de renos, de papás noeles, de  muñecos de nieve... Cuando amanecía el día 1 de diciembre, el señor Amaranto, era otra persona, una persona que sonreía, sonreía mucho, y reía, a estruendosas carcajadas. Y, además, bromeaba, contaba chistes, se reía de los ajenos... ¡y hasta los inventaba!
Allí, en el pueblo, el señor Amaranto, perdón, Amaranto a secas, colaboraba en la decoración navideña y en la preparación de los festejos, sin dejar de sonreír, feliz como una perdiz y alegre como unas castañuelas. Nadie que le conociera en la ciudad sería capaz de reconocerlo en el pueblo y viceversa.
Él no tenía ni la menor idea de por qué ocurría esto, tampoco había puesto mucho empeño en averiguarlo, simplemente, ocurría, y le gustaba que ocurriera. Otros cogían un resfriado cada año, y él se convertía en una persona diferente.
Así que Amaranto se pasaba en ese plácido y alegre estado navideño hasta el día 6 de enero, disfrutando al máximo cada día, cada comilona, cada festejo. El día de Reyes, por la tarde, volvía a ponerse su oscuro traje, recogía los bártulos y volvía a su casa, a ser, de nuevo, el muy serio y muy formal señor Amaranto hasta la próxima Navidad.


jueves, 26 de noviembre de 2020

En corto

 

Antirrobo


Al llegar a casa, Alfredo saca su ojo derecho del pequeño y elegante estuche plateado en que lo guarda en compañía de su ojo izquierdo y lo aproxima a la cerradura que, con un suave clic, se abre dejando libre el paso hacia el hogar. Le había costado mucho tiempo y dinero encontrar a un cirujano dispuesto a extirpar sus ojos biológicos y cambiarlos por unos cibernéticos, pero tanto la espera como el desembolso habían merecido la pena a cambio de la paz que le proporcionaba saber que nadie se iba a molestar en asesinarlo para arrancarle los ojos y entrar en sus propiedades a robar.


Suicidio

Entró en la cabina de suicidio con paso resuelto. Había tomado la decisión seis meses atrás, pero antes de dar el paso definitivo había querido despedirse de todos y de todo con pausa, saboreando cada última cosa que hacía, disfrutando de todo lo que le había hecho disfrutar y sonriendo aliviado ante todo lo que dejaría de ser motivo de sufrimiento. 
Y allí estaba al fin, preparado para dar el salto definitivo que lo alejaría de aquel mundo que lo había llevado al más profundo hastío.
Se tumbó en la camilla y, desde las alturas, una voz preguntó:
—¿Está seguro de su decisión?
—-Sí.
—¿Es plenamente consciente de que el proceso es irreversible?
—Sí, sí, he sido informado de todo.
—Bien, en ese caso. Relájese, todo acabará en un instante. Una pequeña inyección, una mínima incisión y antes de que se dé cuenta le habremos extraído el chip que lo mantiene conectado permanentemente a internet.



Descansan en paz

  A veces, paseando por los recovecos de mi cerebro, las veo. Se mueven, lentas y pesadas, sintiendo el aliento de la muerte en su inexisten...