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domingo, 11 de octubre de 2026

El hombre de paja

 

Cuando el otoño comenzaba, el viejo preparaba el nuevo espantapájaros: uno de sus viejos trajes, un sombrero, una peluca y hasta una vieja pipa desportillada colgando de su boca pintada, uno de sus pañuelos empapado en su colonia en el bolsillo, una gota de sangre y un par de cabellos auténticos en la peluca. Luego lo subía a su carretilla y lo conducía hasta el inicio del camino que  llevaba a la casa.

Dieciocho años llevaba haciendo lo mismo, sin faltar uno desde el segundo aniversario de la muerte de su difunta, después de que en el primero ella lo visitara e intentara llevárselo con ella. Su suerte fue verla llegar con el tiempo suficiente para encerrarse a cal y canto. Pasó aquella noche aterrado y rezando todas las oraciones que había dejado de rezar desde su Primera Comunión. Al día siguiente a esa temible noche, el viejo corrió a casa de la bruja/partera/curandera del pueblo a pedir una solución.

Y eso es lo que está haciendo nuestro buen viejo: la solución.

Una vez terminado, repasa cien veces cada detalle  no vaya a ser que se le olvide alguno. 

Luego sólo queda instalarlo en su lugar.

Lo saca de la carretilla, lo planta bien plantado, arregla, alisa y atusa y se gira para volver por donde ha venido... y entonces un chasquido y un latigazo de dolor que lo atraviesa como un rayo. El lumbago, siempre traicionero, decide atacar, como siempre, en el momento menos oportuno. El viejo se tira al suelo, adolorido e incapaz de moverse.

Durante un rato se esfuerza por levantarse, pero es inútil, su columna se ha convertido en un doloroso bloque de cemento. No tiene otra opción que rendirse al dolor y al destino que le espera.

La luz desaparece y la noche se hace reina del mundo.

Las horas pasan.

El viejo, muerto de dolor, frío y miedo, aguarda lo inevitable.

Entonces oye el susurro de unos pies arrastrándose sobre las hojas secas y siente el fétido olor de la muerte vieja.

Su mujer y su fin se acercan.

Más rápido de lo que él hubiera deseado, su difunta se alza sobre él. El viejo agradece la noche sin luna que le ahorra casi toda la horrible visión.

Su mujer lo mira fijamente, ladea la cabeza con curiosidad. Se inclina sobre él y, tomando su barbilla, le alza la cara como para verla mejor.

Luego se acerca al espantapájaros, lo huele, acaricia la peluca con ternura, lo abraza, lo alza y se lo lleva.

Él, entonces, se da cuenta de que su mujer no ha reconocido al viejo caído en el suelo.


El hombre de paja

  Cuando el otoño comenzaba, el viejo preparaba el nuevo espantapájaros: uno de sus viejos trajes, un sombrero, una peluca y hasta una vieja...