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viernes, 9 de octubre de 2026


 —BUM... BUM... BUM...

La puerta resuena como golpeada por un gigante.

—¡Esa maldita puerta! —gruñe Amancio.

Nunca debió aceptar la condición de sus tíos para dejarle la casa durante las vacaciones. Esa puerta lo iba a volver loco.

—La puerta del Norte está condenada. No la toques, no intentes arreglarla, mejor ni te acerques a ella. Olvida que existe.

«Olvidar que existe... ¡Ja!», piensa Amancio. Como si la maldita puerta le permitiera olvidarla.

—BUM... BUM... BUM...

—BUM... BUM... BUM...

—BUM... BUM... BUM...

Cada noche igual. En cuanto dan las dos, empieza el concierto.

—BUM... BUM... BUM...

Una semana lleva así, aguantando por respetar lo que le pidieron sus tíos. Ha intentado ignorarla (algo imposible), ha usado unos (inútiles) tapones, ha intentado ponerse ruido blanco y hasta hacer meditación. Pero no hay quien ignore ese maldito:

—BUM... BUM... BUM...

Y ahí es cuando Amancio decide levantarse. Tiene que arreglar esa maldita puerta, parar esos golpes y descansar, sobre todo, descansar. De un manotazo, aparta las mantas, busca las zapatillas y, sin detenerse a ponerse la bata, sale a toda velocidad, lleno de furia, rumbo a la dichosa puerta norte.

La casa está fría y silenciosa a excepción del:

—BUM... BUM... BUM...


Amancio avanza, cada vez menos furioso y más preocupado. 

Al poco nota que su corazón ha comenzado a latir al ritmo de la puerta:

—BUM... BUM... BUM... —hace la puerta.

Y el corazón de Amancio replica:

—BUM... BUM... BUM...

«¡Menudas tonterías nos hacen creer los nervios!», piensa.

Y sigue adelante.

Mientras avanza por la casa, silenciosa, a excepción del golpeteo exasperante de la puerta, Amancio se va percatando de que el estado del edificio no es el más adecuado. Aunque él recordaba una casa agradable y acogedora a su estilo un tanto antiguo, lo que ahora se ofrece a su vista son paredes negras de moho, desconchones, suelos levantados, ventanas condenadas con tablones...

—Esta casa es una ruina —murmura para sí— ¿Cómo es posible que lleve así una semana?

Amancio, entonces, se para en seco. Mira a su alrededor, confundido, y piensa: «¿Seguro que sólo llevo una semana?». Ahora que se para a pensar sobre ello, no recuerda cómo había llegado hasta allí... Ni a sus tíos... 

—¿Qué tíos? —pregunta a la casa.

Y la casa responde:

—BUM... BUM... BUM...

A pesar de su confusión, Amancio continúa su camino hacia la puerta. Al menos eso le ofrecía un destino.

Aterrado, Amancio llega al fin frente a la puerta. Una puerta gruesa, pero desvencijada. El viento y el frío se cuelan por las múltiples grietas de la madera. 

Amancio se detiene y mira a la puerta que, tras un último: 

—BUM... BUM... BUM...

Se calla.

Amancio pega la oreja a la madera.

Oye una voz.

Una voz que le llama.

Su propia voz.

Se da la vuelta e intenta irse, pero cuando comienza a andar, la puerta comienza de nuevo: 

—BUM... BUM... BUM...

Y Amancio se detiene. Se gira. Mira de nuevo a la oscura  madera que parece devolverle la mirada.

Se acerca.

La puerta calla, pero su corazón continúa:

—BUM... BUM... BUM...

Oye su voz llamando.

Rodea el helado pomo con su mano.

Abre la puerta con un chirrido que parece grito.

El frío lo envuelve.

Da un paso dentro de la habitación.

Allí, en el centro, bosteza un ataúd abierto.

Dentro algo. Algo en descomposición.

Algo que tiene su rostro.

Y, entonces, el

—BUM... BUM... BUM...

se calla.





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