jueves, 12 de junio de 2014

Cumpleaños número doce


Doce años son... doce años, que se dicen pronto y pasan más pronto todavía. Doce años son pocos años aunque a mi enana -no tan enana- le parezcan tantos que ya anda diciendo que se hace vieja.


Doce años dan para mucho: dan para crecer, para aprender a hablar, a andar, a leer, a escribir, a sumar... Dan para jugar, para reír, para hacer amigos, para perderlos y para conocer otros nuevos.

Doce años son... doce años. En doce años hay tiempo para ganar en centímetros, atesorar recuerdos, cambiar de dientes, acumular sonrisas y hasta algún disgusto.

Doce años son... eso, doce años. Uno más que once. Y de los once a los doce mi enana -no tan enana- ha crecido un poco más y con ella ha crecido su sentido del humor irónico y su afilado sarcasmo del que no se libran ni sus padres.

Sigue adorando a One Direction y odiando a Justin Bieber.

Sus notas siguen siendo las mejores y su inteligencia sigue brillando como siempre.

Sigue siendo una autodidacta que, en cualquier momento, te sorprende con lo que ha aprendido por su cuenta.

Aún no sabe qué quiere ser de mayor... aparte de Youtuber y escritora.


Lee -a ratos- a Blue Jeans y a John Green.

Es fan (somos fans, ¿verdad, enana?) del Doctor Who, en concreto del “eleventh” Doctor y está más que preparada para viajar en la Tardis.

Sigue quejándose de que aún no le haya llegado la carta de Hogwarts.

Adora la película Frozen.

Se maneja en inglés que da gusto y sabe más de ordenadores que sus profesores.

El próximo curso comienza en el Instituto (no el que ella y nosotros queríamos) y, por supuesto, está preocupada: preocupada por lo que se va a encontrar, preocupada porque todo es nuevo, preocupada porque ninguno de sus compañeros va a ir a su Instituto... Preocupada, asustada... lo normal.

Doce años son... doce años. Doce hermosos años. Doce años de ver crecer a mi enana -no tan enana- e ir descubriendo pasito a pasito en la persona responsable, inteligente, divertida y cariñosa en que se ha convertido (los defectos los dejo para otro día :P).


¡FELIZ CUMPLEAÑOS, BOLLITO DE NATA! :)

(Esto tenía que haberlo puesto ayer pero ando con tanto lío que ni tiempo para esto he tenido...).

viernes, 6 de junio de 2014

Añoranza


En la habitación a oscuras, apenas iluminada por la parpadeante pantalla de un televisor sin sonido, el hombre, la mirada fija en las imágenes, bebe lentamente. En la pantalla un enorme sol amarillo va surgiendo lentamente tras un horizonte marino, tiñendo de dorado el cielo y las nubes. El hombre suspira y da otro trago a su bebida.
La suave luz del aparato ilumina las fotografías que llenan las paredes: espléndidos amaneceres, soleadas playas, cielos brillantemente iluminados, soles cegadores. Todas las imágenes hablan de luz, se recrean en la luz, transmiten luz pero son incapaces de traspasar e iluminar la oscuridad del recinto.
Sin dejar de mirar el amanecer en el televisor, el hombre se sirve otra copa e intenta recordar cuando fue la última vez que contempló un amanecer en vivo o que paseó por una playa o que abandonó la oscuridad nocturna para pasear bajo la luz del sol pero no lo logra. Se pregunta, sin abandonar su bebida, ni apartar la mirada del aparato de televisión, cómo era aquello de sentir el calor del sol sobre la piel, entrecerrar los ojos a causa de la intensa luminosidad del astro rey, sentarse bajo aquella luz a contemplar el mundo pero no consigue convocar más que una sombra de un lejano y vago recuerdo. Hace mucho tiempo de todo eso, demasiado.
El hombre mira la pantalla, añorante, nostálgico de esa luz que apenas recuerda, de ese calor que no consigue evocar.
Tal vez, algún día salga a la mañana o deje que la luz solar invada todo y expulse a la oscuridad en que vive.
Tal vez.
Algún día.
Pero no aún.
El hombre sigue contemplando el amanecer en la pequeña pantalla del televisor, odiando la oscuridad, añorando la luz y bebiendo copa tras copa de sangre.

 

lunes, 26 de mayo de 2014

Relojes inteligentes



Se aburría. Mucho. Y cuando se aburría, pensaba. Y cuando pensaba, tenía ideas. No grandes ideas. No ideas novedosas. Sólo... ideas. Absurdas, mayormente. Como aquella vez que se dejó retar a una partida de ajedrez por un caballero o aquella otra que decidió tomarse unas pequeñas vacaciones sin olvidar aquella otra en que se le antojó tener descendencia. Es lo que tiene el aburrimiento, que te hace ser creativo. Y si alguien sabía de aburrimiento esa era, sin duda, la Muerte.
Con crujir de huesos, la Parca se estiró, bostezó y, apoyando el huesudo cráneo sobre su huesuda mano, esparció la vista más allá del gigantesco escritorio y contempló, entre hastiada y disgustada, los más de siete mil millones de relojes de arena que descansaban llenando hilera tras hilera de estanterías, entre el siseo de los granos al caer, el “plop” de los que iban apareciendo y el “pfff” de los que desaparecían.
Shhhh.... Plop... Pffff.... Esa era la banda sonora de su vida... Pfff... Plop... Shhh... una y otra vez, de forma ininterrumpida, siglo tras siglo...
Shhh... Plop... Pfff...
Pfff... Plop... Shhh...


Tres sonidos y todas sus posibles combinaciones, repitiéndose de manera constante y monótona, sin variar en una nota. No era humana y, por tanto, no podía enloquecer pero el monótono soniquete la ponía todo lo cerca de la locura que puede estar una personificación antropomórfica puede llegar a estarlo.
Y fue en este estado de aburrimiento y disgusto que tuvo la ocurrencia de modernizar los relojes. Durante un rato estuvo valorando las diversas posibilidades: los relojes de sol tenían su encanto pero en aquel no-lugar resultaban inútiles, las clepsidras no tenían mala pinta pero resultaban demasiado húmedos para sus viejos huesos, los relojes de cuerda también tenían su aquel pero dudaba que pudiera resistir durante mucho tiempo más de siete mil millones de titacs sonando al unísono.
Entonces fue cuando llegó la “idea”, esa idea producto del aburrimiento que tan genial parece en el momento pero cuyos resultados suelen estar bastante alejados de lo previsto. Y la “idea”, en esta ocasión, fue sustituir todos los antiquísimos, preciosos y delicados relojes de arena por modernos, prácticos y delicados relojes “inteligentes” de esos que empezaban a estar de moda entre los humanos. Así que atravesó la fina barrera entre nuestro humano universo y su para-humano mundo, y dirigió sus huesudos pasos hacia una importante tienda de productos electrónicos donde, bajo la inocente apariencia de un jubilado, compró el último y más avanzado modelo de reloj inteligente, llamado smartwatch por el dependiente con un recién adquirido acento londinense que resultaba extremadamente sexy a su última novia y extremadamente incomprensible a los londinenses.

De vuelta a su universo la Muerte se preparó una taza de chocolate y se sentó con ella y el reloj ante su escritorio dispuesta a descubrir cómo funcionaba aquel misterioso artefacto mientras los relojes de arena continuaban con su monótono “Shhh... Plop.. Pfff...”.
Durante un rato anduvo dando vueltas al reloj sin saber muy bien qué hacer, hasta que, sin saber cómo, el aparato pareció despertar. La pantalla se iluminó, llena de curiosos símbolos llenos de colorines cuya función ignoraba y, como lo ignoraba, se dispuso a hacer desaparecer su ignorancia por el antiquísimo método de dejar de lado el libro de instrucciones y ponerse a toquetear todo lo toqueteable. Los dibujitos aparecían y desaparecían, algunas cosas parpadeaban, otras dejaban de parpadear, había palabras extrañas como wifi, bluetooth o gps pero, al cabo de una hora de toqueteos, la Muerte seguía tan ignorante del funcionamiento del reloj como al principio.
A pesar de todo, siguió en su empeño y continuó tocando aquí y allá, totalmente perdida en el laberinto tecnológico pero sin querer rendirse hasta que, sin saber por qué, el estúpido aparato se puso a silbar una y otra vez, una y otra vez,  una y otra vez,  casi sin pausa, tres o cuatro notas repetidas hasta el hartazgo. Un silbido tan agudo, cansino y molesto que, a su lado,  el "Shhh... Plop... Pfff" que siempre la acompañaba parecía una deliciosa obra musical.
La Muerte se desesperaba tratando de acallar el monstruoso son sin conseguirlo hasta que no le quedó más remedio que acudir a la solución definitiva: lanzarlo contra el suelo y pisoteado hasta que el reloj, con lastimero estertor, calló para siempre.
La Parca se regodeó, durante unos segundos, en el recién recuperado nivel sonoro habitual. Si hubiera tenido ojos, los habría cerrado con deleite y, si hubiera tenido labios, habría sonreído de placer. Se sentó, de nuevo, tras su escritorio. Contempló los antiguos relojes de arena y dijo para sí:
-¡Dónde estén unos buenos relojes de arena con su “Shhh... Plop... Pfff...” que se quiten todos los adelantos tecnológicos!
Al cabo de escasos minutos la Muerte volvía a aburrirse, a pensar y a tener ideas...

 

viernes, 16 de mayo de 2014

Espíritu libre



A las diez y media de la noche ya se encontraba Basi sentado a la barra de su pub favorito, charlando con Manolo, el barman de toda la vida.
A las once y cuarto, con su segunda copa, Basi lanzaba su habitual diatriba contra la vida lastimera y rutinaria de la mayoría de los humanos mientras Manolo -uno de esos borregos amaestrados que tanto despreciaba Basi- le prestaba un cuarto de su atención y disimulaba tres o cuatro bostezos.
Eso de tener un trabajo fijo, un horario estricto, vivir atado a una mujer, a unos hijos, un jefe, vivir cada día del mismo modo que el anterior, repetir cada día los mismos gestos, los mismos caminos y las mismas rutinas no iba con él. No señor, Basi era un espíritu libre, un aventurero, un ser nacido para vivir bien lejos de las convenciones mundanas. Y este discurso era repetido por Basi cada noche, a la misma hora, con una exactitud casi milimétrica, justo entre su segunda copa y su primera raya de coca.
A eso de las doce comenzaba su habitual recorrido por los mismos antros nocturnos de cada noche, bebiendo, esnifando, bailando, buscando algún pibón recauchutado que llevarse a la cama. Disfrutando de lo que él llamaba su libertad.

En el último antro, delante de la última copa, tras su última raya de coca y sentado junto a una chica de grandes pechos e ideas pequeñas, el último pibón de su larga lista de pibones sustituibles e intercambiables, Basi volvía a soltar su discurso favorito sobre vidas rutinarias y grises ante una audiencia compuesta de “espíritus libres” rebosantes de alcohol, coca y hastío.
A las siete de la mañana, mientras la humanidad diurna comenzaba, adormilada, su jornada, Basi regresaba a casa, con una sonrisa en la cara, su última conquista colgada del cuello y satisfecho de no llevar la vida monótona de sus conciudadanos menos afortunados.
A las ocho, tras una intensa sesión de sexo, Basi mandaba a paseo a la amiguita de turno, se lavaba los dientes y se tiraba en la cama donde dormiría hasta las cinco de la tarde.
A las diez y media de la noche ya se encontraba Basi sentado a la barra de su pub favorito, charlando con Manolo, el barman de toda la vida...




lunes, 5 de mayo de 2014

Vida



Sesenta años y su biografía se veía reducida a cero.
Pendiente de su madre enferma desde hacía años, Mauricio no había vivido, ni disfrutado, ni padecido otra cosa que el diario sufrir de la enfermedad materna.
No tenía amigos porque no disponía de tiempo para compartirlo con ellos.
No tenía pareja porque no había tenido tiempo para conocer el amor.
No conocía las alegrías ni las tristezas que la vida depara a la mayoría de la gente porque él sólo había dispuesto de tiempo para trabajar y para cuidar a su madre.
El vacío, pues, siempre había estado presente pero no fue hasta que se quedó totalmente solo, ya sin la necesidad de cuidar de otro ser, que su no existencia se le mostró en toda su vacua crueldad.
Fue entonces cuando comenzó a coleccionar fotografías.

Iba cada domingo al rastro, vestido siempre de punta en blanco, y recorría los puestos en busca de sus pequeños tesoros fotográficos. Revisaba todas las fotografías que encontraba y escogía con sumo cuidado las que quería. No buscaba edificios, ni monumentos, ni escenas callejeras, ni paisajes. Mauricio sólo quería fotografías de personas: grupos de amigos, familias, parejas, niños; imágenes de bodas, comuniones, bautizos, cumpleaños...
Luego, una vez en casa, acompañado de una taza de chocolate y algo de música clásica, dedicaba el resto del domingo a clasificarlas, ordenarlas y colocarlas en sus álbumes correspondientes.
Aquellas gentes, aquellos rostros, aquellos momentos se le volvieron cada vez más familiares. Y comenzó a ponerles nombres: aquel señor de bigote que posaba serio junto a una radio, era el tío Francisco, presumiendo de radio nueva en los tiempos en que eso era un lujo; aquella pareja sonriente en su día de bodas eran la prima Vera (¡qué de bromas le gastaba con eso!) y su marido, Toño, lástima que acabaran separados; aquellos niños que posaban junto al Rey Baltasar en unos grandes almacenes eran Juanín, Mariquita y Pablín, sus sobrinos predilectos que ahora eran, respectivamente, ingeniero, arquitecta y médico... Y allí estaban abuelos, bisabuelos, primos, sobrinos, amigos de la infancia y la juventud y, finalmente, su mujer y sus propios hijos.
A base de fotografías ajenas, de recuerdos apropiados, de vidas vividas por otros, Mauricio se fue fabricando una vida inventada pero que llegó a sentir real y si hubiera habido alguien dispuesto a escucharle, Mauricio le habría hablado de lo feliz que había sido junto a su difunta esposa, esa que ve en este retrato con ese vestido azul, su favorito o le habría contado lo orgulloso que estaba de su hija, una gran abogada y de sus dos preciosos nietos, inteligentísimos, ahí los tiene a los tres, sonrientes, en la primera comunión del pequeño o de su hijo menor, recién licenciado en ciencias del mar que andaba investigando por esos mares que me acaba de enviar esa fotografía desde el barco en el que navegaba...
Tanto se repitió a sí mismo esas historias que nadie habría logrado convencerle de que eran ficciones. 
Mauricio, una vez libre de su cadena maternal podía haber construido su propia vida pero, asustado, solitario, gris, prefirió apropiarse de las vidas de otros y vivirlas a través de sus viejas fotografías.


jueves, 17 de abril de 2014

Vegan zombie


A Salustio Olortegui -Salus para los amigos- no le disgusta ser zombi. No se puede negar que tiene sus desventajas: los rígidos andares, el babear de imbécil, la manía de ir perdiendo miembros a diestro y siniestro, la forma de hablar tan minimalista..., pero también es cierto que tiene grandes ventajas: ya no debe preocuparse por su aspecto, siempre tiene compañía porque los zombis van juntos a todas partes, no tiene que dar conversación a nadie porque no existen los zombis habladores, no  ha de preocuparse por mantenerse sano porque, total, ya está muerto...
Sólo una cosa empaña la felicidad de la maravillosa no-vida de Salus: la dieta.
¡Ay esa manía zombi de comer carne a todas horas y sin parar!
¡Ay, ese hambre cárnica que se le agarra a las no-tripas y no lo deja en paz!
Salustio Olortegui, vegano practicante y evangelizante, azote de congéneres carnívoros y amante de las frescas verduras de su huerto ecológico sufre a todas horas de unas desesperadas y desesperantes ansias de meterle el diente a la carne fresca y sangrante de algún vivo despistado.
Salus resiste como puede su insufrible deseo de carne humana y trata de apagar su hambre insaciable con las pocas verduras y frutas que puede encontrar en aquella ciudad muerta. Así, mientras los otros zombis se reunen en manadas descerebradas en cuanto les llega el más leve olor a ser humano vivo, Salus busca algún supermercado o frutería y se zampa todo lo zampable, que es cada vez menos y mayormente putrefacto cosa que, siendo él mismo un ser en constante proceso de putrefacción, no es algo que le preocupe en demasía. 

Pero por mucha legumbre, fruta y verdura que coma, el hambre no abandona a Salus, sus pútridas tripas rugen cada vez que hasta su cuarto y mitad de nariz llega el dulce aroma de la carne fresca, cálida y palpitante de los humanos cercanos y su boca saliva sin saliva ante la visión de los banquetes sangrientos de sus compañeros no-muertos. La tentación es grande pero como zombi de principios que es, Salus resiste con valor y una increíble voluntad, sobre todo teniendo en cuenta lo muy poco de humano que queda en su licuado cerebro.
Y así podría haber seguido Salus, con este plan de contención y abstención durante todo lo que le durara su no-vida, sino hubiera sido por el cerdo.
De haber sido otra época menos extraña, y de haber tenido los sesos menos licuados, Salus se habría preguntado qué narices hacía un cerdo de aquella envergadura en plena ciudad pero dadas las circunstancias tanto del mundo como de su cerebro, sólo dijo:
-¡UUUUARRGH! -o algo por el estilo.
Iba a continuar su renqueante camino cuando, en un cambio del viento, llega hasta su cuarto y mitad de nariz el inconfundible aroma a ser humano, a ser humano vivo, se entiende. Y después de olerlos, los ve y lo que ve no le gusta nada a Salus.
Los humanos, pendientes del cerdo, no ven al zombi que los mira con la cara de incomprensión típica de cualquier zombi y continuan lo que ellos consideran un sigiloso avance hacia el gorrino que, descuidado, hoza entre un montón de basura. 


Los humanos rodean al animal, lo acosan, lo acorralan y, finalmente, lo matan a palos.
Salustio Olortegui, el zombi vegano y pacifista, se espanta primero, luego se horroriza y, por fin, se indigna, se encocora y hasta llega a enfurecerse.
-¡Eso no! -piensa con su cuarto y mitad de licuado cerebro-. ¡Malditos carnívoros asesinos!
Pero por su desgarrada garganta lo único que sale es:
-¡AAAAOOORRRGGG! ¡GGGGGRRRAAARGH! -o algo parecido.
Los cazadores lo oyen antes de verlo: un zombi escuálido, con cuarto y mitad de nariz, patizambo y de ojos saltones que, agitando los brazos, gruñe y avanza hacia ellos tropezando con sus propios pies, y huyen espantados, no porque teman a ese enclenque no-muerto sino porque saben que los gruñidos de este atraerán a otros. Y esos otros no tardan en aparecer, olisqueando el aire, arrastrando extremidades, gruñendo su monótona cantinela, aproximándose lentos pero inexorables.
Y al frente de todos, con furiosa determinación, no dirigiendo pues los zombis sólo son dirigidos por su hambre voraz, pero sí marcando el paso, se encuentra Salus, mostrando sus amarillos dientes, las manos convertidas en garras, la furia brillando en sus apagados ojos.
Al fin, después de tanto tiempo, Salustio Olortegui ha encontrado el modo de conjugar su veganismo y su condición de zombi. La muerte de ese incongruente cerdo le ha dado la justificación necesaria para dar rienda suelta a su naturaleza zombi.
Los zombis salen de los edificios cercanos, se acercan desde las calles próximas, rodean a los atrevidos cazadores. Salus es el primero en darles alcance, por primera vez un zombi entre zombis. Su desleído cerebro, ofuscado por el olor a carne, sus instintos a flor de piel, sus manos hechas zarpas. 

Uno de los cazadores tropieza, y ese fatídico tropiezo le concede el indeseado e indeseable honor de convertirse en la primera presa de Salus.
Las papilas gustativas del zombi, acostumbradas a décadas de verdura y fruta, explotan de placer al primer bocado de jugosa carne que cae sobre ellas y su garganta se abre para absorber hasta la última gota de sangre fresca. Salustio se ve inmerso en un éxtasis de placer carnívoro. Arranca, desgarra, destripa, deshuesa, descuartiza, muerde, mastica y traga envuelto en una nube de furia vengadora.
Cuando la orgía carnívora concluye, Salus, ahíto, mira a sus compañeros sintiéndose, por fin, parte del grupo, miembro de la manada, compañero de cuadrilla. Sabe que no hay vuelta hacia el veganismo pero no le importa. Alimentarse de humanos será una extensión de su defensa animalista. Acosará a sus ex-congéneres, les dará caza, les torturará y se alimentará de su carne tal como ellos llevan siglos haciendo con otros animales.
En su atrofiado cerebro, Salus se ve como el cadavérico vengador de todas las especies animales.
En la parte más primitiva de su atrofiado cerebro, el reptil se relame pensando en la carne aún por comer.

 

 

sábado, 5 de abril de 2014

Micros



De cobardes y de héroes

El muchacho, casi un niño, miraba a Martínez con ojos de cachorro asustado.
Martínez, con el arma apuntando al muchacho, lo miraba fijamente pensando en su propio hijo, apenas algo menor, y no le costó nada verlo en el terror de aquellos ojos casi infantiles.
-¡Vamos Martínez! ¡Dispara de una puta vez! -le azuzaba el teniente Bermúdez.
Martínez seguía mirando al muchacho aterrorizado y pensando en la familia, angustiada, esperaba su regreso.
Bajó su fusil y, cabizbajo, comenzó a girarse.
El muchacho, liberado del embrujo del miedo, se levantó, tomó su arma, disparó sobre Martínez y salió huyendo.
Martínez fue enterrado como un cobarde.
El muchacho fue vitoreado como un héroe.




Esperanza


Luzmila había tenido un triste pasado, vivía un presente doloroso y poseía una fe inquebrantable en el futuro.
Por eso, cada día, esperanzada, se sentaba a la puerta de casa y, con cara sonriente, esperaba la llegada de su brillante mañana.
Y cada noche, con la misma sonrisa, se iba a la cama pensando:
-¡Mañana! ¡Será mañana!
Y pasaron semanas, meses, años y Luzmila, confiada, seguía esperando su feliz futuro.
Su piel se arrugó, sus ojos perdieron brillo, sus cabellos encanecieron, la muerte, inexorable, llamó a su puerta y sólo entonces admitió Luzmila que aquel radiante porvenir que ansiaba había pasado, silencioso e invisible, a su lado, sin que ella lo notara y la había dejado allí, olvidada. 


 Acrofobia

-Oiga, jefe -le dije yo al jefe-. ¿No podría ayudarme con este problema mío con las alturas? Me paso el día así, encogido de miedo, con sudores fríos, con mareos... Lo paso fatal. Así no se puede trabajar, ni vivir, ni ná...
Y el jefe me miró con esa cara tan seria que pone él, ya sabes, esa en que no mueve ni un músculo. Y me miró así como mira él, muy fijo, sin pestañear, hasta que uno baja la mirada avergonzado de no se sabe qué.
Lo debí pillar en un mal día porque cuando habló con esa voz tan suya va y me dice muy sonriente:
-Claro, por supuesto, sin problemas...
Y luego me envió al Infierno.



Descansan en paz

  A veces, paseando por los recovecos de mi cerebro, las veo. Se mueven, lentas y pesadas, sintiendo el aliento de la muerte en su inexisten...