martes, 6 de octubre de 2009

Menudas ocurrencias

Cuando las agujas del reloj se encuentran a eso de las doce -dos veces en el día- ni imaginas la de cosas que se cuentan. Han tenido, cada una, doce horas para observar, sentir, pensar y reflexionar sobre la vida, la humanidad y el mundo. Yo daría lo que fuera por poder escuchar lo que, en susurros, al oído, se cuentan a eso de las doce de la noche -dos veces en el día-.



Cuentan que la ambrosía fue la bebida de los dioses hasta que, una tarde lluviosa de noviembre, un antiguo dios etíope los invitó a una taza de café. Desde entonces, es habitual que todos los olímpicos se reúnan una vez en semana, en cualquier recóndita y coqueta cafetería, a compartir la negra bebida mientras mantienen amenas conversaciones y comparten amables cotilleos.



El joven poeta se levantaba de madrugada y, aún con el sueño llenando sus ojos, salía a lanzar al viento sus versos recién creados con la ilusión de que, alguien, quien fuera, los recoja, los lea, los ame y los vuelva a lanzar al viento con la ilusión de que, alguien, quien sea, los atrape, los lea, los ame y los vuelva a lanzar al viento...






Ella hablaba y hablaba como si la vida se le fuera a acabar en los próximos cinco minutos. En cambio, él la escuchaba con la atención y la paciencia de quien tiene años para derrochar. Ella no podía mantener su atención fija en nada más de unos pocos segundos. En cambio, él tenía todo su interés puesto en no perder ni una de sus palabras y ninguno de sus movimientos. Ella era mudable y volátil como la niebla. Él, cambio, era firme y constante como una roca. Incomprensiblemente llevaban treinta años siendo felizmente incompatibles y amorosamente opuestos.




Aquella noche el niño no se dormía. Su madre le dijo que, para que el sueño viniera, le contara bonitas historias. Así que el pequeño cerró sus ojos y comenzó con sus historias. Y eran tan hermosas y divertidas esas historias que el sueño no tardo en llegar. El problema fue que, eran tan hermosas y divertidas esas historias que el sueño luego no quiso marcharse jamás de su lado...


Los monstruos de toda la vida, hastiados de causar ternura y risa, molestos por haber sido relegados a humorísticos y blandos personajes infantiles, reunidos en pública asamblea decidieron por unanimidad abandonar este mundo y largarse en busca de otro en el que sean más respetados y más temidos. Dejan, pesarosos, este mundo humano en manos de monstruos mucho más crueles de lo que ellos hayan sido jamás.


Siempre había pensado que el tabaco iba a acabar matándola. Lo pensaba cada vez que encendía uno y cada vez que lo acababa. Pero no le importaba, podría decirse que lo tenía asumido. Siempre había estado segura de que su final vendría de la mano de esos cigarrillos de los que no podía prescindir. Por eso se sintió entre sorprendida y decepcionada cuando vio aquel camión abalanzarse sobre ella a toda velocidad. Sin embargo, antes de perder su último hilo de consciencia tuvo tiempo de fijarse en que había sido atropellada por un camión que transportaba tabaco. Y, además, de su marca favorita. Si hubiera podido hasta hubiera sonreído: a fin de cuentas, no se había equivocado.


viernes, 2 de octubre de 2009

La sala de esperas

Antes de empezar una pequeñita noticia de esas que dejan buen sabor: me presenté hace unos meses al II Premio Algazara de Microrrelatos de la Editorial Hipalage y... no, no gané (para variar :D) pero mi texto ha sido escogido (con muchísimos otros) para formar parte del libro recopilatorio "Más cuentos para sonreír". Y ya van tres relatos que me publican... un día de estos igual hasta gano y todo :D

Ah, para quien sienta curiosidad el relato pueden leerlo en el post Lluvia.

Y ya está. Ahora os dejo con el relato que me inspiró mi reciente visita al dentista de la enana.



La sala de espera es pequeña, muy pequeña. Sus únicos muebles son una mesa diminuta cubierta de revistas y folletos, seis sillas pegadas a las paredes y un revistero.


La sala de espera es pequeña y ya está casi llena cuando llego. Tan sólo queda una silla libre y hacia ella me dirijo para sentarme a esperar, pacientemente, mi turno.


La sala de espera es pequeña y, a pesar de la ventana entreabierta, opresiva.


Pasan los minutos. De aquí no sale nadie. Nadie viene en busca de nuevos pacientes. Nadie se mueve de su lugar. Nadie parece lo bastante molesto como para abandonar la consulta harto de esperar.


Hay quien lee una revista de hace varios años. Hay quien mira un folleto. La mayoría nos limitamos a miramos los pies, las manos, al techo. En la habitación no se escucha ni un murmullo.


A los cinco minutos de mi llegada llega otro paciente que, ante la falta de sillas, se queda en pie, pegado a la pared, con ese aire incómodo que se nos queda cuando somos los únicos que no disponemos de asiento en una habitación donde los demás están cómodamente sentados. Con ese aire de no sé cómo ponerme, qué hacer con las manos, hacia dónde mirar...


Al poco rato, entra otro y luego, otro más. Poco a poco, la sala de espera se va llenando y resulta cada vez más claustrofóbica y sofocante.


Miro a la ventana, buscando algo que me ayude a recordar que hay sitios abiertos, amplios espacios, que existe un mundo allá afuera; pero sólo encuentro oscuridad, una negritud profunda y escalofriante. Caigo entonces en la cuenta de que, desde hace ya rato, se ha dejado de oír el tráfico y las voces que venían del exterior. Aunque me resulta extraño me encojo mentalmente de hombros y devuelvo la atención hacia mis uñas.


Han pasado dos horas y sigue llegando gente. Sin embargo, de aquí nadie sale. Nadie viene a invitar a ningún paciente a pasar al despacho del doctor.


A pesar de lo extraño de la situación, nadie comenta nada al respecto. Nadie habla. Nadie se enfada. Todos, incluido yo, esperamos pacientemente, algunos leyendo, otros echando nerviosos vistazos a su reloj o jugando con su móvil. La mayoría mirándonos los pies, las manos, el techo.



En la minúscula habitación no se oye ni un susurro.


Tras varias horas de espera, los que no disponen de silla se han convertido en mayoría. Muchos, cansados, han optado finalmente por sentarse en el suelo. Yo también me siento cansado, llevo demasiado tiempo sentado, el trasero se me duerme, ya no sé cómo poner las piernas, la espalda también me molesta, pero prefiero no moverme, no quiero que nadie me quite la que ya considero como mi silla.


En la sala de espera parece imposible que entre nadie más. Y, sin embargo, siguen entrando. Cada vez que la puerta se abre para dar paso a una nueva persona intento musitar un ya no cabemos más pero mi voz se niega a salir. Hace calor. Sudamos. Respiramos con dificultad. El ambiente es irrespirable.


De aquí no sale nadie. Nadie viene a buscarnos. Llega gente y más gente, nos apretujamos, nos encogemos para que quepan pero nadie protesta, nadie se queja, nadie hace intento de marcharse.


No sé cuánto tiempo llevo en esta diminuta sala de espera. Horas. Días. Semanas. Milenios.



El tiempo pasa despacio. No hablamos. No discutimos. No nos lamentamos ni protestamos. Nos limitamos a esperar.


Miramos nuestros pies, nuestras manos, al techo. Miramos a cualquier lado menos a nuestras caras. No queremos mirar a los ojos de los otros. No queremos vernos.


De aquí no sale nadie.


Nadie viene a buscarnos.


Llevamos aquí eones.


Nos limitamos a esperar.







lunes, 28 de septiembre de 2009

Mirando las nubes pasar...

No es malo recordar ni es mala la nostalgia. Ni tan siquiera la melancolía que provoca la nostalgia es mala. Lo malo es quedarse atrapado en el tiempo sin tiempo de los recuerdos y negarse a seguir avanzando y mirar al futuro.


A veces, entre las páginas de mis libros, encuentro pequeñas sorpresas que actúan como curiosas máquinas del tiempo: un bono que usé hace años, una entrada a un museo, una servilleta con una pequeña nota, un número de teléfono con un nombre que ni recuerdas, un anuncio de trabajo... Me gustan porque son como minúsculas inyecciones de nostalgia que suelen dejarte con una sonrisa.


Hay cierto tipo de gente que fracasa porque quiere fracasar, engorda porque quiere estar gordo, enferma porque se empeña en enfermar, no tiene éxito en el amor porque no quiere tenerlo... Es triste pero es verdad, los seres humanos somos tan raros que, a veces, nos resulta más sencillo hundirnos en la miseria que luchar por salir de ella...


Qué sencillo es ver las cosas de forma binaria: bueno o malo, blanco o negro. Sin más, sin matices, sin grises ni colores intermedios. Sí, es fácil, es cómodo... ¡Qué lástima no ser tan sencilla ni tan cómoda!


Según la literatura y el cine las más hermosas historias de amor son las que hablan de amores imposibles. Sin embargo, yo creo que las más bellas historias de amor son aquellas en las que ningún poeta fijaría su mirada por cotidianas.


Siempre me ha parecido absurdo visitar tumbas. La persona que conocías no está allí. Hay lugares mejores donde acudir a despedirse o a “charlar” con quienes se han ido que el lugar donde ponemos su cuerpo vacío. En realidad, ni siquiera creo que sea necesario acudir a ningún lugar en concreto para hacerlo.


A veces la solución a un problema tiene que darnos en las narices para que podamos verla y hay quien ni así lo consigue.


En muchas ocasiones un grupo de amigos llega a ser más familia que la propia familia; lo importante es tener quien te acepte y te quiera.


No falla, si eres una persona puntual el único día que, por extrañas circunstancias, llegas tarde todo el mundo llegará a su hora.


Me encantan las narraciones en las que la línea entre realidad y ficción se borra y alguien de uno de los lados la traspasa. Y es que guardo el secreto deseo de que todos los personajes que he conocido existan realmente en algún otro mundo o universo.


Hoy en día la melancolía tiene mala prensa. Parece ser que es obligatorio estar siempre sonriente y alegre y la tristeza hay que ocultarla pero, quizás, no sea tan malo "disfrutar" un poquito de la melancolía y dejarse llevar por la tristeza cuando esta venga a visitarnos.


Hay quien quisiera robarnos las palabras pero las palabras no se pueden robar, como no se pueden robar los pensamientos. Nos pueden hacer callar o hablar en susurros temerosos pero las palabras siempre encuentran la manera de salir y volar y llegar a oídos que quieran escucharlas... aunque por el camino las torturen y las retuerzan, siempre hay alguna que logra abrir las puertas de la libertad.


Es curioso como la estupidez puede llegar a instalarse cómodamente incluso entre las personas de mayor inteligencia.


Los seres humanos siempre encontrarán a alguien a quien culpar de sus problemas, desde los astros al gobierno pasando por su jefe, cualquiera tendrá la culpa, cualquiera menos él/ella.


Resulta evidente que los gatos pertenecen, sin excepción, a la realeza. No hay más que fijarse en la cara de desdén con que nos miran.


Yo, antes que hada madrina, preferiría tener una bruja madrina. Las hadas son seres demasiado etéreos e ideales. En cambio, las brujas, suelen tener los pies bien asentados en la tierra.


"No busques y ya verás cómo aparece" suele ser un método infalible para encontrar todo tipo de cosas, así que también lo uso con la inspiración... y suele funcionar, eso sí, dado su "don de la oportunidad" muchas veces la musa aparece en el momento en que no le puedo prestar la atención debida.


Me costó años aprender a fijarme en las cosas buenas y me costó años desprenderme de la gente que me empujaba a ver sólo las cosas malas de la vida. Desde que conseguí ambas cosas vivo mucho mejor.


La vida es una colección de momentos unidos a las emociones, sentimientos y pensamientos que esos momentos provocan en nosotros. Y como no tenemos más que esos fugaces momentos lo mejor que podemos hacer es disfrutarlos.



Los pobres escribidores nunca podemos tener la completa seguridad de contar las historias hasta el final porque ellos, los personajes, siguen con sus historias más allá de donde nuestras palabras llegan. Y ellas, las historias, se escapan, se descontrolan y se cuentan a ellas mismas.


¿Quién sabe si no formamos parte de un sueño y que desapareceremos con el amanecer? ¿Quién sabe si no somos un pequeño personaje de una pequeña historia escrita por un pequeño escritor? ¿Quién sabe si nuestro universo no será más que un átomo que forma parte de una molécula que forma parte de la epidermis que recubre el dedo índice de un gigantesco ser? Y leyendo las cosas que se me ocurren ¿Quién sabe cómo es posible que no lleve años ingresada en un psiquiátrico?





jueves, 24 de septiembre de 2009

El Venancio


Recuerdo perfectamente el verano de mi décimo cumpleaños.


Si cierro mi ojo derecho, mi ojo sano, puedo ver todo lo que ocurrió con mi ojo ciego.


El ojo que el Venancio me cegó de un cantazo cuando yo tenía nueve años.


Aquel verano dejé de ser “el nieto de la señá Engracia” y pasé a ser “el tuerto”, el “un ojo”, incluso hubo quien, aquejado de un curioso ataque de cultura clásica, llegó a llamarme “cíclope” o “Polifemo”.


Aquel verano el odio hacia el Venancio -la mala bestia que llevaba tantos veranos torturándome- alcanzó sus cotas máximas.


Aquel mismo verano comencé a ver a aquellos... seres.


A... Ellos.


Con mi ojo tuerto.


Primero eran sombras reptantes. Formas indefinidas que se movían lentamente ante mí.


Luego, poco a poco, fueron tomando consistencia y ganando realidad.


Los veía con mi ojo enfermo.


Si miraba con el ojo bueno no veía nada. Por eso sabía que nadie más podía verlos.


No sé por qué decidieron dejarme vivir. Nunca les pregunté. Ante seres tan poderosos uno no se plantea por qué lo dejan con vida, simplemente te limitas a dar las gracias porque sea así.


Ellos -serpenteantes, culebreantes, viscosos, pegajosos- me enseñaron las cuevas, los túneles donde habitaban.


Y yo les hablé del Venancio.


Ellos -oscuros, escurridizos, terribles-me hablaron de su hambre.


Y yo me ofrecí a llevarles alimento.


Fue sencillo atraer al Venancio hasta las grutas. No cuesta nada cegar de ir a alguien que te odia tanto como el Venancio -la mala bestia del Venancio- me odiaba a mí.


En cuanto me vio corrió tras de mí y yo salí corriendo hacia donde ellos -ansiosos, hambrientos, anhelantes- esperaban.


Es fácil recordar si cierro mi ojo bueno y me permito verlo todo con mi ojo ciego. Como lo vi entonces.


Les veo, como si estuviera ocurriendo ahora mismo, rodear al Venancio, que no puede verlos y se adentra sin temor en los oscuros túneles.


Puedo ver como, aún sin verlos, tal vez presintiéndolos, se estremece sin saber por qué.


Sí, con este ojo que él me dejó ciego contemplé, contemplo aún, su cara de horror cuando notó el primer pegajoso apéndice rodeando su cintura.


Veo con claridad como se retuercen/retorcían sus miembros y aquellos viscosos órganos succionando y devorando su cuerpo y su alma.


Lo último que vi del Venancio fueron sus ojos aterrados y llenos de dolor. Y lo último que vieron sus ojos fueron mi ojo ciego, mi mano diciéndole adiós, mi sonrisa satisfecha.


Cuando recuerdo aquel verano siempre vuelvo a verlo todo con mi ojo apagado.


Tengo suerte. A mí me queda un ojo para ver el mundo.


El Venancio – el pobre Venancio, la mala bestia de Venancio- , en cambio, jamás volvió a ver nada.




lunes, 21 de septiembre de 2009

Meteorología

Elisa salió aquel lunes preparada para disfrutar de un soleado y cálido día. Se había puesto un fresco vestido de batista y sus sandalias preferidas. Abrió la puerta dedicándole su mejor sonrisa al nuevo día.... y se encontró con una lluvia torrencial y un viento helado que hablaba más de otoño que de verano.


Por supuesto, Elisa regresó a casa a cambiarse de ropa.


El martes, Elisa se decidió por un abrigado pantalón, un jersey y un precioso impermeable de color vino. Con una amplia sonrisa y pensando que el tiempo otoñal también se podía disfrutar, Elisa abrió la puerta... y se encontró con un sol radiante, casi tropical.


Por supuesto, Elisa regresó a casa a cambiarse de ropa.


El miércoles, Elisa se vistió de verano y el tiempo se vistió de otoño. El jueves, Elisa se atavió de otoño y el tiempo lo hizo de verano. El viernes, Elisa se equipó para el verano y el tiempo lo hizo para el otoño.


El sábado Elisa, harta, prefirió no salir de casa.


El domingo por la mañana Elisa abrió la ventana, miró al cielo y gritó:



-¿Piensas seguir así durante mucho más tiempo?-


Y, desde las nubes, una voz como un trueno respondió:


-Sólo hasta que me digas que sí.


Elisa cerró la ventana con un fuerte golpe mientras pensaba en cuánta razón tenía su madre cuando le decía que era una locura andar enredando con los dioses griegos y, sobre todo, con un mujeriego incorregible como Zeus.


Luego, con un suspiro de resignación se fue a preparar la ropa de verano, la de otoño y, quizás, hasta la de invierno para el día siguiente.


Algún día Zeus se encapricharía de otra y la dejaría en paz...





Descansan en paz

  A veces, paseando por los recovecos de mi cerebro, las veo. Se mueven, lentas y pesadas, sintiendo el aliento de la muerte en su inexisten...