lunes, 1 de octubre de 2012

Etsuko

 Hace unos meses colaboré con un cuento infantil en la web Con un poco de ti en la que escritores, poetas, ilustradores, colaboran con sus trabajos para aportar un granito en la lucha contra la leucemia. Hace poco han editado un libro con algunos de los cuentos enviados (el mío entre ellos), todo el dinero recaudado será para la fundación José Carreras. Dejo aquí los enlaces de bubok por si alguno de vosotros os animáis a comprar uno de estos libros (sólo tres euros en formato electrónico):

España: http://www.bubok.es/libros/216549/Te-puede-pasar-a-ti-Cuentos-para-la-concienciacion-Leucemia

México: http://www.bubok.com.mx/libros/192713/Te-puede-pasar-a-ti-Cuentos-para-la-concienciacion-Leucemia 

Colombia: http://www.bubok.co/libros/210596/Te-puede-pasar-a-ti-Cuentos-para-la-concienciacion-Leucemia

Argentina: http://www.bubok.com.ar/libros/193122/Te-puede-pasar-a-ti-Cuentos-para-la-concienciacion-Leucemia


Relato escrito para Mhanseon

La tarde allá afuera es gélida. En el interior de la casa, sentada en el washitsu(1), la pequeña Akane disfruta del calor que proporciona el kotatsu(2) bajo la mesa mientras su madre, ensimismada, peina su larga melena.


Lo único que quiebra el silencio es el rugir del mar que rompe en la playa cercana.


El calor, el sonido de las olas, el suave movimiento del peine sobre su cabello, la van dejando placenteramente adormecida, por eso le llevó un rato darse cuenta de que su madre había comenzado a hablar y, aunque parecía hacerlo más para sí misma que para su hija, Akane se enderezó un poco y prestó atención a lo que decía.


Y habló Etsuko de Kaito, un muchacho fuerte, expansivo, ruidoso e irresistiblemente atractivo del que se enamoró sin remisión y al que sus abuelos rechazaron desde el primer instante. Si Etsuko hubiera sido una buena hija, habría renunciado a Kaito pero era una adolescente tozuda y rebelde, así que siguió viéndolo a escondidas y no se lo pensó demasiado cuando Kaito le propuso fugarse con él. Era todo tan romántico que no supo resistirse.


Contó Etsuko que todo fue bien mientras duró el viaje hasta Tokio pero que, una vez instalados allí, Kaito cambió por completo o, tal vez, se quitó la máscara de amabilidad y encanto que hasta entonces había usado con ella. Kaito bebía y vagueaba todo el día. El resquicio de loca esperanza que quedaba en el alma de Etsuko, el que la hacía creer que Kaito volvería a ser el que era, se resquebrajó con el primer insulto y se hizo añicos con el primer golpe.


Akane comenzaba a sentir frío a pesar del kotatsu. Le hubiera gustado salir huyendo del washitsu para no seguir oyendo a su madre, pero no podía. Quisiera o no, seguiría escuchando hasta el final. Etsuko, sin percatarse de la agitación de su hija, prosigue con su historia.


Narra, mascullando más que hablando, cómo fue el día en que Kaito la entregó a otro hombre a cambio de unas monedas, como lo soportó todo inmóvil, con lágrimas en los ojos, pero en silencio, sin gritar, ni protestar, ni defenderse. Ese fue el primer hombre que pagó por ella, luego vendrían más, muchos más, demasiados. Algunas noches Kaito le traía los clientes a casa (a veces uno, a veces dos, a veces un grupo de borrachos); otras, la mandaba a la calle a por ellos. Y Etsuko, anulada y transformada en sombra sin voluntad, obedecía siempre, sin rechistar ni luchar.


Akane siente el dolor de su madre en las manos que ahora la peinan con más fuerza, en la tensión del cálido cuerpo, en la voz quebrada que se empeña en contar cosas que ella no quiere oír. La niña es demasiado pequeña para historias tan grandes.


Pero Etsuko no piensa detenerse, en realidad casi no se percata de que su hija está con ella, y continúa adelante, empeñada en llegar hasta el final y describe, entonces, el miedo y la esperanza renacida que sintió al saber que esperaba un hijo. No sabía quién era el padre  ni le importaba, ese niño era suyo y con eso le bastaba. Sólo entonces Etsuko quiso luchar y escapar de aquella vida mísera. Una noche hizo un hatillo con sus escasas pertenencias y se disponía a salir de la casucha que compartía con Kaito cuando este regresó, borracho y violento, como siempre. Con un simple vistazo, Kaito supo inmediatamente lo que Etsuko iba a hacer y, por supuesto, trató de impedirlo, pero esa noche no se encontró con una mujer hundida y sumisa, sino con una madre dispuesta a pelear por su hijo.


Etsuko se enfrentó a Kaito, le gritó, le devolvió los insultos y, cuando él intentó golpearla, ella se defendió. Tomó un cuchillo de la cocina y, en la refriega, se lo clavó en el cuello. Kaito, sorprendido, la soltó para llevarse las manos a la garganta. Etsuko aprovechó ese momento para coger su hatillo y salir corriendo. Desde la puerta oyó a Kaito caer al suelo con estrépito. Nunca supo si aquella cuchillada lo mató, pero tampoco siente demasiado interés en saberlo.


Akane pide a su madre que calle pero su madre está tan inmersa en el pasado que la voz de su hija no llega hasta ella.


Etsuko sigue contando como se las apañó en las calles, mendigando, robando y prostituyéndose. Quería recuperar una vida honrada, pero caer en la miseria era mucho más sencillo que salir de ella y más si eres una mujer embarazada y sin honor como era ella. Al llegar el momento del nacimiento de su hijo, Etsuko seguía en la misma pobreza extrema.


Akane tiene una imaginación tan vívida que es capaz de sentir el frío, el hambre y el miedo de su madre en aquellas circunstancias. Las lágrimas caen silenciosamente por sus mejillas. Las de su madre hace rato que humedecen su negra melena. El momento de callar pasó hace tiempo, no queda otro camino que continuar hasta el final.


El niño nació de cualquier manera en una sucia habitación. Era demasiado pequeño, demasiado débil. Etsuko no podía amamantarlo, estaba tan desnutrida que no tenía leche y estaba tan débil ella misma que no podía levantarse del mugriento catre en el que había parido. El bebé, su pequeño Haruto, apenas vivió dos días y Etsuko se culpó, se culpa aún, por ello. No hay día, cuenta a Akane, que no escuche su llanto hambriento, su llanto de niño enfermo, su llanto de niño muerto. No hay noche, susurra entre sollozos, que no desee tenerlo en sus brazos, acunarlo y acallar su llanto.




Y aunque luego su suerte cambió y logró salir de la inmundicia, encontrar un buen hombre y tener una preciosa hija, Etsuko no logra olvidar al pequeño Haruto y ese llanto interminable, inconsolable, doloroso. Etsuko siente que tiene que ir con él, que está muy solo, que necesita el amor de su madre.


Akane no comprende qué quiere decir su madre pero el terror se apodera de su corazón.


Etsuko deja de peinar el cabello de Akane, sus manos caen sobre su regazo, su cara oculta por su hermosa melena negra. Y le dice a la niña que tiene que irse, que debe hacerlo, que ha de cuidar del pequeño Haruto que la llama desde el mar. Y, le pide, le ordena, le suplica incluso, que no cuente a nadie nada de lo que hoy le ha escuchado.


Akane, por fin libre, se levanta y sale corriendo del washitsu, dejando a su madre sola con su tristeza infinita, con sus funestos recuerdos, con el llanto de un bebé muerto mucho antes de su nacimiento. Akane huye con un secreto demasiado pesado para sus hombros, un secreto que ha prometido no contar, un secreto con el que no sabe qué hacer y que la seguirá, quiera o no quiera, durante el resto de su vida.





1Washitsu: Cuarto tradicional japonés. Incluyen suelo de tatami,  shōji para sustituir lo que normalmente cubre las ventanas, fusuma (particiones verticales opacas deslizantes) que la separa de los otros cuartos,  un oshiire (armario) con dos niveles (para almacenar los futones), y un techo de madera. Puede ser que no esté amueblado y que su función sea la de un cuarto de la familia durante el día y un dormitorio durante la noche. Muchos washitsu tienen puertas correderas de cristal que se abren sobre una cubierta o un balcón.
2Kotatsu:  Marco de mesa bajo hecho de madera y cubierto por un futón o una cobija pesada, sobre el cuál se apoya la superficie de la mesa. Debajo hay un brasero, calentón o estufa, que a veces es parte de la estructura de la mesa misma.


En la actualidad hay dos tipos de kotatsu. El kotatsu moderno consiste en una mesa con una estufa eléctrica adjunta a la parte inferior de la mesa. El kotatsu usualmente se pone sobre un futón delgado, como una alfombra. Un segundo futón, más grueso, se pone sobre la mesa kotatsu con la superficie de la mesa sobre ese segundo futón. La estufa eléctrica calienta el espacio debajo del futón, y a quien esté debajo de éste.

La mesa kotatsu más tradicional se pone en el piso sobre un agujero con aproximadamente 40 centímetros de profundidad. La estufa (de carbón vegetal o eléctrica) se encuentra en el hueco debajo de la mesa.
En general, una persona se sienta en el piso con sus piernas (o, en el caso de una siesta, la mayor parte de su cuerpo) debajo de la mesa con la cobija encima. Aunque esto sólo calienta la parte inferior del cuerpo, puede mantener a uno caliente aun estando en un cuarto sin calefacción adecuada.
La mayoría de las casas japonesas tradicionales tienen poco o ningún aislamiento térmico. El kotatsu es una manera barata de mantenerse caliente durante el invierno, porque los futones atrapan el aire caliente.
El kotatsu fue desarrollado originalmente para gente portando vestimenta tradicional japonesa, porque el diseño de dicha ropa hace que el aire caliente penetre por las piernas y salga por el cuello, calentando todo el cuerpo.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Akane

(Relato escrito para Mhanseon)



La gélida tarde en que su madre le contó el temible secreto, Akane anotó en su cuaderno de tapas azules: “Hoy mamá me contó un secreto, un secreto negro, apestoso y amargo. Un secreto que me ha hecho llorar mucho.”


El día siguiente lo pasó Akane debatiendo consigo misma qué hacer con aquel secreto que era demasiado grande para ella. Y anotó en su pequeño cuaderno: “No sé qué hacer con este secreto, me da mucho miedo. Debería contárselo a alguien pero se supone que no debo contar los secretos aunque sean tan feos como este”.


Finalmente, el segundo día tras la confesión materna, trajo a Akane la solución al dilema y así lo anotó en su cuaderno azul: “Ya sé qué hacer con el secreto de mamá. Voy a esconderlo dentro de una historia que sólo se podrá leer ante un espejo. Luego meteré la historia en una botella y le pediré a Katsuo que me lleve a dar un paseo en su barca. Cuando estemos lejos de la costa lanzaré la botella al mar. Así me libraré del secreto de mamá para siempre. De este modo, compartiré el secreto con alguien pero no se lo habré contado a nadie”.


Dos meses más tarde, la madre de Akane, arrastrada por el tifón de una pena incógnita e insondable, danzó sobre sus delicados pies hasta el cercano océano y hundió en él su cuerpo y su tristeza.


Y Akane, igual que hiciera con el secreto materno, tomó su dolor, lo metió en una botella y lo arrojó al mar del olvido.


Esa fue, desde entonces, su manera de enfrentar el dolor: esconderlo, ahogarlo, negarlo como si no existiera, aplastarlo antes de que tuviera tiempo de aflorar. Su jovialidad era el tapón que usaba para mantener dentro de su corazón la tristeza acumulada durante décadas.


Muchos años habían transcurrido desde el suicidio de su madre. Akane pasaba unos meses en Inglaterra, en la casa de un viejo amigo y en compañía de otros escritores. Se encontraba a gusto en el lugar, la mansión era agradable, los otros huéspedes encantadores, el paisaje extraordinario, todo, en fin, ayudaba a hacerla sentir serena y en paz.


Una mañana, paseando por la playa cercana, sintiendo la fría caricia de las olas en sus pies descalzos, Akane descubrió, encallada en la arena, una vieja botella. Otro día cualquiera habría pasado de largo sin mirarla dos veces pero ese día, no, ese día sintió el impulso de acercarse a ella y recogerla.


Dentro de la botella había un mensaje. Akane la abrió y extrajo el papel. Lo desdobló con el corazón redoblando en su pecho, lo leyó con la respiración agitada y, finalmente, se derrumbó en la arena transida de dolor y anegada de recuerdos. Tras años de viajar por el amplio océano, aquella botella había vuelto, increíblemente, a sus manos en un país que distaba miles de kilómetros del suyo.


No  necesitó buscar ningún espejo para saber lo que allí se decía porque lo recordó todo, palabra por palabra.


Y en aquella playa, tan lejos en el tiempo de aquella niña, tan lejos en el espacio de sus recuerdos, Akane, por fin, recordó el temible secreto que su madre le había contado, derramó todas las lágrimas acumuladas y limpió todo el dolor escondido dentro de su corazón.


domingo, 2 de septiembre de 2012

Voces



Me hablan constantemente, sin descanso. No callan nunca, si uno acaba otro comienza, en una cadena infinita y eterna.

Me hablan, me hablan, me hablan... y sus voces llevan tanto tiempo conmigo que he olvidado como suena el silencio.

Me piden, me ruegan, me suplican, me imploran, me reclaman, me solicitan y alguno, incluso, me exige, me demanda y me conmina.

Los hay que murmuran y bisbisean, otros claman y vocean. Unos y otros, otros y unos, me hablan, me hablan y me hablan sin descanso, respiro ni sosiego.

No sabría decir cuánto tiempo he pasado aquí sentado, oyendo sus gritos, susurros y llantos, mucho sin duda, demasiado, eso es seguro. Ni sabría decir, tampoco, el tiempo que ha pasado desde la última vez que presté atención real a alguna de esas voces pero no me equivoco si digo que ha sido considerable.


Uno no puede pasarse la eternidad prestando atención absoluta a las mismas historias una y otra vez por emotivas que sean. Después de los mil primeros años se confunden unas con otras. Cuando ya llevas tres mil acaban pareciéndote una sola historia continuamente repetida. Al llegar a los siete mil todo te parece un runrún sin sentido alguno.

Siguen hablando sin parar. Siguen rogando y suplicando una respuesta, una ayuda, una solución, un milagro.

¡Un milagro! Durante un tiempo quise hacer milagros y darles soluciones pero pronto descubrí que mi poder no llegaba a tanto. Me resulta imposible ofrecerles mi ayuda por mucho que lo desee, muchos se están dando cuenta y comienzan a dejarme en paz pero la mayoría insiste en implorarme soluciones que estoy muy lejos de poder ofrecer.

Sus voces no paran, sus ruegos no se detienen. Me hablan, me piden, me suplican...

Ahora ya no escucho, no atiendo, no me interesa lo que tengan que pedir o decir. Me limito a sentarme aquí contemplando el universo que me rodea y convierto sus voces en un rumor de fondo, algo así como el de las olas en la playa. Un murmullo sordo e interminable que me acompaña permanentemente.



Piden, ruegan, suplican, imploran... hablan, hablan, hablan sin detenerse nunca.

Sospecho que, en el fondo, a ellos les da igual que yo esté o no esté, que les escuche o no les escuche, que les ayude o no les ayude. Ni se darían cuenta si me fuera, es más, creo que muchos piensan que me he ido hace tiempo y, aún así, me siguen hablando.

Si me paro a pensarlo no hay ningún motivo para permanecer aquí, soportando este eterno rumor, esta barahúnda de voces que nunca callan. Nadie me impide irme, nadie me obliga a quedarme. No me necesitan, no me extrañarían si desapareciera, no les importaría que no estuviera.

Sí, podría irme y muchas veces he jugueteado con la idea de hacerlo. Alejarme de ellos, de sus eternos ruegos, de ese clamor infinito. Sí, podría largarme cuando quisiera... pero no quiero.

Me sentiría muy solo en este vastísimo universo.

Además, temo que si me alejo de quienes me crearon acabaré muriendo. Creo que son esas voces, sus voces suplicantes, las que me mantienen con vida y que, sin ellas, dejaría de existir.

Así que aquí sigo y aquí seguiré, escuchándolos mientras me hablan, me hablan, me hablan, por los siglos de los siglos...



viernes, 17 de agosto de 2012

Más micros...





Meshkenet


La procesión había llegado y partido.


El llanto de las plañideras, empujado por el silencio de los muertos, suena ya lejano.


Ini-herit aguarda y cuando el último lamento es llevado por el viento, entra en la tumba y, arrastrándose cual sombra, llega hasta la cámara funeraria.


En medio de la sala, el ataúd de Meshkenet parece aguardarlo.


Ini-herit abre el féretro y contempla a la muchacha. Acaricia la máscara que cubre su rostro y se tiende en el sarcófago junto a ella


Con dulce voz Ini-herit recita los poemas que le compuso, los que ella nunca pudo escuchar.

Ra se oculta. La noche cae sobre la ciudad de los muertos. Ini-herit, sin dejar de recitar, aguarda la llegada de Anubis.




Silencio


Se sienta ante la emisora de radio. Frente a él, el micrófono y a su derecha, la pistola.


Poniéndose los auriculares comienza su ritual búsqueda por las frecuencias, aguzando el oído por si surge alguna voz y enviando su mensaje cada pocos minutos. Hace dos meses que repite los mismos gestos mecánicos pero la emisora, como siempre, sólo le devuelve el silencio de un mundo sin humanos.


Hoy se cumple el plazo que se había impuesto antes de tomar la única salida posible a su soledad.


Toma la pistola que no ha dejado de acariciar, la acerca a su boca y aprieta el gatillo.


Un segundo más tarde sus oídos muertos reciben el débil sonido de una voz lejana.





La muerte perfecta


- ¿Cuántas veces ha muerto ya? -preguntó la Muerte.


- Esta es la vigésimo quinta -respondió la sombra con alegría.


- ¿Y no cree que ya es suficiente? -volvió a preguntar la Muerte.


-Huy, qué va, aún me quedan otras tantas hasta lograr adquirir la experiencia necesaria y tener una muerte perfecta -y dicho esto, la sonriente sombra se desvaneció.


La Muerte suspiró resignada y, por enésima vez en aquella eternidad, se prometió no volver a caer en la trampa de los tratos de última hora.




miércoles, 1 de agosto de 2012

Micros


La primera vez



Recuerdo la primera vez, los nervios, las mariposas en el estómago, el cosquilleo de emoción, el corazón a mil, el miedo... Y luego la decepción, el “no era para tanto”, el “¿esto es todo?”, el pensar que a qué tanta alharaca por tan poco. Recuerdo el regreso a casa, el creer que todo el mundo se daría cuenta de lo ocurrido, el deseo de contarlo, la necesidad de callarlo, la mezcla de vergüenza y orgullo.  

Ahora soy menos inocente pero disfruto mucho más.

La primera víctima nunca se olvida pero de la décimo quinta se obtiene muchísimo más placer.

Ahora, por favor, procura no mover la cabeza, intento clavar una aguja en tu ojo y no es sencillo...



Procesión



Nunca me gustaron las procesiones, no señor, ni tantito así. Siempre me parecieron grimosas y espeluznantes. El arte sacro me parecía deprimente y la exaltación religiosa me resultaba algo totalmente ajeno. Así que las evité todo lo que pude.

Imagine, pues, mi sorpresa al verme ahora formando parte de una. Con lo que yo he huido de estas cosas y aquí me tiene, con mi túnica, mi capucha, mi cirio... hecho todo un figurín, tétrico, eso sí, pero un figurín. Anda que no iba a reírse mi mujer si pudiera verme.

Ya ve qué cosas pasan, tanto renegar en vida de las procesiones y, cuando llega la Muerte, va y me alista en la Santa Compaña.


 

Vida


La vida -su vida- es corta, muy corta, demasiado corta.



La vida -su vida- pasa aprisa, con prisa, deprisa.



De la calma a la celeridad en un plis plas, a toda velocidad, sin parar, sin descansar. Rápido, cada vez más rápido, engullendo kilómetros y tragando segundos a enormes y veloces bocados.



Su destino cada vez más próximo.



El fin cada vez más cercano.



Acelerando, incrementando la velocidad, precipitándose en loca carrera, cada vez más aprisa, con más prisa, más deprisa y, entonces... ¡PLAF!



La gota de lluvia, perdida su acelerada individualidad, se diluye suavemente en la inmensa colectividad del mar.



De la velocidad a la calma en un plis plas... y la rueda vuelve a girar.



El Coco

  —Que viene el Coco —le decía su madre si no quería comer. —Que viene el Coco —le insistía si desobedecía.  —Que viene el Coco —repetía si ...