martes, 18 de mayo de 2010

Supervivencia

En la planta más alta de la más alta torre del Castillo situado en la cima más alta de la más alta montaña del reino, dormía una hermosa princesa. Cientos de años habían transcurrido desde que una malvada bruja condenara a la joven al sueño mágico del que sólo despertará cuando un valeroso príncipe deposite en sus rosados labios su primer beso de amor.


Rodeaba el castillo un oneroso, oscuro y profundo bosque cuyos gigantescos árboles habían sido, en aquel lejano tiempo en que la dulce doncella aún hacía resonar su cantarina risa por las cámaras del Castillo, un poderoso ejército de diez mil fieros guerreros que habían jurado proteger y custodiar con celo a su princesa. Tan grande era su lealtad que se negaron a abandonarla aún cuando cayó víctima del hechizo. Entonces, la pérfida bruja decidió usar tanta fidelidad en su beneficio y transformó a los diez mil soldados en diez mil enormes árboles que estorbaran el paso a cualquier príncipe que pretendiera llegar hasta el Castillo. Ocupaban estos árboles casi cada palmo de suelo, dejando apenas espacio entre ellos para que crecieran espinos o circularan terroríficas bestias. Quien quisiera llegar hasta la torre debía ser verdaderamente muy audaz para afrontar los pavorosos peligros que se ocultaban en la tenebrosa espesura.


Por fin, más allá del bosque, se extendía una bella y amable villa, único resto del antaño extenso y poderoso reino. Eran sus habitantes sumamente cordiales y hospitalarios en extremo con los escasos visitantes que hasta ellos llegaban. Con amplias sonrisas y simpatía arrebatadora, los vecinos ofrecían al cansado forastero cama caliente, deliciosa comida, exquisito vino y agradable conversación. Se mostraban educadamente interesados por el mundo exterior y por el motivo que traía al viajero a un lugar tan apartado y, a su vez, saciaban la curiosidad del extraño sobre la historia de la ciudad y del Castillo.


El grueso mayor de visitantes lo formaban vendedores y artistas ambulantes que, conocedores del aislamiento en que la villa vivía, dirigían sus pasos hacia allí pensando en las grandes ganancias que podían obtener y que obtenían con creces, pues los lugareños acudían en tropel a la compra de aquello que no podían producir ellos mismos o en busca de una inocente diversión que les sacara de la rutina diaria. Tanto los unos como los otros eran bien recibidos y abandonaban el lugar contentos y con pingües beneficios.


Otro grupo de forasteros, menos abundante, era el formado por viajeros que se dirigían a otros lugares y que extraviaban el camino ya fuera por desconocimiento de los caminos o porque alguna niebla o tormenta inoportuna les hacía perder el rumbo. Cuando llegaba al pueblo alguno de estos, era recibido con calidez y amabilidad, se le ofrecía la mejor comida, la cama más mullida, amena conversación y, finalmente, se les mostraba cómo recuperar su camino ofreciéndose algún vecino a hacerle compañía durante todo el tiempo que fuese necesario.


Nadie, en fin, salía descontento de la pequeña villa al pie del hermoso Castillo donde dormía la bella princesa.


El último grupo de visitantes y el menos numeroso era el formado por los príncipes que se consideraban lo suficientemente osados como para enfrentarse a los peligros que pudiera conllevar despertar a la durmiente doncella. Llegaban a cuenta gotas, de año en año, de lustro en lustro o de década en década. Príncipes azules, príncipes encantadores, príncipes valientes y hasta príncipes-rana. Príncipes rubios, morenos, pelirrojos, altos, bajos, gordos, delgados, feos, guapos, listos, tontos, bravucones, románticos, idealistas, prácticos, ascéticos, lujuriosos... Príncipes de todo tipo y procedencia con una sola cosa en común: todos se creían los elegidos para salvar a la princesa y hacerse con la corona de un reino que, en realidad, ya no era casi nada.


Daba igual la apariencia, el carácter o la cuna del príncipe, si con cualquier visitante la hospitalidad era exquisita, con los jóvenes aspirantes la misma era llevada a sus cotas más altas. El recibimiento era digno del más grande héroe. Hombres y mujeres salían a las calles o se asomaban a balcones y ventanas para vitorear al joven aspirante que, con sorpresa y deleite, recorría la villa sintiéndose ya vencedor y rey. Durante varios días se hacían fiestas, se celebraban pantagruélicos banquetes donde el vino corría en abundancia y las jóvenes olvidaban el pudor ante una sonrisa del príncipe. El pueblo, en fin, se rendía a los pies del valiente que venía a salvar a su dulce y dormida princesa. El príncipe, por su parte, pasaba esos siete días de celebraciones ahíto de comida y borracho de vino y de una gloria aún no ganada.


Al amanecer del octavo día, el príncipe aspirante solía poner rumbo al Castillo. Todos los habitantes de la villa le acompañaba, en alborozada comitiva, hasta la misma linde del bosque donde le despedían entre vítores y efusivas muestras de afecto. Acompañado sólo por un pequeño grupo de jóvenes guías, el príncipe entraba, finalmente, en la tenebrosa espesura.



Mientras se adentraban entre los árboles continuaban las bromas y los cantos, durante un tiempo al príncipe no le molestaban ni los espinos que se enganchaban en sus ropas, ni las ramas de los árboles que parecían querer sujetarle ni la oscuridad que, a cada paso, se volvía más y más opresiva. El príncipe, los príncipes -cualquiera de ellos- seguían a sus guías adentrándose cada vez más en el bosque; medio aturdidos de vino y sueño no solían percatarse del momento en que ellos -sus guías- desaparecían.


Sólo tras un rato de silencio se daban cuenta de su soledad.


O de su supuesta soledad porque no tardaban los príncipes -cualquiera de ellos- en sentir apagados susurros, sigilosas pisadas, agitadas respiraciones, murmullo de hojas, crujir de ramas. Del norte y del sur, del este y del oeste, comenzaban a llegar monstruosas bestias de dientes afilados y zarpas terroríficas, temibles engendros salidos de oscuras pesadillas. Algunos intentaban luchar, otros intentaban huir, algún otro quedaba paralizado por el miedo y otros más se volvían locos de pavor y suplicaban piedad no sabían bien a qué. Pero de nada valían luchas, huidas, súplicas o rezos, los aterradores engendros siempre acababan por dar muerte a los príncipes -cualquiera de ellos- y a sus sueños de gloria, fama y poder.



En la linde del bosque, los ciudadanos de la villa aguardaban en silencio a que todo concluyera. Luego, una vez apagado el último y desgarrador grito, se ponían en pie y, dando media vuelta, retornaban a su casas, silenciosos y meditabundos.


No era una tarea agradable para ellos pero era necesaria.


No podían permitir que un príncipe -cualquiera de ellos- llegara hasta la hermosa y dormida doncella porque, si eso llegaba a ocurrir, la villa y sus habitantes desaparecerían, ya que ambos -villa y villanos- habían nacido de los sueños de su princesa y, si ella dejaba de soñar, ambos -villa y villanos- morirían con sus sueños.


No, no era una tarea agradable esta de matar príncipes pero era necesaria.


Por eso volvían en silencio y pesarosos a sus casas y, por eso, allá, en la planta más alta de la más alta torre del Castillo situado en la cima más alta de la más alta montaña del reino, la dulce princesa fruncía su níveo ceño y se estremecía levemente para luego continuar soñando con la vida en una hermosa y alegre villa.







domingo, 9 de mayo de 2010

Fuente de inspiración

Admiraba a aquel escritor. Admiraba la facilidad con que creaba. Admiraba la habilidad con la que tallaba las historias. Admiraba la forma en que las palabras parecían hacer lo que él quisiera, contar lo que él quisiera, mostrar lo que él quisiera.


Adoraba a aquel novelista y adoraba su maravillosa mente. Adoraba sus novelas. Adoraba sus cuentos. Adoraba sus artículos y hasta sus frases más cortas.


Tenía todos sus libros y había aguantado horas de larguísimas colas para conseguir su firma en cada uno de ellos. Compraba los periódicos y revistas donde publicaba algún artículo, los recortaba con cuidado, los pegaba en un gran album y los leía y releía tantísimas veces que era capaz de recitarlos de memoria sin equivocarse ni en un punto ni en una coma.


Conservaba, también, todas sus entrevistas.


No se perdía ni una sola de sus intervenciones televisivas o radiofónicas.


Era, sin duda, el mayor admirador de aquel maravilloso novelista, de aquel gran poeta, de ese cerebro lleno de genialidad e inventiva. Lo sabía casi todo sobre su vida, sus aficiones, sus gustos y disgustos, sus manías, sus esperanzas y desesperanzas, sus fuentes de inspiración, sus libros preferidos, sus películas favoritas, sus comidas predilectas... Lo conocía casi todo sobre su familia, sus amigos, sus enemigos, sus frustraciones, sus ilusiones.


Sí, sabía más que nadie sobre ese autor pero aún necesitaba saber más, lo más importante, lo que ni tan siquiera el escritor conocía de sí mismo: de dónde procedían esas prodigiosas historias, de dónde salían esos maravillosos personajes, de dónde surgía esa inagotable de palabras, frases y hermosas imágenes, cómo funcionaba esa fantástica fábrica de mundos.


Eso era lo que aún no sabía. Eso era lo que quería saber. Eso era lo que estaba a punto de conocer.


En unos minutos tendría acceso a todos esos secretos.


Únicamente necesitaba tener un poco más de paciencia.


Sólo debía atarlo a la mesa, inmovilizar esa grandiosa cabeza, serrar su cráneo y acceder a su extraordinario cerebro.


En unos instantes tendría ante sus ojos el asombroso lugar del que procedían las maravillas que había admirado y disfrutado durante tantos años.




lunes, 3 de mayo de 2010

Vida

Tengo una vida pequeña, una vida sin importancia, una vida poco interesante, una vida, vaya, como de andar por casa.


Tengo una vida normal y sin grandes emociones, ni grandes lamentaciones, sin glamour, sin aventura, sin brillo y sin desaforadas pasiones.


Tengo una vida corriente, ordinaria, del montón, una vida en vaqueros y zapatillas, sin maquillaje pero llena de color.


Tengo un amor cotidiano, un amor de diario, de los de manta y televisión, sin misterios ni arrebatos, ni mariposas, ni suspiros, ni sobresaltos. Un amor casi en pijama, de pelos alborotados, de “me gustas hasta desaliñada”, de abrazos por la mañana, de besos en cualquier lado, de “no olvides bajar la basura”, del “qué comemos mañana”, de ir siempre de la mano o cogidos de la cintura, de secretos y complicidades varias. Un amor de cada día, sin grandes pretensiones.


No es un amor de película pero a mí, ya me vale.


Tengo una vida normal y me gusta que así sea. Para otros dejo el glamour, las grandes ambiciones, las agotadoras pasiones, las aventuras sin fin, las enormes aspiraciones, yo me quedo con mi vida cotidiana, con el despertar a mi hija a base de besos y abrazos, con su voz diciéndome “eres la mejor mamá del universo y la más guapa de la galaxia”; me quedo con sus historias sobre “puertas misteriosas que llevan a otras dimensiones”, “monstruos en el pasillo”, “peluches protectores”, “goznis come vísceras” y muñecas y princesas y hadas y muchísimas más cosas...


No es una vida extraordinaria pero a mí, ya me vale.


Tengo una vida en zapatillas y un amor en pijama. Tengo una vida normal, un amor cotidiano, una familia pequeña y un futuro que ya se verá, tampoco vamos a preocuparnos.


Tengo una vida de lo más corriente y moliente, una vida de andar por casa, sin grandes pretensiones.


Disfruto de cada día.


Soy feliz.


Para mí, ya es suficiente.







lunes, 26 de abril de 2010

Aura no quiere comer (Infantil)

Aura no quiere comer. Su plato está lleno de verduras y Aura odia la verdura.


Aura está segura de que ella tampoco le cae bien a la verdura.


Aura mira fijamente a las repugnantes hortalizas y sabe que ellas también la están mirando.


Su madre le dice: ¡Vamos, come!


La niña mueve su tenedor lentamente rumbo al plato. Y, de pronto, los tres o cuatro brotes de brócoli, de un salto, se ponen en pie. Parecen un pequeño bosque sonriente. Porque los brotes de brócoli sonríen y se ríen y luego giran y bailan cogidos de las manos. Aura intenta pillarlos con el tenedor pero los pequeños árboles de brócoli se retuercen, se curvan, se encogen, se estiran, se escabullen... ¡Cachis, así no hay manera!


Su madre vuelve a insistir: ¡Vamos, cómete esa verdura!


Aura lo intenta con la berenjena. Pero... Las dos mitades se levantan, se juntan y se contonean, parece una bailarina oriental bailando la danza del vientre. Sus pequeños bracitos se agitan de un lado para otro sin parar, saluda la niña, le hace burlas. Aura intenta pinchar a la morada berenjena pero la muy escurridiza se retuerce, se curva, se encoge, se estira, se escabulle... ¡Cachis, así no hay forma!


Su madre le repite: ¡Vamos, vamos, que es para hoy!


Aura traga saliva y, tenedor en ristre, la emprende con el calabacín... o lo intenta. Porque, de repente, sin aviso, las pequeñas rodajas del verde calabacín se ponen a rodar por todo el plato, rebotando y saltando sobre las otras verduras; girando y girando a toda velocidad. Aún así, Aura lo intenta pero, nada, es imposible, los pequeños discos verdes y blancos, se retuercen, se curvan, se encogen, se estiran, se escabullen... ¡Cachis, así no hay quien pueda!


Su madre le da un nuevo aviso: ¡O las comes ahora o las tendrás de merienda... y de cena... y de desayuno... así hasta que te las acabes comiendo!



Aura mira enfadada a las verduras. Coge el tenedor con firmeza y se lanza a por ellas. Pero... ¿Qué pasa ahora? . Las verduras de su plato están montando un auténtico alboroto, una fiesta, una gran, gran juerga. Los regordetes tomates y los delgados espárragos se unen para cantar a coro divertidas canciones. La berenjena sigue con su baile exótico. Las rodajas de calabacín dan vueltas y vueltas y vueltas por el plato. El brócoli ríe y gira sobre sí mismo. La zanahoria salta a la comba y la calabaza juega a palmitas con la coliflor.


Las verduras se burlan de Aura y ella las mira con la boca abierta.


De repente... ¡Zoom! La mano de su madre aparece a toda velocidad, toma el tenedor de Aura y... ¡Pum! Berenjena... ¡Pum! Brócoli... ¡Pum! Tomate.... ¡Zas! Directas a la boca de Aura.


-¡Mastica!-, dice su madre.


Aura, poniendo cara de asco, mastica y traga. Mastica y traga. Mastica y traga.


Las verduras se han vuelto a quedar quietas. Muy quietas. Como si nunca se hubiesen movido.


Aura no quería comer.


Aura odia la verdura y está segura de que ella tampoco le cae bien a la verdura.


¡La próxima vez se van a enterar esos vegetales impertinentes!



La canción que va a continuación (My girl) ya la había puesto en otras ocasiones, pero no este vídeo. Yo no me perdería ver la coreografía de los Temptations, en serio :)



The Temptations - My Girl
Cargado por oliviafantasy. - Explorar otros videos musicales.



sábado, 17 de abril de 2010

Post mortem


Que no, que el título del post no tiene nada que ver conmigo.
Que sí, que aunque no lo parezca, sigo viva. Ocupadilla, un poco baja de inspiración, pero viva (los que me tengan en facebook ya lo saben). Y para demostralo aquí estoy con un relato y con un par de cositas que me apetece compartir.

Una: hace unos meses participé en el
Concurso de Narrativa Corta de LVPDI (La Voz de la Palabra Escrita) una red de "gestión y promoción de autores". No gané pero quedé entre los 30 finalistas y se acaba de publicar la Antología que recoge los treinta relatos. El relato con el que participé lo había publicado ya en el blog en agosto del año pasado, si alguien no lo recuerda o no lo leyó y siente curiosidad, es el relato titulado Segismundo. La otra noticia también tiene que ver con un concurso literario, concretamente el I Concurso de Cuentos Reescritos con Perspectiva de Género del que, igualmente, se acaba de editar un libro que recoge cinco cuentos, cuatro finalistas y el ganador. Mi cuento tampoco ganó pero sí, como en el otro, quedé finalista. Quien quiera leerlo (o releerlo) se trata de Un cuento intrascendente aunque el que envié a concurso tiene algunas pequeñas modificaciones. Algún día, igual, hasta gano un concurso de estos, a saber :D Y eso es todo de momento, intentaré ponerme al día con toooodos vuestros blogs (cosa que me llevará un tiempo) y no tardar tanto en publicar. Y ahora, si os quedan ganas, a leer mi relato :D



Post mortem



La mañana de mi funeral amanecí recién afeitado, limpio y correctamente vestido para la ocasión. Nada que ver con mi habitual estilo informal pero supongo que correcto para el momento.


Supongo que fue idea de mi madre el vestirme así. Ella, siempre pendiente de las apariencias y la buena presencia, se encontraba en ese momento junto a mi ataúd dando unos últimos toques a mi aspecto. Sonriente a pesar de las circunstancias, íntimamente satisfecha al verme, por fin bien vestido, tras años de luchar contra mis vaqueros y mis deportivas. Como cuando era niño, arregló la camisa, alisó la chaqueta y, sacando un peine de su bolsillo, compuso mi peinado a su gusto. Luego, ya satisfecha, regresó a su silla y, extrayendo un diminuto y primoroso pañuelo de tela de su bolso -mi madre jamás usaba pañuelos de papel por considerarlos vulgares- se enjugó unas inexistentes lágrimas y exhaló unos pocos suspiros. A mamá nunca le gustaron las demostraciones emotivas o afectivas ya fueran en público o en privado. El hecho de que, una década atrás, le robara una gran cantidad de dinero tampoco ayudaba a que se sintiera especialmente amorosa hacia mi difunta persona.


A continuación se aproximó a mi último lecho mi repelente hermano mayor. Dada la longitud -excesivamente corta- del pantalón y la anchura -excesivamente amplia- de la chaqueta, supuse que él había sido el orgulloso dueño del carísimo traje con el que habían vestido a mi cadáver. También él sacó un pañuelo del bolsillo, aunque no para enjugarse ninguna imaginaria lágrima sino para secarse los ríos de sudor que corrían por esa fofa cara suya, cuyos rasgos parecían escurrirse y caer como si de cera derretida se tratara. Nada en mi hermano era firme y sólido. Su cara, su cuerpo, su forma de ser, todo en él evocaba laxitud, inconsistencia, maleabilidad. Tampoco él parecía especialmente apenado por mi reciente y repentino fallecimiento pero, bueno,tampoco se le puede culpar por ello, a fin de cuentas, me acosté con su mujer, le timé y casi lo llevo a la ruina... todo en el mismo año. No, no le puedo culpar por su falta de aprecio. Mi sudoroso hermano, pellizcó mis mejillas con excesiva fuerza y sudorosas manos, lanzó una risita conejil y se apartó de mi féretro limpiándose, nuevamente, el sudor que corría por su bamboleante papada.



La enorme y arcillosa figura de mi hermano dejó paso a mi menuda cuñada y ex-amante. Su preciosa y curvilínea figura había ganado algo de volumen, el contorno de sus ojos mostraba una pequeña red de arrugas, pero seguía tan apetecible como antes y tan opuestamente sólida a mi hermano como siempre. Ella no intentó disimular ningún tipo de dolor como mi madre, ni lanzaba risitas sarcásticas como mi hermano, no, ella me miraba con la indiferente frialdad de una mantis religiosa disfrutando de su banquete nupcial. Como pueden imaginar tampoco mi cuñada me guardaba especial cariño, a fin de cuentas, a punto estuve de destrozar su matrimonio y dejarla en la ruina. Se inclinó sobre mí, expulsó el humo de su cigarrillo mentolado en mi cara y, acercando su roja boca a mis frías orejas hizo algún comentario sarcástico tan característico de su cáustico carácter, o eso imagino porque ese fue el momento elegido por mi vociferante progenitor para hacer acto de presencia junto al vacío cascarón que, hasta el día anterior, había sido mi cuerpo.



Mi padre no poseía ni la exquisita y pedante elegancia de mi madre, ni la inconsistencia arcillosa de mi hermano ni, por supuesto, la estridente sensualidad de mi cuñada. Mi padre era vulgar como una sarta de tacos de camionero, sólido como un muro de hormigón y, a pesar de su estruendosa presencia, frío como un caimán. No me quería más que el resto de la familia. Su cartera también fue víctima de mi saqueo y le aseguro que no fue tarea fácil sacarle los cuartos. Papá era demasiado listo para dejarse robar, embaucar o timar. A él lo chantajeé, ah, sí, ese fue mi más fructífero trabajo. Descubrir que mi vociferante y tradicional padre tenía una amante fue como descubrir una inagotable minas de diamantes. Hasta el mismo día de mi muerte estuve disfrutando de las rentas que me generaban ese gran descubrimiento.


Tras mi familia más cercana continuó el desfile de deudos, amigos y conocidos. Nadie había venido a llorarme. Todos estaban allí para asegurarse de -y complacerse con- mi muerte. Jamás pensé que hubiera tanta gente que me odiara, ni imaginé que llegara a verlos a todos reunidos por mí. Le puedo asegurar que ahí no había ni una sola persona que sintiera el más mínimo aprecio o simpatía hacia mi difunta persona. El recinto estaba repleto de gente a la que había robado, estafado, chantajeado, extorsionado, desvalijado y/o dañado de las más variadas formas (siempre he sido muy imaginativo); gente que sólo sentían por mí antipatía, odio, rabia e inquina. De haber estado vivo creo que la atmósfera de rencor y aborrecimiento que allí se respiraba habría acabado por matarme.


Resultó divertido contemplar, desde mi fantasmal posición, las múltiples muestras de odio que me fueron dedicadas con febril entusiasmo. Nadie intentó simular aprecio hacia mi persona, nadie fingió que lamentaba mi muerte, nadie pretendió actuar con fingido respeto hacia mí. Puede que para usted el hecho de que que toda esa gente se acercara a mi féretro sólo para insultarme y regodearse en mi muerte le parezca algo horrible pero a mí me resultó de lo más reconfortante contemplar tal falta de hipocresía. A fin de cuentas en ese recinto no había ni una sola persona que no hubiera sufrido algún tipo de daño económico y/o moral por mi causa. ¿Por qué habrían de fingir un amor que no sentían por el mero hecho de ser yo un cadáver? ¡Absurdo!


La experiencia resultó intensamente catártica para todos ellos, quienes, al fin, se sintieron liberados y desagraviados. A mí todo aquello me parecía a ratos curioso, a ratos divertido. Me sentía distanciado de todo aquello, como si fuera un espectador de una extraña obra teatral. Sentía curiosidad por el desarrollo de los acontecimientos pero no me afectaba ni emocional ni sentimentalmente nada de todo aquello.


Imagino que, a estas alturas, estará usted esperando el momento en que yo confiese que, ante tal espectáculo, mi alma se estremeció de dolor y de arrepentimiento y que le hable del profundo dolor que me causó la comprobación de todo el daño que había provocado. Le va a decepcionar saber que no ocurrió nada de eso. Si en vida no sentí, jamás, arrepentimiento alguno no veo el motivo para sentirlo después de muerto. No, ni tan siquiera por miedo al posible castigo. Uno tiene que ser consecuente con quien es y con sus actos ¿no cree?


Como es fácil de comprobar dado que estoy contándole todo esto, tampoco hubo una luz blanca hacia la que caminar, ni espíritus malvados que me llevaran entre gritos hacia el submundo para ser torturado eternamente, ni nada de nada. Como ve sigo por aquí, no me pregunte por qué. Si tiene algún sentido que mi fantasma continúe vagando por el mundo terrenal no lo sé ni me importa. No es una situación ideal pero de lo único de lo que me puedo quejar es de aburrimiento.


No señor, no, en mi historia no hay ni moraleja ni propósito alguno más allá del hacerme pasar un rato entretenido en esta eternidad sin sentido en que no-vivo. Si quiere historias edificantes busque, busque otros fantasmas. Los hay más que dispuestos a hablarles de cuán malvados fueron en vida y de lo mucho que se arrepintieron tras su muerte.


Yo, no lamento decirlo, sigo siendo el mismo canalla egoísta que fui, el mismo sinvergüenza,... y me gusta. Y ahora que he conseguido robarle varios minutos de su tiempo (es lo único que ahora puedo robar) voy a continuar mi camino en busca de algún otro dispuesto a escuchar la historia de este servidor. Ha sido un enorme placer charlar con usted y hacerle perder el tiempo de manera tan absurda.




jueves, 1 de abril de 2010

Anormal normalidad



Un día cualquiera


Parecía una mañana como tantas otras. La ciudad -la parte diurna de la ciudad- se desperazaba y comenzaba la jornada como siempre había hecho. Los urbanitas enfrentaban la jornada como hacía cada día.


Nada parecía diferente.


Nada anormal parecía esperar a la ciudad ni al mundo.


Sin embargo, a media mañana, una extraña sensación comenzó a correr como la pólvora por toda la metrópoli. Una curiosa inquietud empezó a bullir entre los habitantes del planeta. Unos la sintieron como una ligera opresión en el pecho, otros como unas ligeras mariposas estomacales, para algunos fue más bien como una serie de pequeñas descargas eléctricas y también hubo quien sintió todas estas cosas a la vez.




Nadie sabía cómo ni por qué pero, poco a poco, se fue extendiendo la idea, más intuida que pensada, de que algo trascendental estaba a punto de ocurrir.


En un momento determinado del día, todos los humanos salieron de sus lugares de trabajo, comercios, casas, chabolas, chozas, chamizos, tiendas de campaña, automóviles, escuelas y cualquier otro lugar en el que se encontraran. Era la primera vez en la historia que la especie hacía algo al unísono.


La segunda vez que la especie humana hizo algo al unísono, ocurrió unos minutos más tarde, cuando todos, absolutamente todos, alzaron sus ojos hacia el cielo. Y vieron todos lo mismo.


Ya fuera en cielos estrellados o soleados, en cielos nublados o despejados, en cielos crepusculares o en pleno amanecer, la visión fue la misma: una luz de color rojo sanguinolento, tan intensa que, en aquellos lugares donde era pleno día, llegaba a eclipsar a la luz solar. Casi enseguida la luz dejó paso a unas enormes, descomunales, mastodónticas letras que formaban dos únicas palabras:


GAME OVER


Y enseguida llegó la nada...



La mirilla


Marcela tenía la mala, malísima costumbre de observar a través de la mirilla de su puerta, las entradas y salidas de sus vecinos. En realidad, más que costumbre, lo de Marcela hacía años que había adquirido tintes de droga.


La mujer no podía vivir sin pegar sus ojos a la mirilla (digo ojos y digo bien, porque Marcela pasaba tantas horas en tan “apasionante” labor que, debido al agotamiento visual, debía alternar entre el uno y el otro) y estudiar, con pasión de naturalista, la vida de sus vecinos de rellano de los cuales conocía horarios laborales, visitas de amigos y familiares, salidas vacacionales... Su obsesión llegó a tanto que incluso comenzó una serie de expedientes donde anotaba horas, datos diversos e incidencias varias.


Pero un día, al acercar su ojo a la mirilla, Marcela no vio lo que esperaba ver.


Un día, al acercar su ojo a la mirilla, Marcela vio otro ojo que también se acercaba hasta ella desde el otro lado de la puerta. Un ojo lleno de negrura, un ojo rebosante de maldad, un ojo henchido de odio y crueldad sin fin. Marcela vio un ojo que la miraba, que sabía que ella estaba allí, al otro lado, un ojo que le decía “te conozco... sé que estás ahí... pronto estaré de ese lado...”.


Y sintió que se hundía en aquella mirada oscura y vio horrores que nunca hubiera imaginado. Podía percibir su cordura desapareciendo poco a poco.


Fue necesaria toda la fuerza de su marido para apartarla de aquella mirilla y de aquella mirada.


Después de ese día Marcela cambió la puerta por una sin mirilla...





El nuevo

  Llegó al trabajo lleno de entusiasmo; llevaba mucho tiempo esperando una oportunidad y esta sustitución, sin duda, lo era... o eso pensaba...