El espantapájaros y los gorriones se miraban fijamente. Era su ritual diario. Durante varias horas, los gorriones se posaban en los árboles que rodeaban el campo y observaban, casi sin pestañear, al monigote esperando, ilusamente, que se fuera. Mientras, el espantapájaros intentaba dar a su cara de tela un aire terrorífico deseando, él también, que las aves se largaran, temiendo el día en que los pequeños ladrones se dieran cuenta del miedo que le provocaban y de que, si se acercaban, él no podría hacer absolutamente nada.

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Yo ya he hablado demasiado, ahora te toca a ti...