jueves, 17 de abril de 2014

Vegan zombie


A Salustio Olortegui -Salus para los amigos- no le disgusta ser zombi. No se puede negar que tiene sus desventajas: los rígidos andares, el babear de imbécil, la manía de ir perdiendo miembros a diestro y siniestro, la forma de hablar tan minimalista..., pero también es cierto que tiene grandes ventajas: ya no debe preocuparse por su aspecto, siempre tiene compañía porque los zombis van juntos a todas partes, no tiene que dar conversación a nadie porque no existen los zombis habladores, no  ha de preocuparse por mantenerse sano porque, total, ya está muerto...
Sólo una cosa empaña la felicidad de la maravillosa no-vida de Salus: la dieta.
¡Ay esa manía zombi de comer carne a todas horas y sin parar!
¡Ay, ese hambre cárnica que se le agarra a las no-tripas y no lo deja en paz!
Salustio Olortegui, vegano practicante y evangelizante, azote de congéneres carnívoros y amante de las frescas verduras de su huerto ecológico sufre a todas horas de unas desesperadas y desesperantes ansias de meterle el diente a la carne fresca y sangrante de algún vivo despistado.
Salus resiste como puede su insufrible deseo de carne humana y trata de apagar su hambre insaciable con las pocas verduras y frutas que puede encontrar en aquella ciudad muerta. Así, mientras los otros zombis se reunen en manadas descerebradas en cuanto les llega el más leve olor a ser humano vivo, Salus busca algún supermercado o frutería y se zampa todo lo zampable, que es cada vez menos y mayormente putrefacto cosa que, siendo él mismo un ser en constante proceso de putrefacción, no es algo que le preocupe en demasía. 

Pero por mucha legumbre, fruta y verdura que coma, el hambre no abandona a Salus, sus pútridas tripas rugen cada vez que hasta su cuarto y mitad de nariz llega el dulce aroma de la carne fresca, cálida y palpitante de los humanos cercanos y su boca saliva sin saliva ante la visión de los banquetes sangrientos de sus compañeros no-muertos. La tentación es grande pero como zombi de principios que es, Salus resiste con valor y una increíble voluntad, sobre todo teniendo en cuenta lo muy poco de humano que queda en su licuado cerebro.
Y así podría haber seguido Salus, con este plan de contención y abstención durante todo lo que le durara su no-vida, sino hubiera sido por el cerdo.
De haber sido otra época menos extraña, y de haber tenido los sesos menos licuados, Salus se habría preguntado qué narices hacía un cerdo de aquella envergadura en plena ciudad pero dadas las circunstancias tanto del mundo como de su cerebro, sólo dijo:
-¡UUUUARRGH! -o algo por el estilo.
Iba a continuar su renqueante camino cuando, en un cambio del viento, llega hasta su cuarto y mitad de nariz el inconfundible aroma a ser humano, a ser humano vivo, se entiende. Y después de olerlos, los ve y lo que ve no le gusta nada a Salus.
Los humanos, pendientes del cerdo, no ven al zombi que los mira con la cara de incomprensión típica de cualquier zombi y continuan lo que ellos consideran un sigiloso avance hacia el gorrino que, descuidado, hoza entre un montón de basura. 


Los humanos rodean al animal, lo acosan, lo acorralan y, finalmente, lo matan a palos.
Salustio Olortegui, el zombi vegano y pacifista, se espanta primero, luego se horroriza y, por fin, se indigna, se encocora y hasta llega a enfurecerse.
-¡Eso no! -piensa con su cuarto y mitad de licuado cerebro-. ¡Malditos carnívoros asesinos!
Pero por su desgarrada garganta lo único que sale es:
-¡AAAAOOORRRGGG! ¡GGGGGRRRAAARGH! -o algo parecido.
Los cazadores lo oyen antes de verlo: un zombi escuálido, con cuarto y mitad de nariz, patizambo y de ojos saltones que, agitando los brazos, gruñe y avanza hacia ellos tropezando con sus propios pies, y huyen espantados, no porque teman a ese enclenque no-muerto sino porque saben que los gruñidos de este atraerán a otros. Y esos otros no tardan en aparecer, olisqueando el aire, arrastrando extremidades, gruñendo su monótona cantinela, aproximándose lentos pero inexorables.
Y al frente de todos, con furiosa determinación, no dirigiendo pues los zombis sólo son dirigidos por su hambre voraz, pero sí marcando el paso, se encuentra Salus, mostrando sus amarillos dientes, las manos convertidas en garras, la furia brillando en sus apagados ojos.
Al fin, después de tanto tiempo, Salustio Olortegui ha encontrado el modo de conjugar su veganismo y su condición de zombi. La muerte de ese incongruente cerdo le ha dado la justificación necesaria para dar rienda suelta a su naturaleza zombi.
Los zombis salen de los edificios cercanos, se acercan desde las calles próximas, rodean a los atrevidos cazadores. Salus es el primero en darles alcance, por primera vez un zombi entre zombis. Su desleído cerebro, ofuscado por el olor a carne, sus instintos a flor de piel, sus manos hechas zarpas. 

Uno de los cazadores tropieza, y ese fatídico tropiezo le concede el indeseado e indeseable honor de convertirse en la primera presa de Salus.
Las papilas gustativas del zombi, acostumbradas a décadas de verdura y fruta, explotan de placer al primer bocado de jugosa carne que cae sobre ellas y su garganta se abre para absorber hasta la última gota de sangre fresca. Salustio se ve inmerso en un éxtasis de placer carnívoro. Arranca, desgarra, destripa, deshuesa, descuartiza, muerde, mastica y traga envuelto en una nube de furia vengadora.
Cuando la orgía carnívora concluye, Salus, ahíto, mira a sus compañeros sintiéndose, por fin, parte del grupo, miembro de la manada, compañero de cuadrilla. Sabe que no hay vuelta hacia el veganismo pero no le importa. Alimentarse de humanos será una extensión de su defensa animalista. Acosará a sus ex-congéneres, les dará caza, les torturará y se alimentará de su carne tal como ellos llevan siglos haciendo con otros animales.
En su atrofiado cerebro, Salus se ve como el cadavérico vengador de todas las especies animales.
En la parte más primitiva de su atrofiado cerebro, el reptil se relame pensando en la carne aún por comer.

 

 

sábado, 5 de abril de 2014

Micros



De cobardes y de héroes

El muchacho, casi un niño, miraba a Martínez con ojos de cachorro asustado.
Martínez, con el arma apuntando al muchacho, lo miraba fijamente pensando en su propio hijo, apenas algo menor, y no le costó nada verlo en el terror de aquellos ojos casi infantiles.
-¡Vamos Martínez! ¡Dispara de una puta vez! -le azuzaba el teniente Bermúdez.
Martínez seguía mirando al muchacho aterrorizado y pensando en la familia, angustiada, esperaba su regreso.
Bajó su fusil y, cabizbajo, comenzó a girarse.
El muchacho, liberado del embrujo del miedo, se levantó, tomó su arma, disparó sobre Martínez y salió huyendo.
Martínez fue enterrado como un cobarde.
El muchacho fue vitoreado como un héroe.




Esperanza


Luzmila había tenido un triste pasado, vivía un presente doloroso y poseía una fe inquebrantable en el futuro.
Por eso, cada día, esperanzada, se sentaba a la puerta de casa y, con cara sonriente, esperaba la llegada de su brillante mañana.
Y cada noche, con la misma sonrisa, se iba a la cama pensando:
-¡Mañana! ¡Será mañana!
Y pasaron semanas, meses, años y Luzmila, confiada, seguía esperando su feliz futuro.
Su piel se arrugó, sus ojos perdieron brillo, sus cabellos encanecieron, la muerte, inexorable, llamó a su puerta y sólo entonces admitió Luzmila que aquel radiante porvenir que ansiaba había pasado, silencioso e invisible, a su lado, sin que ella lo notara y la había dejado allí, olvidada. 


 Acrofobia

-Oiga, jefe -le dije yo al jefe-. ¿No podría ayudarme con este problema mío con las alturas? Me paso el día así, encogido de miedo, con sudores fríos, con mareos... Lo paso fatal. Así no se puede trabajar, ni vivir, ni ná...
Y el jefe me miró con esa cara tan seria que pone él, ya sabes, esa en que no mueve ni un músculo. Y me miró así como mira él, muy fijo, sin pestañear, hasta que uno baja la mirada avergonzado de no se sabe qué.
Lo debí pillar en un mal día porque cuando habló con esa voz tan suya va y me dice muy sonriente:
-Claro, por supuesto, sin problemas...
Y luego me envió al Infierno.



domingo, 30 de marzo de 2014

Despido



El borracho, como todo borracho que se precie, anda haciendo eses. Unas eses enormes, sinuosas, continuas. Cruza de un lado al otro de la carretera sin mirar más que a sus pies: quince pasos vacilantes a la izquierda, quince vacilantes pasos a la derecha, así una y otra vez, trazando curvas invisibles en el asfalto.
El borracho, como todo borracho que se precie, canta aunque, a diferencia de la mayoría de borrachos canta bajito:
I'm on the highway to hell
On the Highway to hell
Highway to hell
I'm on the highway to hell...
De vez en vez, el borracho deja de cantar, da un largo trago a su botella y murmura para sí:
-Es mejor una chica, Edgardo. Nos traerá más clientes, Edgardo. Los hombres no se resisten a unas buenas curvas, Edgardo. Tu producción ha bajado mucho, Edgardo. No hagas enfadar al jefe, Edgardo... ¡Bah, tonterías!
Y luego continua con su sinuoso camino: quince vacilante pasos a la derecha, quince pasos vacilantes a la izquierda, trazando curvas y más curvas, tragando kilómetro tras kilómetro con su serpenteante andar y vuelve a cantar:


I'm on the highway to hell
On the Highway to hell
Highway to hell
I'm on the highway to hell...
El calor va en aumento aunque el borracho no parece notarlo. El paisaje cambia, se hace más agreste, menos humano, más tenebroso, menos natural.
El borrachín vuelve a murmurar entre dientes:
-Las cosas están mal, Edgardo. La crisis también nos afecta, Edgardo. Hay que modernizar el negocio, Edgardo... ¡A la porra el negocio! ¡Esa era mi curva! ¡Años trabajando en ella para que me robe el puesto esa... esa...!
Da otro tiento a la botella y continúa su inestable zigzag. Quince pasos a la derecha, ligero balanceo para no perder el equilibrio, quince pasos a la izquierda, ligero balanceo para no perder el equilibrio, quince pasos a la derecha...
Por fin, tras varios cientos de eses, el borracho se detiene, ante él se cierne una ciclópea puerta de piedra con horripilantes bajorrelieves y una gigantesca aldaba en su centro. Basculante, se pone las manos en jarras, da un paso atrás, dos adelante, recupera el precario equilibrio y lloriquea:

-Me encantaba mi trabajo... Me encantaba llevarlos hasta esa curva borrachos, drogados, furiosos o deprimidos y acompañarlos hasta que tomaban la curva a toda velocidad y salían volando para estrellarse contra las rocas... ¡Hice grandes amigos! ¡Y lo peor es que usted... usted, jefe... usted me ha sustituido por la foto de una chica en bikini!
El borracho trastabilla, se balancea y, finalmente, cae al suelo cuan largo es.
Las puertas del Infierno se abren, y el lastimoso y borracho diablo es arrastrado a la asfixiante oscuridad por dos de sus compañeros.


viernes, 21 de marzo de 2014

Promesa de amor


Era mayo, lo recuerdo muy bien. Un mayo cálido y soleado. Tumbados en la cama, exhaustos y felices, disfrutábamos de la pasión de los primeros días de casados. Charlábamos, reíamos y, de tontería romántica en tontería romántica, acabamos hablando de la muerte. Fue entonces cuando, tomándome de las manos y mirándome fijamente a los ojos, me hiciste prometer solemnemente que no te dejaría morir sufriendo y que, llegado el caso, incluso te ayudaría a dar el paso definitivo.
Y yo lo prometí. Sin pensarlo. Sin dudarlo un instante. Sin creer realmente que algo así pudiera llegar a suceder. En aquel entonces, la muerte era algo lejano, el sufrimiento sólo afectaba a los demás y hacer esa promesa me pareció -en mi inconsciente felicidad- un acto lleno de romanticismo.
Pasaron los años a velocidad de vértigo. Cumplimos algunos sueños y abandonamos otros. La vida nos dio y nos quitó. Penas y alegrías dejaron huella en nuestros rostros. La promesa quedó oculta bajo otras promesas y otras preocupaciones más inmediatas. No volvimos a pensar en ello,  ni volvimos a hablar del tema. Vivir nos mantenía muy ocupados y no podíamos perder el tiempo pensando en el futuro.
Entonces apareció la tos. Una tos persistente e irritante. Una tos que no te abandonaba hicieras lo que hicieras. Una tos que sonaba a malos augurios. 

-Será un resfriado mal curado -nos decíamos-.
O una gripe persistente, o quizás una bronquitis... cualquier cosa manejable, cotidiana, algo que pudiéramos dominar fácil y rápidamente. Quisimos creer que nada pasaba y casi nos habíamos convencido de ello cuando llegó el diagnóstico y nos puso ante la oscura realidad que no queríamos contemplar.
Animosos, decididos, llenos de ciega confianza comenzamos la lucha contra la enfermedad y la muerte. La antigua promesa flotaba entre nosotros, callada, pero presente. Aún teníamos esperanza.
Los meses pasaban y la enfermedad avanzaba imparable. Parecía alimentarse de ti, insaciable, voraz, inmisericorde. Los años caían sobre tu cuerpo de diez en diez. Te reducías, te encogías, desaparecías ante mis propios ojos sin que yo pudiera hacer nada.
Y una noche, tumbados en la cama, exhaustos y tristes, disfrutando de cada minuto que la muerte nos concedía, tomaste mis manos como aquel día de mayo, me miraste a los ojos y me pediste que renovara aquella lejana promesa.
Esta vez me negué a escucharte. Ya no le veía el romanticismo a semejante compromiso. Te ibas a curar. Te ibas a poner bien. Todo sería como antes. No había más que hablar. Tú insististe en ello, lo pediste, lo rogaste, lo suplicaste con lágrimas en los ojos y yo, con lágrimas en los míos, me sentí incapaz de imaginar que algo así llegara a suceder.

Pero la muerte venía, y venía a toda velocidad. En poco tiempo ya casi no quedaba nada del hombre que siempre habías sido. Consumido, apagado, sin fuerzas, decidiste abandonar una guerra que estaba perdida desde el principio. Tu cuerpo ya no te pertenecía y sólo soñabas con abandonarlo.
Yo he tardado más en aceptarlo...
Aquí traigo, al fin,  tu descanso. En esta pequeña jeringuilla. No tengo más que inyectar este veneno en tu cuerpo agostado y todo acabará para ti...  Y para mí. Aquí traigo, mi amor, la paz que sueñas. Voy a cumplir, por fin, la promesa que te hice hace toda una vida.
El hombre susurra un gracias que suena como un suspiro y toma con fuerza la mano de la mujer. Ambos se miran durante unos momentos. No hay nada que hablar, nada que decir que no sepan ambos. La mujer da un beso en la frente al hombre y, a continuación, inyecta el contenido del frasco en el gotero que cuelga sobre su cabeza. Luego se acurruca junto a él y, abrazados y exhaustos, desgranan sus últimos momentos juntos. 



 

 

jueves, 13 de marzo de 2014

Final


Era la mañana del día en que el mundo llegaría a su fin. Acababa de sonar el despertador y a Eduardo todo le parecía curiosamente igual al día anterior, aunque sabía que todo era dolorosamente diferente. A medida que salía del sopor los recuerdos, como menudas piezas de puzzle, ocupaban su lugar, las diferencias parecían crecer al tiempo que todo le parecía más idéntico.
Al asomarse al espejo del baño, bajo la misma luz de cada día, el rostro reflejado era, sin duda, su rostro, el mismo rostro de ayer, con sus mismos microsurcos, sus mismos lunares y su misma barba rebelde. Sin embargo, su mirada mostraba un atisbo de terror nuevo, de miedo desconocido, de incertidumbre forastera.
Su rutina mañanera se repitió con exactitud casi milimétrica, cada gesto reflejo del mismo gesto del día anterior, cada movimiento idéntico al de ayer: ducharse con agua templada, vestirse con parsimonia, desayunar con aire ausente. Sin embargo, a pesar de lo igual de la mañana, allí estaban las sutiles diferencias: el café más amargo, los bollos menos tiernos, el zumo más ácido, la mantequilla menos fresca, el periódico inexistente, la radio muda, la televisión ciega.
Desayunó, pues, como cada mañana aunque no fuera como cada mañana y luego, tomando su cartera, sus llaves y su abrigo, salió a la calle donde esa curiosa sensación de extraña normalidad o de anormal diferencia le siguió acompañando. 


El ajetreo callejero contribuyó a aumentar la insólita apariencia de normalidad, la gente andaba aprisa pero no más que cualquier otro día, serios, nerviosos, tensos pero eso, en una gran ciudad era el pan diario. La diferencia más evidente: los rápidos atisbos que todos -incluido Eduardo- dirigían, a ratos, hacia lo alto. No había histerismos porque no tenía sentido desaprovechar las últimas horas en medio de un ataque de nervios. No había saqueos porque era absurdo robar sino podrías disfrutar de lo robado. No había violencia porque todos estarían muertos en escasas horas. La gente, sorprendentemente, había optado por mantener  una frágil apariencia de normalidad ante lo anormal de la situación.
Los que tenían se reunían con sus familias, hacían comilonas, hablaban, recordaban y miraban al cielo, inquietos, de vez en vez.
Los solitarios, como Eduardo, habían llevado esa apariencia de normalidad al límite de continuar acudiendo a sus centros de trabajo. Más que a realizar sus ocupaciones habituales, a sentir la compañía de aquellos otros solitarios que no tenían a quien acudir.
Así había sido durante los últimos tres días y así sería también ese último. Eduardo llegó a su oficina, a la misma hora de siempre. Saludó a los tres compañeros que, como él, habían acudido a su puesto de trabajo y se dispuso a trabajar en los mismos informes y cuentas en las que trabajaba cada día. A media mañana se tomaron un café y charlaron un rato, como hacían siempre y luego volvieron a sus puestos de trabajo, como siempre. Las diferencias eran tan mínimas que podían ignorarlas sin problema: sólo eran cuatro de doce empleados, los teléfonos no sonaban, los emails no llegaban, el fax permanecía mudo y las impresoras no escupían folio tras folio pero ellos continuaban trabajando con un trabajo inútil y absurdo porque era la única forma que se les había ocurrido para combatir la soledad y enfrentar la muerte cercana.


El día transcurrió igual que cada día, con sus pequeñas desigualdades, fácilmente ignoradas por todos. Comieron juntos en el bar de siempre, ahora abandonado y solitario, llenando el silencio con sus voces y la soledad con su presencia. Juntos como cada día, solos como siempre, parlanchines, voceadores y bebedores como nunca.
La tarde transcurrió tan lenta y tediosa como siempre. Llegada la hora del cierre, a diferencia de días anteriores, no se despidieron. Los abrigos siguieron colgados de sus percheros. Las puertas se cerraron. Las ventanas se abrieron. Vaciaron un escritorio, acercaron sillas y sacaron botellas y vasos.
Repatingados en sus asientos bebieron vaso tras vaso, charlaron de esto y de aquello, callaron, siguieron bebiendo, recordaron, vieron ponerse el sol y esperaron, solos pero acompañados, a que llegara el final de aquel día tan idéntico y tan diferente al resto de días y, con él, el final de toda vida.



Y... bueno... que ya fue la presentación, que ya pasé mis nervios y que aquí os dejo, si a alguien le apetece, un enlace desde el que verla (os aviso que sólo me oiréis hablar en los dos últimos vídeos). Os pongo el primer enlace y ya veréis allí mismo que están todos los demás. Si alguien quiere un libro o bien puede esperar a que lo pongan a la venta en la web de la Editorial y en diversas librerías (no será en toda España) o bien, ponerse en contacto conmigo para que os lo envíen contra reembolso (mi email es: nannytataogg@gmail.com). Y casi olvido el enlace: VÍDEO PRESENTACIÓN hacéis clic ahí y ya :) .

viernes, 28 de febrero de 2014

Amor letal


Era hermosa, muy hermosa. Destacaba en aquel lugar lleno de muerte como una delicada figura de cristal de Swarovski en un basurero. Berg contemplaba hipnotizado su llameante cabello rojo y su esbelta figura envuelta en un ajado vestido de novia, cuando escuchó los gruñidos que anunciaban a un grupo de zombis que, lentos pero decididos, se dirigían hacia el lugar en el que ella se encontraba.
Sin pensarlo demasiado, abrió la puerta dispuesto a socorrerla.
Ella, entonces, giró su rostro hacia él.
Berg se detuvo, aún en el porche de entrada, bruscamente paralizado por la visión que, al girarse, la muchacha había dejado al descubierto: un cuello desgarrado y cubierto de sangre, y un rostro hermoso pero inexpresivo que movía de un lado a otro, olisqueando el aire como un animal de presa.
Ya era tarde para aquella hermosa muchacha y Berg, apesadumbrado y asustado, volvió a entrar rápidamente en la casa cerrando la puerta tras sí. Por fortuna, sus compañeros se encontraban durmiendo, porque sino -y a falta de otro tipo de diversión-- se habría convertido en su entretenimiento favorito durante días.
Berg volvió a la ventana desde donde había visto a la muchacha para continuar observándola. No podía dejar de mirar aquella belleza suya no mancillada del todo a pesar de la temible herida del cuello. Aún no había tomado el aspecto semi putrefacto de tantos otros y la palidez de su piel aún podía pasar por normal. Debía haberse infectado hacía poco, no era raro que se hubiera confundido.


Sólo cuando sus compañeros se levantaron dejó Berg de observar a la muchacha e intentó concentrarse en otro tipo de cosas para dejar de pensar en ella, aunque sin demasiado éxito.
Al día siguiente volvió a la ventana pensando que la muchacha ya habría desaparecido pero con la secreta esperanza de que aún siguiera ahí. Al cabo de unos minutos la localizó, rondando la casa con un grupo cada vez mayor de zombis. Pronto se verían obligados a abandonar aquel refugio pues el número de no-muertos, atraídos por su olor, no dejaba de aumentar pero, de momento, él podía seguir disfrutando cuanto quisiera de la visión de aquella belleza no muerta.
La hermosa zombi se convirtió en el centro de su rutina diaria. Lo primero que hacía despertar era acercarse a la ventana y comprobar que ella aún seguía allí, y luego se pasaba las horas muertas observándola e imaginando cómo habría sido antes de toda aquella mierda, cómo sería su risa, cómo sonaría su voz, qué cosas le gustarían y qué le disgustarían. Le creó una personalidad y una vida y, poco a poco, de modo casi inevitable, Berg acabó enamorado de ella o, más bien, de la “ella” que él había creado.
Sus compañeros no tardaron en percatarse de su obsesión y, al considerarlo un loco, optaron por vigilarlo estrechamente temiendo que, en cualquier momento, su demencia lo llevara a ponerse -a ponerlos a todos- en peligro.

Cuantos más días pasaban, más se obsesionaba Berg con la muchacha zombi y más se empecinaba en encontrar una forma de estar juntos, y en su desquiciada mente fue surgiendo un plan para lograrlo. Un plan simple, fácil de llevar a cabo y que nadie podría descubrir porque no precisaba ni de ayuda externa ni de planificación. Lo único que necesitaba era encontrarse con los zombis y eso era algo que sucedía cada vez con mayor frecuencia.
La oportunidad le llegó en la siguiente salida para buscar alimentos. Sólo hubo de esperar uno de los múltiples ataques y hacer lo que debía para defenderse y defender a los demás: golpear, machacar y triturar. Con eso bastó para tener su bate chorreante de la sangre infectada de los monstruos. Aprovechando un momento en que los demás no le prestaban atención, Berg se llevó el bate a los labios y, conteniendo las arcadas, lamió la repugnante sangre.
Ahora él también estaba infectado y reunirse con ella sólo era cuestión de tiempo.
Regresó en silencio con todos los demás. Durante los días siguientes apenas habló ni comió, su vida se había reducido a contemplar a la muchacha del vestido de novia y vigilar su propio cuerpo buscando las señales indicadoras del avance de la enfermedad. La infección era rápida en actuar, comenzaba con náuseas, vértigos y un penetrante dolor de cabeza, luego llegaba la fiebre y, a partir de ahí, todo se precipitaba.
Dos días después de lamer la sangre infectada, Berg sintió las primeras náuseas. Por suerte para él ese mismo día se organizó una nueva expedición en busca de herramientas y algunas vendas, gasas, antisépticos, medicinas y cualquier otra cosa que ayudara a mejorar el escaso arsenal médico del que disponían. Partieron con las primeras luces del día, todos armados hasta los dientes. Berg llevaba consigo su inseparable bate, una escopeta, un par de pistolas y, cruzadas sobre el pecho, unas cananas que le daban un aspecto entre fierro y cómico. Quién hubiera imaginado que él, el pacifista recalcitrante, el antibelicista, el anti armas, el anti violencia, el anti todo, se viera ahora obligado a utilizar aquellos artilugios a todas horas.

La exploración fue larga y fructífera, lograron cargar el cuatro por cuatro con todo tipo de herramientas, medicamentos y material diverso. Tras el largo día, las extenuantes luchas y la tensión nerviosa, todos se encontraban eufóricos. Habían logrado sobrevivir unas horas más. Habían logrado vencer a los zombis. Se sentían fuertes, poderosos, casi invencibles. Cuando la adrenalina comenzara a bajar, retornaría la depresión pero, de momento, se sentían alegres y exultantes.
Ya de vuelta a casa, mientras descargaban, Berg fingió ir a investigar un ruido inexistente y se internó en un bosquecillo cercano. Los zombis no solían frecuentar aquella pequeña floresta, allí no entraban los humanos, y los escasos animales que habían logrado escapar de la voracidad zombi hacía tiempo que se habían ido. Ese sería un buen lugar para pasar las últimas fases de la infección. Y si alguno de ellos se atrevía a acercarse, Berg podría defenderse... o eso esperaba. A lo lejos sus compañeros, apercibidos de su desaparición, gritaban su nombre. Lo buscarían durante un rato y luego desistirían convencidos de su muerte.
Berg se instaló bajo un árbol, el bate a un lado, las cananas al otro, la escopeta sobre sus piernas, las pistolas a mano... Luego esperó. Esperó pensando en ella. Soñando con ella. El dolor era tan intenso que parecía que el cráneo se le iba a romper en mil pedazos, la fiebre lo mantuvo en un estado de delirio continuo durante horas. La muerte se acercaba a gran velocidad y él soñaba con el momento en que se produjera. Dentro de poco él también sería un zombi y entonces podrían estar juntos para siempre. Le daba igual que, en realidad, no pudiera haber interacción de ningún tipo entre ellos. Le daba igual que aquello no pudiera considerarse una relación humana. Daba lo mismo. El caso era estar con ella... como fuera.
Y entonces la vio llegar.
Olisqueaba el aire como un animal.
El olor a carne humana la había guiado hasta allí. A ella y a tres zombis más que tras ella se acercaban al moribundo Berg.
Él la contemplaba, extasiado. Una sonrisa iluminó su rostro. La fiebre lo mantenía en un estado de alucinación y delirio continuo. Berg no era consciente de lo que ocurría.
Ella se aproximaba cada vez más con el paso torpe y anquilosado de todo zombi. Gruñía y salibaba como una bestia hambrienta. Desde aquella distancia eran fácilmente discernibles los estragos de la enfermedad y la muerte. Desde tan cerca, la bella no resultaba tan bella. Si Berg hubiera tenido sus facultades en perfectas condiciones, habría salido huyendo despavorido ante aquel ser monstruoso que apestaba a carne putrefacta. Pero la mente del hombre estaba al borde de la muerte y era incapaz de discernir entre lo real y lo imaginado. Él seguía viendo a una hermosa mujer, la mujer a la que amaba.
La zombi, gruñendo y tropezando, llegó junto a él. Lo tomó del pelo. Echó hacia atrás su cabeza e, inclinándose hacia su cuello, se dispuso a devorarlo.
Él, sin dejar de sonreír, tuvo tiempo de murmurar un “te amo” antes de que los dientes de la muchacha desgarraran su cuello.



No olvidéis que el día 7 de marzo presento mi libro en Madrid y que estáis invitados todos.

  

 


Llovía

  Llovía. Las ruedas de la maleta traqueteaban sobre la acera mojada y el hombre, encogido y empapado, se arrimaba a los soportales intentan...