martes, 7 de octubre de 2014

Decisión




Comenzó desanudándose la corbata, el sol de agosto caía sin piedad sobre él, haciéndole sudar, resoplar y preguntarse en qué momento de ofuscación había considerado que subir hasta allí para suicidarse era una buena idea.
La corbata acabó en el bolsillo de su americana que, a su vez, acabó sobre su hombro derecho.
Empezaba ya a pensar que quizás hubiera sido mejor ahorcarse, cortarse las venas, tomar somníferos, pegarse un tiro o cualquier otra cosa que pudiera hacerse cómodamente en casa con el aire acondicionado a tope y una cerveza bien fresca a mano, cuando llegó a la cima del acantilado que había escogido para saltar al más allá. Suspiró agradecido a la brisa marina que allí arriba soplaba con fuerza y contempló, satisfecho, el magnífico paisaje. 

Era un romántico, no podía evitarlo. Era un romántico y tenía que serlo hasta el último momento. Por eso estaba allí, por el puro romanticismo que implicaba la idea de lanzarse al mar desde aquel escarpado lugar. Lástima no tener un poema a mano para leerlo en voz alta antes de lanzarse al vacío y la oscuridad.
Había llegado el momento.
Se desnudó. Sabía que era una tontería preocuparse por la ropa cuando estás a punto de abandonar el mundo de los vivos, pero toda una vida de ahorro le impedía estropear un traje tan bueno como aquel. Así que se desnudó decidiendo, en un arranque de pudor, dejarse el slip. Dobló toda la ropa cuidadosamente, poniendo en lo más alto del montón la cartera con sus tarjetas, su dinero y su documentación, y se enfrentó al acantilado.

Extendió los brazos. Inspiró profundamente. Escuchó las olas rompiendo varios metros más abajo. Olió el mar. Saboreó la sal que impregnaba sus labios. Sintió la brisa en su cuerpo y la tierra fresca bajo sus pies desnudos. Vio el precipicio por el que iba a caer e imaginó su cuerpo volando por encima del borde y luego la caída viendo acercarse la muerte, su cuerpo golpeando contra las rocas, los huesos crujiendo, el dolor y luego la húmeda oscuridad del mar... Y dio un paso hacia atrás.
Siguió allí, parado, sintiendo, escuchando, oliendo, saboreando, viendo y pensando en todo aquello que sentía en aquel momento. Pensando en que era agradable. Que le gustaba todo aquello. Mucho... Dio otro paso hacia atrás y luego se sentó.
Pasó mucho tiempo allí sentado. Sólo sintiendo la vida.
Cuando comenzaba a anochecer se levantó. Se vistió y, lentamente, concentrado en cada paso, cada aliento, cada sonido, cada sensación caminó de regreso a la vida.

 

 

jueves, 18 de septiembre de 2014

Libro Sagrado


Con extremo cuidado, el sacerdote trasladó el sagrado libro desde el arcón en el que reposaba cada noche hasta la gran mesa en la que dos escribas pasaban todas las horas de luz copiando minuciosamente la divina palabra. Un ejemplar sería para el Monarca de las Tres Ciudades y el otro para el Sumo Sacerdote.
Los dos monjes encargados de las copias trabajaban de sol a sol, sin apenas descanso, turnándose para comer y beber apresuradamente para no perder tiempo de luz. Lenta y delicadamente ambos hombres iban copiando los dibujos y las incomprensibles palabras. Sin prisas, porque las cosas sagradas deben hacerse de manera concienzuda y lenta, para no cometer fallos que afeen el trabajo divino y tergiversen el mensaje de los dioses.
Los nuevos libros serían magníficos. En ellos sólo se usaba lo mejor de lo mejor: las más caras pinturas, los colores más brillantes, los pinceles más finos, finísimo pan de oro e, incluso, incrustaciones de piedras preciosas, un lujo totalmente ajeno al sencillo y humilde aspecto del Santo Libro, de papel quebradizo y colores apagados por el tiempo y el uso. Tan ajado, que sólo era sacado en ocasiones excepcionales y sólo el abad de la Sacra Orden Custodia y el Sumo Sacerdote podían tocarlo. Siempre, eso sí, con las manos enguantadas pues el contacto de mortales manos mancillarían la santidad del libro.
Existían multitud de historias, mitos, leyendas y misterios en torno al libro pero el mayor misterio del mismo era su contenido pues no había nadie que conociera el arcano lenguaje en el que estaba escrito. Muchos habían intentado encontrar sentido a aquellos signos e imágenes pero nadie, hasta el momento, había dado con la clave que permitiera descifrar la palabra de los dioses.
Los monjes custodios, sin embargo, no se ocupaban de esas cosas. En primer lugar porque ellos sólo existían para proteger el Santo Libro y, en segundo lugar, porque seguían las enseñanzas del profeta Ingrar quien afirmaba que sólo el Elegido por los dioses sería capaz de leer los secretos en él escondidos.
Entretanto, ellos, los humildes monjes cuidaban, protegían y copiaban con infinita paciencia e infinito cuidado cada dibujo, palabra y frase del Sagrado Libro:

La osa Isa lee la a.
La paloma Meme lee la e.
El oso Luis lee la i.

 

viernes, 29 de agosto de 2014

Disimulando



Amor

La observaba con disimulo y con disimulo la seguía.
Con disimulo se hacía el encontradizo en bares, paseos y pasillos.
Tropezaba con ella con mucho disimulo, sólo para poder oler su cabello y sentir el calor de su cuerpo.
Entre disimulo y disimulo la fue conociendo y amando, y con mucho, muchísimo disimulo, se lo confesó.
Ella, sin ningún disimulo, lo rechazó.
Y él, con su acostumbrado disimulo, escondió su dolor y continuó disimulando su amor.





Mentira

Era la reina del disimulo, la emperatriz de la ocultación, la soberana del fingimiento.
Simular formaba parte de su naturaleza.
Esconder le era tan sencillo como respirar.
Fingía que amaba.
Simulaba que odiaba.
Ocultaba tristezas.
Aparentaba alegrías.
Falseaba opiniones.
Disfrazaba todos sus sentimientos y emociones.
Llegó a ocultar, disimular, fingir, pretender y ocultar tan bien que, al mirarse cada mañana al espejo, era incapaz de reconocer a la mujer que la miraba desde el otro lado.




Prisión

Disimulo.
Disimulo que me aterra.
Disimulo que su presencia me repugna.
Disimulo que mi único deseo es huir.
Disimulo.
Lo observo.
Observo sus idas y venidas.
Observo sus entradas y salidas.
Anoto mentalmente a qué horas viene a traer mi alimento, qué días limpia este recinto donde me tiene encerrada...
Busco la forma de huir y de vengarme.
Mientras tanto, disimulo.
Disimulo mi miedo, mi asco, mi nostalgia y mis ansias de libertad.
Sueño que vuelvo a ser libre.
Sueño con mi hogar.
Sueño, sobre todo, con el día en que mi cuerpo se enrosque en torno al suyo y apriete hasta extraer todo el aire de sus pulmones.
Entonces volveré a ser libre.
Mientras tanto... Disimulo.
Disimulo y finjo.
Finjo que soy la pitón domesticada que él cree que soy.

domingo, 17 de agosto de 2014

Fenómenos paranormales




El pequeño y rechoncho director, rezumando afable elocuencia, dirigía a los visitantes -y posibles inversores- con la suave pericia de un pastor guiando a su rebaño. El pequeño grupo,  por su parte, se dejaba guiar entre risas de placer y diversión ante los curiosos fenómenos que en aquella famosa institución se estudiaban.
En la sala de telequinesia esquivaron -con diversa suerte- los objetos que recorrían la sala sin que ninguna fuerza física los moviera. En la de telepatía se sintieron ligeramente incómodos ante la posibilidad de que sus pensamientos más íntimos pudieran quedar al descubierto. Del laboratorio de combustión espontánea salieron algo chamuscados. En la sala de abducciones dejaron a su imaginación volar rumbo a mundos lejanos. Y, tras visitar la zona de fantasmas y apariciones, se vieron obligados a hacer una visita a los aseos para desprenderse de la materia ectoplasmática que había caído sobre ellos.
Cuando llegaron a la última sala los visitantes se sintieron confusos e intrigados. Allí sólo había un hombre. Un hombre menudo y escaso de pelo que, sentado en un sofá, fumaba en pipa y leía un libro, ajeno a los investigadores que pululaban a su alrededor, consultando monitores, conectando electrodos, haciéndole alguna pregunta de vez en cuando y tomando notas.

 -¿Qué poder tiene este hombre para merecer tanta atención? -Preguntó alguien-
-Debe ser algo realmente extraordinario para que merezca todo un equipo para él solo -Comentó otro alguien.
-Efectivamente -respondió, sonriente y afable, el señor director de la institución-. Este hombre posee un don casi inexistente. Un don que sólo poseen un escaso número de humanos.
-¿Electroquinesis? ¿Ergoquinesis? ¿Geoquinesis? ¿Intangibilidad? -dijo el primer alguien lleno de emoción.
-No, no, ninguno de esos -respondió el director-. Lo que este hombre posee es algo aún mucho más extraño -el director calló durante unos segundos y luego continuó, bajando la voz-. El don de este hombre es el sentido común.


domingo, 3 de agosto de 2014

Historias mínimas



Elección

Lo siento pero no me dejas elección.
Desde que llegaste a casa no ha habido un sólo día sin problemas.
Quejas, quejas y más quejas de la mañana a la noche.
Y discusiones sin fin.
Y gritos.
La cosa va a peor y está llegando a niveles intolerables.
Ella no te soporta a ti y tú no la soportas a ella.
De modo que debo elegir entre la una y la otra.
Puesto en esta tesitura yo lo tengo muy claro: haz las maletas porque la gata se queda conmigo.

Reiteración

En cuanto daban las nueve de la noche, la canción comenzaba a sonar y llenaba el edificio con sus vibrantes notas. Una y otra vez, durante varias horas, la melodía subía escalera arriba, se escurría bajo las puertas y recalaba en los oídos de todos y cada uno de los vecinos quienes, resignados a sufrir la tortura melódica, habían desarrollado diversas estrategias para convivir con ella pues ninguno de ellos osaría jamás pedir al triste, solitario, loco señor Francisco que detuviera esa música obsesiva.
Nadie tenía corazón para detener esa canción reproducida machaconamente, la misma que sonaba cuando su familia murió en el accidente del que él salió ileso.
La única que lograba acallar los agónicos gritos de su cabeza.


Suerte
Aquel día la Fortuna decidió sonreír a Benito Trigueros: le concedió un trabajo mucho mejor que el que había perdido, le regaló el amor de su vida, le obsequió con un viejo amigo largo tiempo perdido, le salvó de morir atropellado y lo gratificó con otros varios favores tanto grandes como pequeños.
Para cuando llegó a casa, Benito Trigueros podía considerarse un hombre feliz.
El feliz Benito se cambió, se duchó, encendió el ordenador y cogiendo el boleto del euromillón se dispuso a comprobar si se había convertido en millonario. Tras comprobar que ningún número coincidía, Benito exclamó:
-¡Que mala suerte tengo, joder!
La diosa Fortuna, indignada, le dio la espalda y jamás volvió a sonreírle.

Incontinencia verbal

Hablaba a chorros, a mares, a riadas, a chaparrones, sin casi respirar, sin esperar respuesta. Le daba lo mismo tener interlocutor que no tenerlo, la cuestión era hablar, llenar el silencio con su voz, arrinconarlo a base de palabras.
Poca gente aguantaba mucho rato esa boca incontinente, esa lengua incansable, ese torrente inagotable de morfemas, lexemas y sintagmas varios, tanta palabra ininterrumpida resultaba enloquecedor.
Sólo una vez alguien logró callarla y detener ese surtidor de palabras durante un minuto. Ella, aterrorizada ante el silencio, lanzó un grito tan agudo que rompió los tímpanos del silenciador dejándolo completamente sordo.
Desde entonces no ha vuelto a callar y nadie se ha atrevido a intentar silenciarla.

 


 

sábado, 19 de julio de 2014

Micros


Suicidio

Abrió los ojos y miró, sorprendida, a su alrededor.
Ahí estaba la nota de suicidio, la botella de whisky tirada en el suelo, el vaso volcado sobre la cama, los frascos de somníferos abiertos y vacíos.
Aquello era, sin lugar a dudas, el escenario de un suicidio... su suicidio... pero ella seguía viva.
Repasó la noche anterior en busca de algún error pero, si lo había habido, ella no lo encontraba.
Desilusionada y decepcionada, recogió la botella y el vaso.
Tiró, también, la nota de suicidio a la papelera.
Iba a tirar los frascos de somníferos cuando vio que en la etiqueta rezaba:
“Producto homeopático”.
Y entonces entendió por qué seguía viva.



Aliens

Noche sí y noche también, salía de la ciudad en busca de un lugar desde donde poder contemplar el cielo.
Noche sí y noche también, comenzaba con la esperanza de contactar, al fin, con los alienígenas y acababa con la decepción de no lograrlo.
Era la mofa y la befa de sus conocidos, la vergüenza de sus amigos y el sufrir de su familia. Estaba convencido de que había seres en otros mundos y estaba seguro de que los visitaban.
Así que ahí seguiría, noche sí y noche también, bajo las tres lunas mayores, con sus ojos multifacetados, contemplando las estrellas y esperando, al fin, contactar con seres de otros mundos lejanos y maravillosos.


 
Negro futuro

Desde su prisión la reina contempla el avance de los nuevos monarcas camino de la iglesia donde contraerán matrimonio.

La novia despliega sus rojos labios en una esplendorosa, inocente y seductora sonrisa tras la que oculta un oscuro corazón y el pueblo, ignorante de su porvenir, vitorea a la joven de níveo y angelical rostro, feliz por haberse librado de la malvada reina que aguarda la muerte en una lóbrega mazmorra.

La reina se derrumba sobre el duro catre, sollozando de impotencia ante la maldad que sólo ella conoce, la crueldad que ella intentó detener sin conseguirlo, el profundo pozo de perversidad que se oculta tras la dulce mirada de ese monstruo pálido que responde al tierno nombre de Blancanieves.

miércoles, 2 de julio de 2014

Mariposa de medianoche


Viernes al fin. Por esa semana se acabó el madrugar, el trabajar, la ropa seria, la cara de circunstancias, el disfraz cotidiano... Durante dos días se acabó la mentira, el secreto, la ficción, el no ser.
Viernes, viernes, viernes... y, a  medianoche, su cita con la vida...
Comienza el ritual con un largo y relajante baño. Unas velas perfumadas, una penumbra protectora, la cálida voz de Aretha. En el agua caliente se ahogan, uno a uno, todos los  reproches, desprecios, humillaciones e insultos que haya sufrido los días anteriores.
Al salir del baño, la esponjosa toalla le ayudará a arrastrar los últimos vestigios del ser que no quiere ser y la crema corporal le acercará a ser el ser que sí desea ser.
Elige la ropa con cuidado mientras piensa en el sufrimiento de vivir esa mentira, de vivir una vida que no es la suya, en un cuerpo que no es el suyo y con un rostro que no desea.

Se pone las ligeras medias con deleite, regodeándose en su tacto, estirándolas con mimo, adaptándolas a sus piernas con delicadeza. Deja que el vestido caiga sobre su cuerpo con suavidad de caricia, lo huele, lo siente,  disfruta la sensación del tejido sobre su piel.
Se peina con esmero, se maquilla con arte y se calza sus mejores zapatos.
Cuando acaba se contempla en el espejo, al fin, sin disfraz, y piensa que pronto, muy pronto, la mariposa que contempla en el cristal dejará atrás su capullo y volará libre.
Es medianoche, Pablo ha dejado de existir y Paola, abriendo sus alas, pisa con fuerza la calle, taconea alegre y va, feliz, al encuentro de su vida como la mujer que es y no como el hombre que no quiere ser.


 

Descansan en paz

  A veces, paseando por los recovecos de mi cerebro, las veo. Se mueven, lentas y pesadas, sintiendo el aliento de la muerte en su inexisten...