sábado, 24 de julio de 2010

Depredador



Lo ve venir con una mezcla de inquietud y fascinación. Paso elástico y seguro. Atractivo. Con la sonrisa amplia del que se sabe dueño de la situación. Alto, fuerte, imponente en su traje gris.


Con decisión, el hombre se va aproximando a su chalet, el primero de la calle.


Hipnotizada por su imagen, lo contempla escondida entre las cortinas. No quiere que la vea. Si piensa que no está en casa, seguro que pasará de largo. Él continua avanzando y aproximándose. El corazón de ella late con fuerza. Ahora se arrepiente de no haber salido como tenía planeado en principio. Si lo hubiera hecho ahora no se encontraría en aquella desagradable situación.


El hombre se acerca a su cancela. Alisa su chaqueta. Compone su pelo y su sonrisa. Estira elegantemente su brazo y aprieta el botón del timbre.


Ella aguanta la respiración. No te muevas -piensa-. No hagas ruido. No respires. Si cree que no estás se marchará.


Él vuelve a tocar sin perder la sonrisa.


Ella tiembla tras las cortinas.


El hombre, mira hacia la ventana donde ella se encuentra y le hace un guiño. La mujer da un respingo de sorpresa. Sabe que está ahí. Es un misterio cómo es posible que lo sepa pero, no cabe, duda, él sabe que ella le está espiando tras los visillos.


Su mano -la de ella- tiembla.


Su mano -la de él- vuelve a acercarse al timbre.


El sonido resuena, con estruendo, en la silenciosa casa y, a pesar de saber que iba a sonar, la mujer da un salto, sobresaltada.



Si dejo que siga tocando quizás acabe por irse - piensa. Pero el hombre parece decidido a tocar una y otra vez hasta que su llamada sea atendida



Tras un rato de soportar el insoportable ring ring del llamador, ella decide rendirse y abrirle.


Suelta las cortinas y camina, arrastrando los pies, como una víctima llevada al cadalso, rumbo a la puerta.


No quiere hacer lo que va a hacer. No quiere abrir esa puerta. No quiere enfrentarse con ese ser terrorífico con aspecto de hombre. No quiere... pero sabe que lo va a hacer, que no tiene remedio, que él -y los que son como él- siempre llevan las de ganar con gente como ella.


Temblando, acerca su ojo derecho a la mirilla... y se encuentra con su mirada. Esa fría mirada de cazador. Sabe que su víctima le está observando. Sus instintos de predador nunca le fallan.


Ella tiembla tras la puerta.


Apoya la cabeza contra la mader. Toma aire. Intenta calmar el temblor de sus manos y lucha para que sus piernas la mantengan en pie.


Vuelve a llenar sus pulmones de oxígeno. Toma el pomo con toda la calma que puede reunir y abre lentamente la puerta.


La sonrisa del hombre se vuelve aún más amplia -si es que eso era posible-. Se sabe vencedor. Tiene su presa a un metro escaso. Enseguida la tendrá en su poder.


La mujer, temblando, susurra un buenosdías casi inaudible.


Él, inflando pecho, toma la mano de ella, con fuerza. La aprieta, la sacude, la retiene sonriente. Y comienza su ataque...


-Buenos días, señora, permítame que me presente. Me llamo Arístides Fajardo y soy comercial de la empresa....


La tarde va cayendo sobre la urbanización mientras la pobre víctima, con los ojos vidriosos, escucha la letanía que la llevará, lentamente, a caer vencida ante el poder del poderoso y temible depredador urbano.


El resto de posibles víctimas que han observado la cacería desde sus refugios, suspiran aliviadas... Hoy no les ha tocado a ellas.


Hoy se han librado.


Pero mañana... mañana puede tocarle a cualquiera.


Mañana... mañana puedes ser tú.




jueves, 22 de julio de 2010

Fidelia


Fidelia lavaba, fregaba y cocinaba.


Fidelia pasaba la noche junto a la cama de sus hijos cuando alguno enfermaba.


Fidelia planchaba, cosía y limpiaba.


Fidelia preparaba el desayuno a su marido cada día y le tenía la cena lista cada noche.


Fidelia hacía la compra, iba a reuniones del colegio, tramitaba documentos, realizaba pagos.


Fidelia compraba regalos de cumpleaños, de Reyes y de otros días señalados sin olvidar ni uno solo.


Sin embargo, Fidelia no era besucona, ni le gustaba ir dando abrazos a todas horas.


Fidelia era parca en besos y en caricias y poco dada a los te quiero, los cielos, los cariño y cualquier otro tipo de palabras cariñosas.


Fidelia corría de casa al trabajo y del trabajo a casa, siempre pendiente de todo y de todos.


Fidelia cuidaba de todos con esmero y sin descanso. Sin quejas ni protestas. Sin esperar nada a cambio. Con gusto y con alegría.


Cierto, Fidelia no era mujer dada a gestos amorosos o afectuosos pero ningún miembro de su familia quedaba, nunca, desatendido.


Fidelia escuchaba, aconsejaba y acompañaba.


Fidelia siempre estaba.


Los vecinos -siempre hay vecinos que hablan- decían de Fidelia que era fría, que no sabía amar, que qué pena de marido y de hijos con una mujer tan arisca y poco amable.


Sin embargo, su marido era feliz junto a esa mujer callada y un tanto huraña porque sabía cuánto amor ponía en cada plato que preparaba, en cada cama que hacía, en cada prenda que planchaba. Y sus hijos adoraban a esa mujer adusta y seria porque sabían cuánto amor había en cada puntada dada a sus maltratadas ropas, en cada bocadillo que les preparaba, en cada rato que pasaba junto a ellos repasando los deberes.


Cierto, Fidelia era poco efusiva y escasamente afectuosa pero, al final de su largo y extenuante día, Fidelia había entregado mares de amor callado y generoso.







viernes, 16 de julio de 2010

Paisaje pleistoceno (Infantil)



Pero antes de dar la turra con las rimas infantiles, una noticia con permiso: Servidora acaba de enterarse que ha ganado el Primer Certamen de Relatos Cortos CyD (o sea, del blog La Ciencia y sus Demonios). El premio consiste en una camiseta con el logo del blog y una entrevista... glups... entrevista... yo... lo que se van a aburrir entrevistándome :D. Si queréis ver el relato que envíe, podéis pasar por La Ciencia y sus Demonios aunque muchos ya lo conocéis porque lo publiqué aquí hace ya algunos meses. Gracias a los administradores del blog por elegir mi relato y gracias a mi "husband" que fue el que me avisó y me animó a participar en dicho certamen :)

Y ahora sí, ahora voy a dar la turra con mis rimitas :D



Os invito a pasear

por un paisaje pleistoceno

allí podremos merendar

y pasar un rato ameno.

Hay todo tipo de animales

en este lugar maravilloso,

algunos son muy curiosos,

otros son muy hermosos,

los hay de tamaño grandioso,

los hay que son valerosos

y también los hay miedosos,

poderosos, armoniosos, peligrosos y vellosos.


Si miramos con cuidado

y observamos con detalle

si nos estamos callados

y nos asomamos a ese valle,

contemplaremos asombrados

(si nos deja ese aye aye)

el espléndido panorama

que se oculta tras tanta rama.


El dinoterio Emeterio se lo toma todo en serio,

piensa en cosas aburridas mientras come su elaterio.

Eleuterio el megaterio se toma un refrigerio

y charla con gran criterio

con su amigo el paleoterio.


El tranquilo toxodonte contempla el horizonte

vigilando de reojo al felino esmilodonte

el cual persigue a un bisonte

que charla con un mastodonte

yendo camino del monte.


En lo alto de una loma

un curioso hocico asoma

un pequeño y raro homínido

mira con aire tímido

a un par de hiperiones

que suben por una loma

huyendo con aire aturdido

de dos o tres fieros leones.


Hay gacelas, cocodrilos,

hienas, un megantereon,

tres artiodáctilos,

un tigre diente de sable

y una cebra amigable.


Hay un ciervo gigante,

tres grandes bóvidos,

varios curiosos équidos,

dos hipopótamos y un elefante.


La noche empieza a caer

en este extraño lugar

ya es casi hora de cenar

será mejor que nos marchemos,

otro día volveremos

para dar otro paseo

en un tranquilo atardecer.




martes, 13 de julio de 2010

Disfrutar del silencio... (Cosas que se me ocurren)


No existe el silencio absoluto, al menos no existe en nuestro mundo. Existe, eso sí, un silencio lleno de pequeños sonidos más o menos agradables que permite a nuestros oídos liberarse durante un rato y descansar del peso del ruido.


Cuando somos jóvenes tendemos a llenar el silencio con música, charlas, risas y ruido, mucho ruido. Tan sólo pasada cierta edad aprendemos a disfrutar -y a buscar- de este pequeño y raro tesoro.


La percepción que tenemos del silencio varía dependiendo de quién tengamos al lado: si es un desconocido, el silencio suele ser algo incómodo que tendemos a llenar con palabras vacías y conversaciones huecas. En cambio, si estás con un buen amigo, alguien de tu familia o tu pareja, el silencio se vuelve un refugio cálido y agradable, te encuentras lo suficientemente cómodo como para no tener que llenarlo con naderías.



Hay quien no sabe estar en silencio. Hay quien teme estar en silencio. Es casi como si temieran estar a solas con sus pensamientos y prefirieran callarlos a base de llenar el mundo de palabras.


Hay silencios que dan discursos y hay discursos que crean vacíos.


Hay gente que, cuando guarda silencio, hasta parece inteligente. Lástima que luego abren la boca y hablan...


Hay quien, callando, expresa mucho más que otros hablando.


No tiene más razón quien más ruido hace.


Del silencio surgen las ideas y la inspiración.



La mejor compañía para un gran dolor es el silencio de un abrazo y una mano tendida.


¿Por qué nos quedamos mudos cuando más emocionados estamos?


Tan malo puede ser hablar de más como callar de más.


Silencio nocturno en el mar: olas que vienen y van y gritos de gaviotas. Silencio en el campo: árboles mecidos por el viento, insectos zumbando, grillos, lechuzas, alguna que otra pisada de hombre o animal. Silencio nocturno en la ciudad: conversaciones, ladridos, coches, televisiones, motos, radios, música, ambulancias, bomberos, policías, el camión de la basura, bebés llorando, niños protestando, algún borracho cantando... Mmmm... ¿Dije silencio?



Los silencios del amor: el silencio del primer encuentro, del no saber qué decir, del no querer meter la pata, del qué le cuento que no le aburra; el silencio del éxtasis, del mirarse a los ojos, del cogerse las manos, del estremecerse con los primeros contactos, del corazón se me va a salir del pecho; el silencio del después de, del deseo satisfecho, del reposo de los cuerpos, del regocijo y la complacencia; el silencio de las despedidas, del no sé cómo pedirte que te quedes, del adiós en un beso, del abrazo que ata; el silencio del tengo tanto que decir y no sé cómo hacerlo. Y, el último, el mejor de todos los silencios: el silencio de los que llevan mucho tiempo juntos, el de comunicarse sin palabras, el de no necesito llenar el silencio para estar cómodo contigo, el de seguir una conversación iniciada hace dos horas, el de la complicidad y los años compartidos. Es hermoso el silencio -los silencios- del amor.


Shhhhhh... Guardemos silencio y escuchemos al mundo... seguro que descubriremos alguna que otra cosa.


Shhhh...





jueves, 8 de julio de 2010

Estío (o la queja de cada año)

¡Qué hastío de estío! Con este calor que aplana, con este bochorno que aplasta las ganas de salir, de pasear, de trabajar, de hablar, de... todo.


¡Qué hastío el estío! Con este sol que abrasa y te dejas las neuronas asaditas, asaditas y completamente inservibles.


¡Qué hastío este estío! Con su calor, su sol, sus verbenas, sus polos, sus helados, su gazpacho, sus playas, sus piscinas, su canción del verano y su ropa ligerita. Sin olvidarnos de sus bikinis, su operación ídem, sus top-less, sus noticias sobre sanfermines y las tomatinas y el toro de la Vega y... bueno, con sus encierros varios y sus fiestas populares a tutiplén; con lucimiento de chichas sin complejos, con sus pieles quemadas hasta tomar el precioso tono rojo guiri o el maravilloso moreno acartonado/cuero viejo de los que pasan el año tomando el sol o los rayos uva, lo que se tercie.


Con sus terrazas, sus niños de vacaciones, sus obreros a un paso de la insolación, sus cocineros asados en sus propios jugos, sus ensaladas, sus tintos de verano, sus cervecitas bien fresquitas, su olor a humanidad, sus aires acondicionados a toda potencia que, oiga, ya se sabe que, en casita, en verano hay que andar con chaquetita y en invierno, en camiseta, que es lo normal ¿verdá usté?


¡Qué galbana da el verano! Con sus olas de calor, su aire africano, sus consejos para protegerse del sol y el bochorno y el ardor -el ser humano debe ser el animal más tonto de la tierra si, a estas alturas, aún hay que explicar las cosas que hasta un mandril conoce por puro instinto de supervivencia-, sus operaciones salida, sus problemas en los aeropuertos, sus accidentes automovolísticos, sus crisis post-vacacionales, sus rebajas, su mala programación televi... bueno, no, que eso es todo el año.


¡Ya llegó el estío, qué tío! Con sus incendios forestales, sus pirómanos, sus hosteleros quejándose de la poca gente que hay este año, sus turistas con sandalias, calcetines y cámara al hombro. Con las obras de todos los años, los comercios cerrados en agosto, las gafas de sol, las cremas protectoras, las familias en la playa -papá, mamá, abuelos, niños, un par de tíos, sombrilla, sillas, neveras, cubos, palas, perro, gato y dos loros-, sus bocatas con arena y su búsqueda del sitio perdido en la playa abarrotada.


Ya llegó la canícula, como tiene que ser, con sus paellas, sus chiringuitos, sus ensaladillas, sus salmonelas, sus barbacoas, sus macro discotecas, sus borrachos, sus ligues y, a veces, sus amores y desamores. Sus tormentas de verano, sus tormentas tropicales, sus huracanes y su anticiclón de las Azores.


¡Qué hastío de estío! Ya no hay quien nos libre. Hasta septiembre se queda, de aquí no se mueve.


Que lo disfruten quienes lo adoran.


Que lo llevemos con paciencia quienes no lo apreciamos tanto.


¡Qué hastío el estío! Ufffff.... ¿Alguien quiere un abanico?




lunes, 5 de julio de 2010

Monstruos

La noche veraniega caía lentamente sobre el pueblo y sus habitantes comenzaba a salir en busca de un poco de aire fresco tras un día de intensísimo calor. Las calles comenzaban, lentamente, a llenarse de gritos infantiles y animadas charlas. La vida, paralizada y amodorrada durante tantas horas, reclamaba su lugar.


La velada se presentaba tranquila y agradable, tan agradable y tranquila como todas las anteriores de ese apacible verano. Lástima que esa misma noch
e todos los vecinos del pueblo -desde el más joven al más anciano- descubrieran (o recordaran) cuán rápidamente se puede pasar de la pacífica normalidad a la catastástrofe y el terror. En menos de un segundo toda placidez, toda alegría, toda despreocupación desaparecieron del pueblo barridas como hojas otoñales por el horror que se abatió sobre todos y cada uno de aquellos pacíficos vecinos.





Unos horrendos endriagos surgieron, repentinamente, de la oscuridad, abatiéndose sobre personas y cosas de manera salvaje y descontrolada.


Zarpas, garras y pinzas.

Patas, tentáculos, pezuñas y cascos.

Plumas, pelos, púas, placas óseas.

Fauces de afilados dientes, picos, hocicos húmedos, morros malolientes.

Gritos, alaridos, aullidos.

Varias decenas de monstruos se abalanzaron
a la vez sobre la población causando el pavor más extremo. La gente corría aterrorizada, se ocultaba bajo las camas, en sótanos, tras puertas fuertemente atrancadas.


Los rugidos de los engendros se mezclaban con los gritos de pánico de niños, mujeres y hombres. El caos se apoderó del pueblo de manera tan sorpresiva que alguno hubo que quedó paralizado en mitad de la plaza contemplando boquiabierto cómo las monstruosidades del submundo campaban a sus anchas por las calles.


Y, de pronto, tal como comenzó, la barahúnda cesó. Los espeluznantes seres detuvieron su aterradora incursión. Inmóviles, inclinaban sus cabezas escuchando y olfateando algo con suma atención. Algunos se encogieron como si intentaran hacerse pequeños y pasar desapercibidos, otros comenzaron a temblar violentamente, alguno más se abrazó fuertemente a su compañero más cercano.
El nerviosismo se extend
ía entre las grotescas filas.


Viendo tales muestras de miedo, la confusión y el temor de los humanos se duplicó (algo que, unos instantes antes, les habría parecido increíble).


¿Qué horror podía existir que paralizara de miedo a semejantes bestias del inframundo?

¿Qué horrible prodigio podía causar tal reacción en aquellos que, un momento antes, sembraban miedo y confusión en aquel pequeño pueblo?

Un silencio expectante había caído sobre monstruos y humanos.

Un bramido lastimero atravesó la noche. Todos parecieron encogerse un poco más en sus escondites.


Luego sonó algo parecido a un cachete emitido por megafonía.

Un fuerte llanto.

Y rugidos, y gritos...


-¡Grargito, ya puedes salir inmediatamente de dónde estés escondido!

-¡Rurgarsita, cómo no vengas inmediatamente te vas a ir calentita a la cama!

Los vecinos escuchaban todo con los ojos abiertos de par en par por la sopresa.

Los golpes y gritos continuaban.

-¡En la cabeza no, mami, que estoy estudiando!


-¡Yo no he hecho nada, jopetas!

-¡Ya verás cuando le cuente a tu padre lo que has hecho!

-¡Tira pa’ casa, tira que te vas a enterar de lo que vale un peine!


-¡La culpa de es de Krang que es el que nos mete siempre en líos!

-¡Hartita me tienes, hartita, qué ganas de que vuelvas al cole!

Unos cuantos gritos, sermones, cachetes y tirones de ¿orejas? más tarde, el silencio y la paz retornaron al pueblo.

Poco a poco todos salieron de sus escondites entre aliviados, asombrados y, sí, algo avergonzados al darse cuenta de que, a fin de cuentas, habían sido aterrorizados por un grupo de ¿niños? en vacaciones.





Descansan en paz

  A veces, paseando por los recovecos de mi cerebro, las veo. Se mueven, lentas y pesadas, sintiendo el aliento de la muerte en su inexisten...