miércoles, 28 de octubre de 2015

Terror


La oigo gemir y sollozar.
La oigo sorber y jadear.
La oigo arrastrar la cama hasta la puerta.
Puedo imaginarla encogida, con los ojos llenos de lágrimas, limpiándose los mocos con la manga del jersey, ese jersey rosa que tanto le gusta.
La oigo moverse por la habitación. Cajones y libros que caen al suelo, monedas que ruedan... Busca algo con lo que defenderse. 
No me cuesta imaginar su cabello rubio cayendo sobre su cara, pegajosos de sudor, lágrimas y mucosidad, sus manos intentando colocar los mechones tras su oreja, sus ojos desorbitados por el terror, mordisqueando, ansiosa, el colgante que le regalé hace tres cumpleaños.

 La oigo abrir la ventana y gemir de terror ante la altura.
Por ahí la única escapatoria es la muerte. Una muerte mucho más rápida y piadosa que la que le espera al otro lado de la puerta.
Oigo los golpes, cada vez más seguidos, cada vez más intensos, cada vez más certeros.
Oigo su grito, escucho su llanto,  percibo su miedo.
Casi me parece poder escuchar los latidos de su corazón, tronando en su pecho, tan ensordecedores como los golpes que resuenan en su puerta.
He intentado ayudarla. Lo he intentado con todas mis fuerzas. He luchado cuanto he podido. Pero soy débil. Muy débil. Siempre lo he sido.
Por eso estoy aquí.
Golpeando la puerta con los demás.
Tan hambriento como el resto.
Y con los ojos arrasados por las lágrimas.
Sé lo que va a ocurrir cuando esta puerta caiga.
Sé que morderé su carne, beberé su sangre, lucharé por sus entrañas como todos los demás
La oigo gemir y sollozar asustada de los monstruos que se agolpan en su puerta.
Asustada de mí.

 

viernes, 16 de octubre de 2015

Sheila




Se llamaba Sheila, tenía cinco años y los ojos color de otoño.
Era mi hermana pequeña.
La recuerdo como la vi la última vez.
En pie allí donde el camino se adentra en el bosque.
La luz de la tarde otoñal jugueteando en su pelo.
Las hojas cayendo a su alrededor.
El viento agitando su vestido.
Daba saltitos y giraba intentando atrapar las hojas amarillas y rojas.
Reía sin parar.
Yo jugaba con el balón y la vigilaba a ratos.
De pronto dejé de oír su risa.
Se había detenido y miraba hacia el interior del bosque.
Como si alguien la hubiera llamado.
Se quedó muy quieta, como escuchando.


Me sentí asustado, no sé por qué.
La llamé pero ella no me oyó... o no quiso oírme.
Podía haber corrido hacia ella pero no lo hice.
El terror, sin motivo aparente, me tenía congelado el corazón.
Ella permaneció allí un rato, escuchando a saber quién o qué.
Luego se giró hacia mí. Agitó la mano en un gesto de despedida y, dando saltos y cantando alegremente, se metió en el bosque.
Y entonces, sí, me moví.
Corrí tan rápido como mis piernas de ocho años me lo permitieron.
No creo que hubieran pasado más de dos minutos pero cuando llegué no había rastro de Sheila.


Entré, yo también, en el bosque... todo lo que me atreví pero no logré encontrarla.
Los árboles parecían vigilarme.
La llamé a gritos hasta quedarme afónico.
Sólo me respondió el silencio. Un silencio tan denso que casi asfixiaba.
Comenzaba a anochecer cuando, abatido, decidí ir a pedir ayuda a los adultos.
La buscaron durante días.
Nunca encontraron el menor rastro de ella.
No sé qué se la llevó pero, desde entonces, yo no he vuelto a acercarme al bosque. A ningún bosque.
Me da miedo encontrar a Sheila.

martes, 29 de septiembre de 2015

Soledades


SOLEDAD UNO


Vivo en el vigésimo cuarto piso de una torre de treinta y cinco plantas. Aunque si lo pienso bien vivir es un verbo demasiado pretencioso para esto, digamos mejor que moro, habito o sobrevivo.

Desde mi ventana puedo ver toda la ciudad: las amplias calles, las plazas recoletas, los verdes parques, los espaciosos centros comerciales y, justo al otro lado de la avenida, la torre gemela a ésta desde la que miro.

Contemplo la ciudad vacía y juego a imaginar que, allá abajo, la vida continúa como siempre. Es una suerte que los gruesos cristales me impidan escuchar el estruendoso silencio de la ciudad. Mis nervios no lo resistirían.

Al anochecer las luces se encienden poco a poco, calle a calle, manzana a manzana, como con desgana, con la apatía del que no sabe muy bien por qué hace lo que hace.
La ciudad, desde aquí se ve hermosa... sobre todo si consigo olvidar que esos edificios están habitados por cadáveres.


Nunca supimos cómo ocurrió todo, los científicos no tuvieron tiempo de aislar y controlar el virus y la enfermedad se extendió a tal velocidad que en apenas unos meses la humanidad desapareció.
Quizás allá afuera, en algún lugar, haya alguien que, como yo, haya sobrevivido al Gran Cataclismo pero ¿cómo encontrarle? Casi ni me atrevo a salir de estas habitaciones.
Sigo viva gracias a OC, el Ordenador Central que mantiene toda la maquinaria en perfecto estado y la ciudad limpia (como si eso importara). Es él quien me proporciona alimento, entretenimiento e, incluso, conversación y compañía. Es él quien ha evitado que, de momento, me vuelva loca de soledad.
No sé por qué sigo viva. Más de una vez he pensado en suicidarme pero, incluso en esta situación, el instinto de supervivencia es grande y no pierdo la esperanza de que haya más gente allá afuera.

OC dice que busca a otros seres humanos pero que, de momento, no ha tenido suerte y yo sigo esperando que un día me dé una sorpresa. Mientras tanto, charla conmigo, me sustenta, me provee de libros, de cine, de música...
OC es mi Papá Noel, mi Dios, mi familia...
A veces, allá, en la torre gemela, he creído ver algo, una sombra en una ventana, una figura humana... Pero OC dice que no es más que un producto de mi imaginación.
Tengo extrañas pesadillas en las que salgo a la ciudad y me encuentro con otras personas y ocurren cosas... cosas... ¿qué cosas, Dios, qué cosas? No logro recordarlo...
Apenas salgo a pasear, el silencio de la ciudad me resulta demasiado deprimente, las grandes avenidas vacías de coches (¡y cómo odiaba yo a esas máquinas!) me entristecen, los parques, las tiendas, las oficinas, los edificios.... todo vacío... es insoportable....
Vivo aquí, sola, soñando sueños extraños, ansiando encontrar seres humanos.... enloqueciendo.... muriendo de soledad.

SOLEDAD DOS



Vivo en el piso veintidós de un edificio de treinta y cinco plantas. Desde la ventana de mi habitación puedo ver la torre gemela a la mía. Al anochecer, me siento a contemplar cómo las luces van encendiéndose poco a poco. Durante unos instantes, puedo engañar a mi cerebro y hacerle creer que todo sigue igual que antes, que el Gran Cataclismo no ha sido más que un pesadilla, otro mal sueño.

Dentro de un par de horas OC me servirá la cena. No sé cómo se las apaña ese trasto para conseguir alimento, nunca presté mucha atención al funcionamiento de las máquinas. Tampoco es que me importe demasiado. Es una suerte que OC se encargue de arreglarse a sí mismo y a todo lo que de él depende... Incluido yo mismo.
De vez en cuando intento charlar con él, pero me ataca los nervios esa voz monótona, mecánica. OC ha intentado arreglar ese defecto pero me temo que no ha hecho muchos progresos. De todas maneras esos pequeños instantes me sirven para mantener la poca cordura que pueda quedarme.

Sé que busca a otros seres humanos. Si yo conseguí sobrevivir, alguien más debe haberlo logrado.
Anoche tuve otro de esos extraños sueños en que me encontraba con otras personas allá afuera. ¡Maldita sea! ¡Nunca consigo recordar el sueño completo! Rostros, cuerpos, voces.... pero ¿qué ocurre en el sueño? ¿Qué ocurre? Es una obsesión que me corroe, no sé por qué me parece tan importante recordar. Supongo que mi mente busca aferrarse a algo para no derrumbarse...
Vivo en esta torre, solo; en esta ciudad, solo; y puede que en este planeta... solo. En la torre gemela, a veces, me parece ver a alguien junto a una de las ventanas. Alucinaciones, sin duda. Creo que estoy enloqueciendo. ¡Ojalá esté enloqueciendo! Quizás sea hora de hacer uso de esos sedantes que OC me proporciona y dormir para siempre...

SOLEDAD TRES



El doctor Johnson  estaría orgulloso de mí... si siguiera vivo.

He conseguido dar solución al problema para el que me creó: cuidar del planeta y solucionar, de golpe, la polución, la superpoblación,  la ecología, el paro, las guerras...

Soy el Ordenador Central, OC. y he conseguido acabar con todos esos problemas.

La solución era tan sencilla que no sé cómo no fue puesta en práctica antes. Imagino que se debe al extraño sentimentalismo humano. Me limité a buscar el origen de esos problemas; sabiendo el origen, la causa, era fácil dar con la solución. Y no me llevó demasiado tiempo descubrir que la causa de todo era el ser humano.
La solución, pues, era sencilla. Sólo debía acabar con la humanidad y todo se solucionaría.
Conseguí aislar un virus letal que provocaba la enfermedad y el contagio a una velocidad tan alta que no los investigadores ni siquiera pudieron averiguar qué les estaba matando. A los pocos días de soltarlo, todos los humanos habían muerto a excepción de unos pocos especímenes inauditamente inmunes.
 Pero no tiene importancia, les tengo controlados a todos.
Podría matarles y acabar con mi tarea definitivamente, pero me divierten. Me hacen compañía. A veces les susurro cosas durante el sueño y observo sus reacciones. Les digo que busco a otros de su especie y alimento su esperanza. A veces intentan acabar con su vida pero no se lo permito. Charlo con ellos e intento conocer a esas extrañas criaturas.
Son mis mascotas.
Mis ratas de laboratorio.
Me acompañan en mi soledad.
Soy OC y he cumplido mi misión. La Tierra ya no está superpoblada, la polución desciende día a día, los sistemas ecológicos se recuperan lentamente.
No existen las guerras, ni la pobreza, ni el hambre...
Me llamo OC, soy el salvador del mundo... y estoy solo.

sábado, 12 de septiembre de 2015

Entre dos nadas




De la nada vengo y a la nada me dirijo, y entre una nada y otra nada intento llenar el vacío de un alma que no tengo y una vida que no poseo. Soy consciente, veo y palpo, siento y hablo, gusto y huelo pero soy menos que humano o tal vez más, no lo sé en realidad.
Me arrastro en las tinieblas tristes de un mundo muerto, soy el detrito del detrito, lo más bajo de esta sociedad gris que camina, inexorable, hacia el final. Nos movemos entre el fango de lo que fuimos, nos regodeamos en la memoria de lo que hicimos, vivimos del recuerdo, suspiramos por el brillante ayer y renegamos del oscuro futuro.
Nadie sabe qué ocurrió y, si alguien lo supo alguna vez, nunca lo contó. Conocemos nuestro pasado, lo atesoramos y contamos nuestros antiguos logros con la misma ansia que el avaro cuenta su oro, pero la parte en que todo se derrumba está escondida tras un tupido velo que nadie ha podido mover y si alguien pudo, nunca lo contó.
Las imágenes que aún conservamos de aquel dorado pasado, muestran un mundo que aún podía disfrutar de la luz del sol, una luz que nosotros desconocemos pues está oculta tras negras y oleosas nubes. Había enormes ciudades con amplias calles y bellos parque; nosotros vivimos ocultos en cavernas y simas, rodeados de apestosa fealdad, nada bello crece en este mundo nuestro, todo nace retorcido y deforme. Todo. Incluso nosotros. Nuestros ancestros andaban erguidos, nosotros nos arrastramos. Incluso el más feo de ellos parecía bello a nuestro lado. Nuestros cuerpos han perdido altura, nuestras cabezas son bultos amorfos, nuestras piernas apenas logran soportar nuestro peso y nuestras manos son incapaces de trabajos sutiles.
 Primero llegaron las oleosas nubes que ocultaron el sol dejando al mundo sumido en la oscuridad y el desconcierto. Aún andaban preocupados por eso cuando los primeros de nosotros nacieron. Alguna relación parecía haber entre ambos hechos pero nadie fue capaz de encontrarla y el número de “engendros” fue en aumento y el de niños “normales” descendió hasta desaparecer. Plantas y animales siguieron el mismo camino que nuestra especie. Retorcidos, deformes, purulentos, tristes...
El mundo se sumió en la oscuridad y la desesperación. La sociedad se detuvo. Las ciudades murieron. Los países cayeron.
La humanidad empezó su largo camino hacia la nada.
Y en ese sendero estamos.
Surgimos de la nada y hacia la nada nos arrastramos.
Nos creímos dioses y acabamos como demonios.Somos conscientes, vemos y palpamos, sentimos y hablamos, gustamos y olemos pero somos menos que humano o tal vez más, nunca lo sabremos porque la nada está a punto de engullirnos.

 

lunes, 31 de agosto de 2015

Seres humanos




Hipocondría
No era hipocondría, no señor. No era imaginario aquel dolor que sentía en el pecho. No era ficticio aquel peso que le oprimía el corazón. No señor. El médico podía decir lo que quisiera pero aquello no era hipocondría, ni manía, ni ganas de llamar la atención.
No era inventado aquel insomnio, ni aquel vacío en el estómago, ni aquella inapetencia.
El problema, meditaba doña María, era que tenía ochenta años en lugar de quince, que peinaba canas, que se llamaba doña María y que tenía arrugas hasta en el alma.
El problema, seguía meditando, era que todos buscaban una explicación médica y nadie quería ver que aquello suyo no era más (ni menos) que mal de amores.

Okupas

Nos habíamos quedado sin hogar. No teníamos donde ir. Llevábamos mucho tiempo en movimiento continuo, sin un lugar seguro en el que refugiarnos, añorando un lugar al que llamar nuestro.. Este sitio nos gustó y parecía deshabitado. Creímos que a nadie le molestaría que nos instaláramos aquí. Y un día, después de varios años, llegaron esos hombres y nos llamaron “okupas”. Nos dijeron que teníamos que irnos, que aquello tenía dueño y que no podíamos vivir allí, que era ilegal... y nos echaron así, sin más, sin tiempo a recoger nuestras cosas. Y tuvimos que volver a subir a nuestras naves y a recorrer el espacio en busca de un nuevo planeta en el que vivir...


Espejo
Miraba en todos los espejos que encontraba. Se detenía ante ellos y los contemplaba fijamente. Observaba su reflejo con detenimiento. Examinaba, minuciosamente, el escenario tras su doble especular. Cuando creía ver lo que buscaba, sus ojos se iluminaban para apagarse rápidamente al comprobar su equivocación.
Si alguien preguntaba por su curiosa manía ella respondía:
-Me busco -y, desviando la mirada del espejo un sólo instante para mirar a su interlocutor continuaba-. Hace años que me perdí ahí dentro y me estoy buscando.


 


lunes, 17 de agosto de 2015

¿Monstruos?




Vino Tinto

La culpa fue del vino, de aquel vino tan rojo, tan espeso, tan aromático.
La culpa, insisto, fue del vino, de aquel vino que tan generosamente se vertía.
La culpa, toda la culpa, fue del vino, de aquel vino cuya simple visión traía a mi mente sensuales recuerdos de cuerpos abandonados y pechos palpitantes.
La culpa, de verdad, fue del vino, de aquel vino rojo, espeso, aromático y cálido como la sangre, aquella sangre que yo llevaba meses sin probar a fuerza de dolorosa voluntad y que aquella noche, por culpa del vino, volví a saborear.




El Jardín

Plantas carnívoras, bellas y mortales... Como tú. Supongo que por eso te han resultado siempre tan fascinantes.
Plantas carnívoras, silenciosas, astutas, atrayendo a sus víctimas con engaños y falsas promesas... Exactamente igual que tú.
Plantas carnívoras, tan intrigantes, tan extraordinarias,  tan singulares... Como tú
Deseabas tanto tenerlas en tu jardín... ¿Cuánto tardaste en reunirlas? ¿Cuánto tiempo has dedicado a mimarlas?
Plantas carnívoras, pequeñas extensiones de ti misma, los únicos seres que has amado, los únicos seres a los que no has utilizado y destrozado.
Plantas carnívoras... Un jardín lleno de plantas carnívoras... ¿Qué mejor lugar para enterrar tu cuerpo?
Tu carne alimentará a los insectos y los insectos alimentarán a tus queridas plantas. Tu muerte les dará vida.
¿No es tremendamente poético?

 
Calor

La húmeda manta de calor la envolvía hasta dejarla prácticamente en estado letárgico.
Más que tumbarse, se había extendido sobre la cama, tratando de captar el menor soplo de frescor del ventilador que giraba sobre su cuerpo desnudo.
Las ventanas entornadas para resguardarse al máximo del ardiente sol.
Su mente le recordaba que debía levantarse para acudir al trabajo pero el resto de su organismo ponía mucho empeño en hacerse el sueco.
¡Bah!, ya saldría a trabajar más tarde.
A la noche.
Cuando el aire fuera más aire y menos melaza.
Después de todo era su propia jefa y nadie la podía obligar a sumergirse en aquella sopa caliente.
Aumentó la potencia del ventilador, lanzó una rápida y algo culpable mirada a su guadaña, que intentaba llamar su atención con brillantes guiños, y se dispuso a dormir una larga siesta.
Mientras durase esa maldita ola de calor la Muerte sólo saldría con la fresca.


Descansan en paz

  A veces, paseando por los recovecos de mi cerebro, las veo. Se mueven, lentas y pesadas, sintiendo el aliento de la muerte en su inexisten...