sábado, 11 de febrero de 2012

Micros



Nictofobia


Está muy oscuro ahí afuera, sé que puedo ver perfectamente pero aún así... está tan oscuro ahí afuera. Y los ruidos... ¿Qué son esos ruidos? Roces, crujidos, chillidos, graznidos, gruñidos, chasquidos, chirridos. ¿Qué grita allá abajo? ¿Qué corre allá lejos? ¿Qué es esa sombra que pasa?

No me hagas salir, está muy oscuro ahí afuera, me asusta no saber lo que se esconde entre las sombras. Ya sé, ya sé que veré sin problemas pero aún así... La noche me da tanto miedo.

El pequeño búho ahueca sus plumas y, transformado en una bola temblorosa, se arrima al cuerpo de su madre mientras repite sin parar:

-Por favor, por favor, no me hagas salir, la noche me da tanto miedo...



Espejos


Como cada tarde, la soberana pasa revista a los espejos presentados por sus doncellas.

-¡Mientes!- grita al tiempo que arroja el  primer espejo al suelo y pasa al siguiente.

-¡Mientes!- vuelve a gritar la reina, y otro espejo acaba roto en pedazos.

Y así espejo tras espejo hasta que el suelo acaba alfombrado de relucientes cristales.

La reina busca un espejo que no mienta.

Se ha mirado en todos los del reino y lleva tiempo probando con espejos procedentes de lejanos países sin éxito alguno. Y es que para ella está meridianamente claro que, si la corte entera alaba su extrema belleza, todos esos espejos deben mentir  al mostrarla  horriblemente  fea.





Gotas


Ploc... Ploc... Ploc...

En el silencio de la noche las gotas resuenan como disparos.

Ploc... Ploc... Ploc...

El hombre se revuelve inquieto en su cama.

Ploc... Ploc... Ploc...

Las gotas siguen cayendo lentas (ploc),  implacables (ploc), impidiéndole el necesario sueño tras la intensa y agotadora noche (ploc).

Ploc... Ploc... Ploc...

Desesperado se levanta y se dirige a la ducha para acabar con el exasperante goteo.

Ploc... Ploc... Ploc....

Se quita el pijama para no acabar empapado y se mete en la bañera.

Ploc... Ploc... Ploc...

Poniéndose de puntillas desata el cadáver sanguinolento que cuelga de la ducha y lo deja caer al suelo.

El machacón goteo cesa inmediatamente y el asesino, ya tranquilo, regresa a su cama.





Lunático

El lunático del quinto cantaba a la luna desde su ventana, le hablaba como si fuera una amante, le gritaba su amor y lloraba por no poder alcanzarla. Siempre triste, siempre sufriente. Cuantas tardes me lo topé en el parque recogiendo plumas, las más blancas -porque es su color, decía-, y hojas amarillas -porque a ella le gusta el otoño, me contaba-, para construir unas primorosas alas que le llevaran hasta su amada.

Hace una semana acabó de construirlas.

Hace dos días comenzó el plenilunio.

Anoche le vi subir al alféizar de su ventana, mirar sonriente a la luna, extender sus hermosas alas y saltar al vacío.

Hoy pienso que debí detenerlo pero es que parecía tan feliz...


viernes, 27 de enero de 2012

Abundio


Abundio Madariaga, llamado “el crítico”  por sus allegados debido a su estado de crisis perpetua, se despertó aquella mañana con un talante extrañamente beatífico. No recordaba Abundio cuando había sido la última vez que había sentido tal paz interior y le llevó varios minutos identificarlo y darse cuenta de que, por primera vez en muchísimos años, no estaba atravesando ninguna crisis. Cosa bastante extraña porque no había crisis en el mundo que Abundio no hubiera pasado.



Tuvo Abundio su primera crisis a los doce años porque se le acababa la infancia y la segunda ocho años después, a los veinte, porque dejaba atrás la adolescencia.



Sufrió la crisis de los treinta con todos sus replanteamientos vitales, de la que sacó una novia y una nueva profesión. Llegó la crisis de los cuarenta y Abundio reverdeció su marchita juventud con una amante de veinte años, una moto de gran cilindrada y con varios meses de hospitalización por politraumatismos causados por un accidente con la susodicha moto y la susodicha amante. Al llegar a la de los cincuenta, Abundio revisó todos su viejos sueños y le dio por “realizarse artísticamente” como dramaturgo, luego probó como actor y después como director pero era tan pésimo en todo que lo que lo más que logró fue ser apuntador en una obrita de barrio, lo cual le provocó una crisis de identidad.

 
Sufrió, también, una crisis religiosa que le llevó a ser, de manera sucesiva, protestante, mormón, cienciólogo, amish, budista, wiccano, jedi, satanista, adorador del dios de la lluvia y, harto de todas las religiones, ateo.



Pasó por una crisis matrimonial de la que salió divorciado, una crisis cardíaca de la que salió con un bypass, una crisis económica de la que salió enriquecido y una violentísima crisis de la que salió a hostias.



De una época de crisis estética en la que practicó deporte en exceso, se hizo adicto a la cirugía plástica y se transformó en todo un entendido en tratamientos de belleza pasó, casi sin solución de continuidad, a una crisis intelectual de la que, al menos, sacó nuevos conocimientos y una mayor cultura tanto humanística como científica.



A lo largo de su vida sufrió, además, varias crisis de ansiedad, una crisis epiléptica, tres crisis creativas (en su época de dramaturgo) y varias crisis alérgicas.

 
Era, pues, Abundio Madariaga, hombre dado a enfangarse en crisis de toda índole y a andar siempre desasosegado por motivos en general más inventados que reales; cosa que, a pesar de todo, y contrariamente a lo que pudiera parecer lo hacían considerablemente feliz.



Pero aquella mañana, como ya hemos dicho, Abundio se había despertado flotando entre nubes de absoluta serenidad. Ni media tormenta aparecía en su inmediato horizonte. No había ansiedad, no había preocupación, no había conflicto,, no había nada más que una inmensa paz.



Abundio, tras pasar un rato identificando tan nuevo sentimiento y sin entender qué ocurría, salió de la cama pensando que lo mejor sería dejar el asunto para cuando se hubiera despejado y aclarado sus ideas con un buen café. Y fue entonces, al levantarse, cuando Abundio descubrió el motivo de tan inauditos sentimientos.



Allí, en su cama, mirando al techo con ojos ciegos, estaba él o, mejor dicho, estaba su cuerpo, el del propio Abundio, ya frío y rígido. Y entonces Abundio recordó que durante la pasada noche había sufrido su última crisis, una crisis cardiorrespiratoria que había provocado su muerte y, por tanto, el final de todas las crisis.



viernes, 20 de enero de 2012

Pesadillas







Epigmenio odiaba soñar desde que el día 20 de abril de 1999 todos sus sueños se convirtieron en una única y terrible pesadilla.

Ese fatídico día, cuando Epigmenio cerró los ojos a la realidad, en lugar de abrirse las puertas del habitual y absurdo mundo onírico, se abrieron las de una oscura y temible celda, antesala del infierno, donde Epigmenio sufría -noche tras noche- torturas sin fin. No había explicación alguna en la pesadilla del por qué estaba en aquella lóbrega mazmorra, ni de quienes eran sus captores y torturadores ni era algo que a Epigmenio le preocupara pues estaba demasiado ocupado sufriendo terribles cortes, contusiones y hasta amputaciones.

Durante doce largos años la hora de dormir ha sido motivo de pánico para Epigmenio quien probó todo lo imaginable para acabar con tan horrenda pesadilla: psicoterapia, feng shui, meditación, relajación, amuletos, yoga, pensamiento positivo... Cualquier cosa que alguien afirmara que funcionaba era probada por Epigmenio aunque sin obtener ni el más leve resultado.






No hace demasiados días, Epigmenio decidió probar la última solución propuesta por un amigo: ciertas píldoras que, afirmaba quien se las procuró, acabarían con cualquier tipo de mal sueño que pudiera tener durante la noche. En tiempos más felices, Epigmenio se habría reído de un supuesto medicamento capaz de distinguir entre sueño bueno o sueño malo pero, a estas alturas de su vida, el hombre ya se agarra a cualquier cosa que digan puede solucionar su problema.

Esa misma noche, tras ponerse el pijama, Epigmenio se toma la píldora y se tumba en la cama a esperar el sueño y, sobre todo, el milagro de la desaparición de la pesadilla.

A los pocos minutos, Epigmenio duerme profundamente.






Tras varias horas de sueño sin pesadillas, Epigmenio despierta, feliz por vez primera en años, pero cuando el sueño comienza a despejar su cerebro, el horror se instala en su corazón y un sollozo de desesperación surge de su boca.

Al abrir los ojos y mirar a su alrededor Epigmenio descubre una oscura, húmeda y sucia mazmorra y un cuerpo -su cuerpo- mutilado, maltratado y lleno de dolor. Y llora al darse cuenta de que, la vida que él creía real, era un sueño -un buen sueño- y que la vida que él consideraba mera -aunque horrenda- pesadilla es su realidad.






Aquí al lado veréis que he puesto un enlace a un libro: El Tintero. Este libro reúne 41 relatos de 41 escritores, entre los que me encuentro, que formamos parte  de un grupo denominado El Tintero Virtual  donde, cada semana,  participamos en un pequeño juego en el que, cada semana, debemos escribir un pequeño relato sobre un tema determinado. Este grupo está dentro de la red social Netwriters, una red de escritores y lectores en la que poder compartir y dar a conocer nuestros escritos, tener la posibilidad de editar y, sobre todo, pasar agradables momentos con gente agradable y similares intereses. Pongo el enlace por si a alguno le interesara comprar este libro, hecho con  mucha ilusión y, también, para invitaros a que os unáis a la red si os apetece :) Si alguno se anima, que me busque y me añada (ya sabéis , buscad a Nanny). Me encantaría encontrarme por allí con algunos de los buenos escritores que por aquí pasan, que hay más de uno :)






jueves, 5 de enero de 2012

Reyes Magos


Carbón

Pablito era el niño más malo del pueblo y casi, casi, de toda la comarca. Aunque sus padres habían probado enderezarlo de todas las formas imaginables, nada parecía funcionar con él. Así que Pablito, cada año, al llegar el día de Reyes el único regalo que conseguía era un enorme y mugriento saco de carbón, un saco cada año más grande.

Sin embargo, Pablito sonreía de oreja a oreja y se volvía aún más malo si cabe porque, con todo ese carbón, el niño sabía que su familia podría pasar otro invierno sin morir helados.









Descubrimiento

La noche que Marianita descubrió a sus padres y a su abuela colocando los regalos de Reyes, se llevó la mayor sorpresa de su vida.

Cuando volvió al colegio tras las vacaciones, a la niña le faltó tiempo para contar a todos sus amiguitos que esas historias sobre Melchor, Gaspar y Baltasar eran mentira, que lo sabía de muy buena tinta porque ella había visto con sus propios ojos que los Reyes Magos de verdad eran nada más y nada menos que su papá, su mamá y su abuela Mariana, aprovechando para recomendarles que se portaran muy bien con ella si es que querían recibir sus regalos el próximo año.






Carta


Queridos Reyes Magos:

Este año he sido muy pero que muy buena. He sacado muy buenas notas en todas las asignaturas, me he portado bien en clase, he obedecido a los mayores sin protestar ni enfadarme, he ayudado en las tareas de casa y hasta he hecho los deberes sin quejarme (y eso que esta profe pone muchísimos). He sido tan buena que hasta he ayudado a cuidar a mi hermano pequeño y me he aguantado las ganas de molestar a mi hermana mayor. He visitado a mis abuelitos y he soportado sin decir nada los pellizcos en las mejillas de mi tía María, su olor a tabaco y los ruidosos besos de mi tía Imelda.

Vamos, que este año me merezo que me traigáis todo lo que os pida porque ese es el contrato ¿no? Yo me porto muy bien y vosotros me traéis los regalos que quiera. No os preocupéis porque mi lista no va a ser muy grande, la verdad es que lo único que quiero son las cabezas de Jaime y Daniel, los dos matones que llevan haciéndome la vida imposible en el cole desde hace dos años. Nada más, queridos Reyes, ni muñecas ni juguetes, sólo sus cabezas. Ah y que tengan cara de haber sufrido muchísimo antes de morir.

Si me traéis lo que os pido prometo seguir siendo tan buena como hasta ahora o incluso más.

Me despido de vosotros hasta el próximo año.

Un beso:

Carlota


Tras leer tan sorprendente carta, Gaspar, Melchor y Baltasar se miraron unos a otros con caras de pavorosa sorpresa. No era habitual que les hicieran este tipo de peticiones. Tras la sorpresa inicial, los Reyes Magos se encogieron de hombros y fueron a preparar sus espadas para cumplir la extraña petición. A fin de cuentas eran unos profesionales y un contrato era un contrato.





Perdidos

Lo que los Reyes Magos jamás han confesado ni confesarán jamás es que, en realidad, llegaron al portal de Belén de pura chiripa. En realidad los supuestos sabios iban hacia otro lugar pero se perdieron y, hombres al fin y al cabo, ninguno de los tres quiso preguntar el camino así que, al ver una estrella que parecía dirigirse a algún sitio decidieron seguirla por ver donde los llevaba pensando que, quizás, de esa forma podrían recuperar su camino. Y así ocurrió pero no sin antes verse envueltos en una historia que ni les iba ni les venía y, orgullosos hasta el final, prefirieron contar la mentira de que venían buscando al Mesías en lugar de confesar que, simplemente, se habían perdido.








Mentiras

-Un año de estos deberíamos contar la verdad- dice Baltasar mientras se quita el turbante.

-Cierto, los tiempos han cambiado mucho, ahora podríamos decirla sin problema- comenta Gaspar quitándose la túnica.

-Sabéis que en el fondo estoy de acuerdo con vosotros pero, después de tantos siglos de mentira es muy difícil contar de repente la verdad- argumenta Melchor quitándose la barba postiza- A ver cómo les explica a los mortales que, en realidad, somos mujeres.





viernes, 30 de diciembre de 2011

Año Nuevo


Nochevieja


Nerviosos, aterrados, aferrados a sus paquetitos de uvas como náufragos en mitad del inmenso océano, aguardando las doce campanadas. Nadie reía, nadie gritaba, el silencio era aplastante y terrorífico, La muchedumbre miraba el reloj con ojos desencajados, mandíbulas apretadas y las manos, como garras, aplastando uvas y arañando piel.


Llevaban décadas, siglos, milenios, repitiendo incansablemente esos escasos segundos entre los cuartos y el final de las doce campanadas.


El reloj comenzó a sonar... Dong... Dong... Dong... Las manos se movían de manera automática. Dong... Dong... Dong... Las bocas se abrían para recibir los amargos granos. Dong... Dong... Dong... Las dentaduras se apretaban sobre la pulpa y el jugo corría por las barbillas. Dong... Dong... Dong... Miles de voces gemían al unísono en una horrísona parodia de lo que deberían haber sido gritos alegres. 


Quién hubiera dicho que el alborozado rito que habían repetido año tras año en vida pudiera ser una de las peores condenas en el infierno. Antes esperaban ese momento con rostro dichoso ahora, ahí estaban, nerviosos, aterrados, aferrados a sus paquetitos de uvas como naúfragos en mitad del inmenso océano, aguardando las doce campanadas.


 
Final

Mi tiempo es ya escaso, la poca vida que me queda se escapa demasiado aprisa. Todos a mi alrededor se muestran agitados, nerviosos, casi impacientes, aguardando el momento en que llegue mi final.


He vivido lo mejor que se sabido y he hecho lo mejor que he podido. Dejo tras de mí varias tristezas y algún buen recuerdo, al menos eso espero.


Los minutos pasan velozmente. Los segundos son aún más rápidos. Mi vida se va apagando sin remisión. Lo más triste es ver que nadie parece especialmente apenado por mi desaparición.


El momento se acerca. Hago un último intento de aferrarme a la vida pero es inútil.


Suena la última campanada. Todos gritan eufóricos.


Mientras llego a mi último segundo, el nuevo año entra triunfante.


 
Año nuevo, vida nueva


Año nuevo, vida nueva. La de veces que habría dicho eso a lo largo de su vida, pensaba mientras guíaba sus pasos rumbo a la algarabía montada por las miles de personas reunidas en la plaza, frente al reloj.


Año nuevo, vida nueva, y así un año y otro año pero sin nunca hacer nada que realmente rompiera con lo de todos los días. A fin de cuentas sólo eran palabras, de esas que dices porque todo el mundo las dice y ya, seguía pensando mientras divisaba a los primeros individuos con matasuegras y gorrito ridículo.


Y no es que no quisiera cambiar, querer, lo que se dice querer, quería, pero no lo suficiente como para superar la pereza de trabajar en ello... Hasta este año en que, por fin, todo iba a cambiar, y mucho, quisiera él o no quisiera.


Meditando aún sobre todo ello agarró a uno de los payasos alcoholizados que pasaba por su lado y, mientras le clavaba los dientes en el pecho, el nuevo zombi comenzó el nuevo año dejando marchar su último pensamiento racional y hundiéndose en la inconsciencia de la animalidad.


Que tengáis un Feliz Año Nuevo.

 

 

viernes, 23 de diciembre de 2011

Micros navideños

Jubilación

Regresó a casa con los pantalones desgarrados por un par de mini perros histéricos, con el corazón a punto del paro por culpa de una alarma inoportuna, cojeando de una pierna tras sufrir una caída causada por unos niños demasiado “activos”, oliendo a alcohol tras un amistoso encuentro con un borracho callejero, aterrorizado por un enfrentamiento con unos delincuentes juveniles. Regresó a casa, en fin, destrozado, agotado, deprimido, derrengado, desastrado y otros muchos “ados” pero, sobre todo convencido de que ya había llegado el momento de la jubilación para Papá Noel.




Nochebuena

Compró un nuevo árbol porque ya tocaba cambiarlo después de más de quince años de duro servicio.

Compró, también, nuevos adornos porque ya era hora de renovar un poco la ya arcaica decoración.

Compró un nacimiento porque tenía apetencia de tradición.

Compró comida, bebida y postres para una más que opípara cena.

Preparó la decoración con esmero. Cocinó con alegría. Dispuso una bella mesa y se sentó, como cada Nochebuena, a cenar.

Sólo él y sus fantasmas.



Peladillas

Hartas de ser las grandes olvidadas de la Navidad y de acabar siempre abandonadas en las bandejas, tras acaloradas reuniones, tomaron la decisión de revelarse contra su destino. Aquella Nochebuena las cosas iban a cambiar para ellas.

Esa noche, en las casas del todo el país, las peladillas aplastaron polvorones, hicieron huir a los turrones, empujaron a los bombones hacia zonas cálidas donde acabaron derretidos, expulsaron a los mazapanes, derribaron a las frutas escarchadas y hasta jugaron al hula hoop con los roscones de vino. Apoyadas en su gran número, las peladillas, dulces duros por naturaleza, acabaron con todos y cada uno de sus oponentes hasta lograr ser las únicas ocupantes de todas las bandejas en todos los hogares. Y entonces, felices y satisfechas, esperaron el momento en que los postres fueran servidos. Su gran momento...

La mañana de Navidad, en las bandejas de todos los hogares, las peladillas volvieron a llorar su soledad.



Descansan en paz

  A veces, paseando por los recovecos de mi cerebro, las veo. Se mueven, lentas y pesadas, sintiendo el aliento de la muerte en su inexisten...