miércoles, 14 de agosto de 2013

La oscuridad


Desde el lado iluminado de la carretera, sentado en el porche, vigilo las sombras.
Unos metros más allá la oscuridad envuelve el mundo, lo engulle, lo deglute, lo digiere... y nada de lo que traga vuelve a ver la luz.
Soy incapaz de señalar el momento concreto en que todo empezó. No creo que nadie lo sepa con certeza. En algún lugar, en algún momento, una pequeña mancha de intensa oscuridad -una pequeña sombra más allá de una farola, una sombra más densa entre otras sombras, una brizna de noche desgajada del resto al llegar el amanecer- comenzó a crecer y a extenderse.
Como una mancha de petróleo en el mar, la oscuridad iba ennegreciendo todo a su paso, engullendo todo lo que encontrara en su camino ya fueran objetos inanimados o seres vivos. Nadie sabe qué ocurre cuando la negrura los engulle, no hay gritos, ni ruido de lucha, ni ningún otro sonido, sólo sombras y silencio. Y luego susurros arrastrantes, bisbiseos viscosos, reptadores murmullos. La oscuridad late llena de terrorífica vida, hay algo vivo dentro de ella o, tal vez sea toda ella un enorme e insaciable monstruo. Eso sólo lo saben quienes han sido atrapados por ella y ellos ya no nos pueden contar nada.


La negrura se ha ido extendiendo de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad, de país en país, de continente en continente. Poco a poco nos hemos ido quedando incomunicados en grupos cada vez más reducidos, pequeñas islas de luz en la negra inmensidad sin posibilidad de comunicarnos.
Los más ilusos aún se aferran a la vana esperanza de que una mañana, al despertar, descubrirán que la oscuridad ha desaparecido y todo habrá vuelto a una relativa normalidad. Son minoría.
Los más fuertes se inventan ocupaciones y obligaciones para evitar pensar y que la espera en este iluminado “corredor de la muerte” no los vuelva loco.
Los más débiles van cayendo en la locura o en una desesperación tan parecida a la locura que se vuelven indistinguibles.
Muchos han decidido suicidarse yendo voluntariamente hacia las sombras. Sin gritos. Sin aspavientos. Sin despedidas. No parecen locos, no creo que lo estén, tan sólo se sienten emocionalmente exhaustos y, decididos a hallar descanso, caminan hasta la oscuridad y entran en ella. Luego... nada. Ni gruñidos, ni rugidos, ni lucha... nada. Dos pasos y desaparecen para siempre en el negro olvido.

Los demás, más cobardes o más cuerdos, no lo sé, seguimos esperando a que las sombras vengan a por nosotros.
Si presto un poco de atención casi puedo escuchar como avanza, reptando sin prisa, ¿para qué apresurarse si no podemos ir a ningún otro lugar? En la Tierra ya no existen los puntos cardinales, sólo nos quedan dos direcciones: aquí, donde aún queda luz y allí, donde reina ella.
La isla de luz es cada día más reducida, apenas unas pocas casas en este lado de la carretera. Quedamos pocos, muy pocos y, mirándonos, parece mentira que formemos parte de la especie que, hasta no hace mucho, reinaba sobre el planeta. Algunos pasan el día entre rezos y sus oraciones son lo único que se oye porque ya nadie habla, ni ríe, ni emite sonido alguno. Otros se las han comenzado a drogarse y otros, finalmente, se han refugiado dentro de sí mismos y se muestran ajenos a lo que ocurre más allá de su mente.
En cuanto a mí, me siento aquí cada día, en el lado iluminado de la carretera y vigilo la oscuridad. Aguardando su llegada.
Algo vive en su interior.
Algo sisea en ella.
Algo se arrastra.
Algo se desliza despaciosamente.
Algo nos aguarda para darnos caza dentro de la oscuridad.
Sólo es cuestión de tiempo.


lunes, 5 de agosto de 2013

Personaje



Días de visitas familiares y poco tiempo libre, aprovecho un rato, actualizo y saludo por si todavía queda alguien activo en agosto :)






No tengo nombre, mi apariencia es sumamente imprecisa, todo en mí es gris e indefinido, carezco de personalidad y, lo peor de todo, no tengo historia. Soy un personaje sin autor, un personaje por crear, un molde vacío con ansias de vida y sed de existencia.

Sería genial tener una historia que comenzara con algo como: “Nací una fría noche de invierno, en una solitaria casa de un solitario pueblo de esta solitaria tierra”… o, tal vez con algo así: “Me llamo Josías Aldecoa, tengo 39 años y, hasta hoy, mi vida era de lo más anodina…”, o, quizás así: “Cuando nací, hace más años de los que me gustaría confesar, mi padre se sintió el hombre más feliz de la tierra. Mi madre, sin embargo, sintió que su vida acababa con mi nacimiento…”. Y aún más genial sería que, tras un inicio como éste, viniera una historia, mi historia. Me da igual terrorífica, humorística, dramática… el caso es tener una historia. Una vida.

He viajado por todo el mundo en busca de un escritor que me inventara una pero, según algunos soy “poco interesante”; otros me consideran “claramente insulso”, alguno más me ha llamado “el culmen de la mediocridad” y el más considerado, el que incluso llegó a pensárselo durante unos minutos, finalmente me confesó que “era imposible sacar una historia de un ser tan nebuloso”. Pero, ¿qué esperan de mí? Soy un ser sin historia ni personalidad ¿No es normal que sea “insulso” y “nebuloso”? ¿No son ellos quienes me tienen que hacer interesante? ¿No es esa su misión?


Cuando inicié mi búsqueda soñaba con que alguien escribiera el gran libro de mi vida. Que la inventara desde el primer momento hasta el último. ¡Qué sensación tan maravillosa debe ser tener el cerebro lleno de recuerdos, una vida llena de experiencias, un corazón rebosante de sentimientos!

No lo logré, claro, así que pasado un tiempo llegué a la conclusión de que me bastaría con que contaran una historia, cualquiera, un pequeño relato, un capítulo, pero que yo fuera el protagonista. Con eso ya tendría un nombre, un lugar de procedencia y algunos recuerdos.

Luego ya sólo aspiraba a un mísero párrafo.

Y a estas alturas estoy dispuesto a conformarme con una línea en la que, al menos, se diga mi nombre; con eso bastaría para que algún lector me imaginara un rostro y alguna característica más.

Pero todavía no he tenido suerte… y conociendo al escritor con el que estoy ahora, mucho me temo que seguiré sin tenerla.

Cree, el muy ingenuo, que ha nacido para escribir, que lleva la creación literaria en la sangre, cuando la triste realidad es que carece del talento, imaginación y técnica. Hay escritores capaces de provocar un incendio con sus palabras y hay otros, como este desdichado, que no son capaces ni de encender una cerilla.


A pesar de ello he seguido con él por ver si era capaz de darme una identidad, un nombre, una historia por mala que fuera, pero comienzo a dudar de que este zopenco, incapaz hasta de encontrar un nombre para su perro, pueda ayudarme.

Estoy tan cansado y frustrado que he llegado a pensar en el suicidio pero, ¿cómo me voy a quitar una vida que nunca he tenido?

Quizás ha llegado el momento de dejar de esperar a que otro me otorgue identidad e historia.

Tal vez no necesite a nadie más para encontrar lo que deseo.

Yo podría ser, ¿por qué no?, un escritor fracasado. Un escritor sin talento. Un escritor joven con una mente llena de recuerdos y un futuro por llenar. Podría... podría alargar la mano ahora mismo, esta mano que empuña un cuchillo, y apoderarme de esa vida, hacerla mía.

Sería tan sencillo.

Sólo tengo que dar un paso y cogerla.

Si me atreviera a alcanzar mi sueño...


viernes, 26 de julio de 2013

Micros


Humanidad

Tras la desaparición de la especie humana, los robots se autoproclamaron sus herederos y decidieron continuar adelante con su civilización.
Incapaces de crear algo realmente nuevo y admirados por lo que aquellas máquinas celulares habían logrado, los robots decidieron imitarlos hasta el más mínimo detalle. Copiaron, pues, su estructura social y su aspecto, incluido el -para ellos- innecesario dimorfismo sexual. Emularon -de manera bastante aproximada- sus emociones y sentimientos. Pintaron, esculpieron, escribieron, compusieron, crearon y recrearon arte siguiendo siempre los cánones humanos. Leyeron su historia, estudiaron su filosofía, aplicaron y ampliaron su ciencia y, poco a poco, aprendieron a pensar  y a ser como ellos.
A pesar de todo, y aún disponiendo de toda una eternidad para averiguarlo, los robots eran conscientes de que algo -no sabían qué- les impedía llegar a ser tan humanos como los humanos.

Crearon mejores cerebros sólo para poder resolver ese misterio pero, al parecer, el secreto era demasiado inasible para sus mentes llenas de sólida lógica.
Y entonces la Muerte, que andaba aburrida desde la desaparición de los hombres, pensó que había llegado el momento de abandonar su privilegiada atalaya entre dos universos y recuperar su antiguo trabajo. Tomando su guadaña, volvió a la Tierra dispuesta a explicar a aquellos curiosos seres metálicos qué cosa era aquello que les faltaba para entender y ser real y completamente humanos.


Inquisición


La vieja trastabilla más que anda. El cabello desgreñado, sucia y llena de golpes avanza por las calles del pueblo mientras sus vecinos la empujan, insultan y escupen ante la mirada impasible de los “perros de Dios”*.


Recibe, callada, insultos, maldiciones y escupitajos. Ni una palabra de consuelo, ni un gesto de ayuda mientras avanza, descalza y a trompicones, por la sucia calle.

En un recodo del camino, una pequeña niña aprovecha un descuido de sus guardias y se aproxima a ella con un cazo de agua, se lo acerca a los labios y le susurra:

-Contaste a mi padre que robé tus manzanas... Yo conté a la inquisición que eras bruja.

Vuelca el agua, sonríe, y se marcha corriendo.


* Nombre dado a los monjes de la orden de los Dominicos, principal fuente de inquisidores en el medievo.

 


 


sábado, 20 de julio de 2013

Dinero por nada


Sentado en la abarrotada cafetería, como una isla de silencio en medio de la ruidosa actividad que se desarrolla en todo centro comercial, el hombre aguarda.
Despeinado, haciendo esfuerzos por esconder el temblor nervioso de sus manos, mira hacia todos partes buscando algo que lo haga cambiar el rumbo de los acontecimientos por venir.
Usa la ropa de buena calidad aunque un tanto ajada del que, acostumbrado a tener dinero de sobras, se ha visto abocado a llevar una vida demasiado modesta para sus gustos. Se pasa continuamente la mano por el desordenado cabello, maldiciendo entre dientes las leyes antitabaco que le impiden sacar el paquete que lleva en el bolsillo de su chaqueta y fumar un cigarrillo tras otro para calmar su ansiedad. De modo que, a falta de cigarrillo, juguetea intranquilo con el móvil que tiene sobre la mesa.
Por momentos siente ganas de echar a correr, salir de allí, ir a casa y olvidarse de todo. A fin de cuentas el pago todavía no se ha realizado, no se hará hasta que él cumpla su parte y si no la cumple... Pero entonces recuerda todas las deudas que ha acumulado, el rostro de su esposa demacrado por la preocupación, la cara de sus hijos desconcertados y confusos ante su nueva vida, el tétrico piso donde ahora se ven obligados a vivir, el tobogán económico por el que parecen descender sin control. No, piensa, no hay vuelta atrás, he aceptado un trabajo y debo llevarlo a cabo.

No sabía si lo habían estado vigilando o si fue un encuentro casual pero le habían ofrecido aquel “trabajo” en el momento justo. Cuando estás al borde de un puente dispuesto a dar el gran salto por culpa de la desesperación económica, palabras como “millones” y “fácil” destacan como luces de neón en la oscuridad.
Tan sólo tenía que esperar una llamada, nada más, y, casi al instante,  una cuenta en las islas Caimán se llenaría con una cifra de dinero superpoblada de ceros. Antes de llegar la mañana su familia nadaría en billetes y todo a cambio de llevar encima un móvil y responder a una llamada.
Inquieto, mira su reloj, las manecillas continúan su avance incansable hacia la hora fijada pero aún tiene tiempo de salir fuera del centro comercial y fumarse un par de cigarros. Se levanta y avanza hacia la puerta de salida con la vista fija en algún punto del suelo, sin querer fijarse en los rostros de quienes le rodean. Una vez en el exterior vuelve a sentir la tentación de alejarse de allí, sólo tendría que continuar caminando, quitar la batería al móvil y olvidarse de todo... Pero no, esa gente no iba a permitirle marcharse tan fácilmente.


Su mano tiembla mientras intenta encender el cigarrillo y, cuando lo logra, aspira profundamente hasta llenarse los pulmones del acre humo. En estos momentos la posibilidad de un cáncer de pulmón parece muy poco importante, casi risible. El hombre mira al cielo, a los árboles, al suelo, a cualquier lugar donde evite que su mirada se encuentre con la mirada de los otros.
Vuelve a mirar el reloj, apenas faltan unos minutos, lo justo para otro café, apaga su último cigarrillo y regresa al interior del centro, a la misma cafetería de antes. Se sienta, pide una nueva taza de café. Ya está casi hecho, en un rato, el trabajo habrá acabado. Ahora que falta tan poco los nervios parecen desaparecer sustituidos por una resignada laxitud.
Alguien se ha dejado un periódico en la silla de al lado. Lo toma, lo abre y comienza a leerlo a la espera de ganarse el dinero más fácil de su vida. Una llamada y su familia será rica, sólo por llevar aquel chaleco de explosivos y esperar una llamada...
Esto sí que es ganar dinero por nada, piensa segundos antes de que el móvil comience a sonar.

 

sábado, 13 de julio de 2013

Cara o cruz



El mendigo se sentó junto a mí en el banco y su olor me hizo retirarme -todo lo disimuladamente que pude-, varios centímetros hacia mi derecha. Podía haberme marchado pero, tímido y educado como soy, me dio cierto apuro levantarme, aunque aquel hombre estaba tan borracho que ni se habría enterado de mi rechazo.
Bueno, pensé, mientras no le dé por pegar la hebra... pero la pegó, por supuesto, porque soy un imán para toda esa gente que está deseando encontrar un extraño al que contarle sus penas.
Intenté fingir que estaba muy ensimismado en mi libro pero pronto me dí cuenta de que al mendigo le daba un poco igual si yo escuchaba o no escuchaba, o sea, que hubiera podido seguir leyendo sin la menor distracción si no fuera porque cuando comienzo a escuchar una historia, tengo que oírla hasta el final.
Y así fue como me enteré de la curiosa historia de Bernardo Artigas (que así se llamaba el mendigo).
-Verá usted -estaba diciendo Bernardo-, yo siempre he sido muy indeciso. ¿Conoce usted la fábula del burro que se murió de hambre porque fue incapaz de decidir entre dos haces de trigo exactamente iguales? Pues yo soy igual de burro e igual de indeciso. Póngame usted ante una decisión, por pequeña que sea, y ahí me tendrá intentando decidirme durante horas y horas. 


Siendo adolescente, cierto día que mis amigos y yo (sobre todo yo, claro), éramos incapaces de decidirnos por una película, decidimos echarlo a cara o cruz. Aquello, para mí, resultó ser toda una revelación. Había encontrado, por fin, una manera de tomar decisiones rápidamente, sin tener que darle vueltas y más vueltas, sin que nadie tuviera que esperar a que yo me decidiera. Sólo tenía que lanzar una moneda al aire y dejar que ella tomara las decisiones por mí. Por vez primera en mi vida, me sentí ligero y libre.
Así, cuando llegó el momento de elegir entre ir a la Universidad o dejar los estudios, lo eché a cara o cruz... Salió cara y eso fue bueno, porque acabé con una licenciatura en Derecho. Al acabar la carrera tuve que elegir entre empezar a trabajar inmediatamente en un bufete o darme un año sabático... Salió cruz y eso fue malo, porque luego me costó mucho encontrar un empleo. Luego conocí a una chica, me enamoré y, como no sabía si pedirle que nos casáramos o no, lo eché a suertes... Salió cara y nos casamos (las cosas de la boda, por fortuna, las decidió todas ella) y eso fue bueno porque era una mujer maravillosa. Y así fue con todo. Cuando mi mujer me dijo que quería hijos y dejé a la moneda que decidiera por mí (cara, tuve dos), cuando me propusieron enviarme a otra ciudad con un ascenso (cruz, nos mudamos a una ciudad más grande y nunca acabó de gustarme), a la hora de cambiar de coche, a la hora de elegir restaurante, a la hora de decidir qué compañía eléctrica contrataría, al elegir compañía de teléfonos...

Cuando una joven secretaria se me insinuó, eché a suertes si tendría o no tendría amante. Salió cara, y eso fue malo. Luego lancé la moneda para ver si sería mejor contarlo a mi mujer o no contarlo. Volvió a salir cara y lo conté, eso fue aún peor porque mi mujer decidió pedirme el divorcio. Sobre la decisión de si seguir con mi amante o abandonarla, la moneda me dijo que cruz, así que la dejé, y fue malísimo porque ella, en venganza, me acusó de acoso sexual. La empresa me ofreció no denunciarme si aceptaba irme de la empresa sin indemnización y sin alboroto. La moneda me dijo que no intentara defenderme y me fuí sin más.
Esa misma noche, entré en un bar porque la moneda había decidido que debía  emborracharme. Y luego seguí yendo cada noche porque la moneda decidió que me conviritera en alcohólico.
Y así una decisión tras otra hasta llegar aquí donde me ve. Viviendo en la calle, tomando vino barato y mal comiendo donde puedo. Bueno, al menos cuando le pregunté a la moneda si debía dedicarme a la delincuencia o no, me dijo que cruz... o sea, que no -En este punto Bernardo lanzó una cascada carcajada que acabó en una desgarradora tos. Se limpió la boca con la sucia manga y continuó hablando, serio de nuevo, con su pastosa voz de borracho-. Hace un rato... hace un rato le he preguntado si debía suicidarme o no y ha salido cara. He lanzado la moneda varias veces y siempre me sale cara. Esta maldita moneda debe tener muchas ganas de acabar conmigo, ¿no cree?

Bernardo sacó una moneda de su mugriento bolsillo y se quedó mirándola fijamente. Luego, como saliendo de un profundo trance, se irguió, me miró y dijo:
-¿Pero sabe qué le digo? Que esto de la moneda es una jodida tontería y que hasta aquí he llegado.
El mendigo dio un fuerte golpe en el banco con la palma de la mano y la roñosa moneda quedó sobre él. Luego Bernardo se levantó intentando no volver a caer sentado y, dando bandazos, se fue alejando mientras canturreaba por lo bajo.
Yo me quedé allí sentado, pensando sobre la historia que me acababa de contar y mirando la moneda. Bueno, en ese momento yo tenía que tomar una importantísima decisión y no lograba elegir entre mis dos opciones... tal vez podría dejar que la moneda decidiera por mí.
Alargué la mano, tomé la pegajosa moneda, la lancé al aire, la recogí... y volví a dejarla donde Bernardo la había dejado.
Mejor no tentar a la suerte...



 

viernes, 5 de julio de 2013

Micros



Músico callejero

Había esquinas mejores que aquella para tocar pero a él le gustaba esa porque por allí, cada mañana, pasaba ella, con su fresco aroma, su pelo alborotado, su andar desgarbado, su enorme bolso y su mirada tímida.
Él la amaba -desde lejos, en silencio- y cuando hacía sonar su violín, lo hacía sólo para ella. Todos se paraban embelesados ante la belleza de su música... Excepto ella que, impertérrita, continuaba su camino.
El pobre músico no entendía su indiferencia y -demasiado tímido, demasiado apocado- no encontró jamás el valor suficiente para hablarle.
Ella nunca se enteró de su amor.
Él nunca supo que la impasibilidad de ella ante su música no era fruto de la altivez sino de la sordera.


La llama sagrada

Lo dijeron los dioses:
-Si la sagrada llama muere, la humanidad morirá con ella.

El templo quedó aislado a causa de las nevada invernales y la madera que alimentaba la sagrada llama dejó de llegar.
Cuando se terminó la que había almacenada, la llama languideció.
Los monjes quemaron todo lo que en el templo pudiera arder pero no fue bastante.
El sagrado fuego moría.
Decidieron entonces que ellos mismos serían el combustible de la divina pira.
Uno a uno se inmolaron, convencidos de que su sacrificio salvaría al mundo.
El último ardió hasta convertirse en cenizas.
La sagrada llama, falta de combustible, se apagó al caer el sol.
Al llegar la primavera, los carros cargados de madera, regresaron al templo.


Infancia

Tapó el billete con su pie y lo recogió con disimulo. Era la primera vez en sus diez paupérrimos años que tenía un billete de cincuenta euros en las manos y no pensaba perderlo.
Con el billete arrugado entre sus dedos anduvo pensativo hasta el centro comercial.
-Si se lo doy a mamá, quizá compre comida... o quizás lo gaste en la tragaperras...
Escondiéndose del guardia de seguridad, subió a la segunda planta.
-Si se lo doy a papá, se lo gastará en vino...
Se detuvo ante la puerta y miró las brillantes luces, las colas de gente, los carteles...
Sacó el billete, lo estiró bien estirado, compró una entrada, palomitas, un gran refresco y, durante hora y media, disfrutó su infancia.



Descansan en paz

  A veces, paseando por los recovecos de mi cerebro, las veo. Se mueven, lentas y pesadas, sintiendo el aliento de la muerte en su inexisten...