El calcetín rojo


Se pasó una hora buscando el calcetín rojo. No “un” calcetín rojo, así indefinido, no, él buscaba “el” calcetín rojo. Es más, buscaba el Calcetín Rojo, con sus mayúsculas y sus negritas y hasta sus llamativas luces de neón.

Ese calcetín rojo que ahora buscaba con desesperación en todos los rincones, hacía tiempo que pedía, no ya el retiro, sino la defenestración. Sus hilos se mantenían unidos casi por un acto de fe, los zurcidos se superponían unos a otros como capas geológicas compuestas de diferentes tonos de rojo, color que había lucido con orgullo en su ya lejana juventud de calcetín recién estrenado, pero que a estas alturas, tras cientos de usos y lavados, había pasado a ser algo bastante indefinido e indefinible que lo mismo podía ser rojo, que rosa, que gris. Pero no importaba, él seguiría cuidándolo y zurciéndolo mientras hubiera un par de hilos que unir y pudiera usarlo combinado con cualquier otro calcetín de cualquier otro color pues su pareja inicial había desaparecido hacía ya mucho. Pero el importante era el que aún tenía, el que ahora buscaba con frenesí. Ese era el trascendental, el único, el que le daba suerte, el que conseguía que todo saliera correctamente y sin tropiezos.

Sin ese calcetín todo le saldría al revés.
Hoy era un día importante y debía llevarlo. Como el día que lo estrenó y se estrenó él mismo. Ese día maravilloso en que todo fue sobre ruedas gracias, a él no le cabía la menor duda, al ahora desaparecido calcetín rojo.
El tiempo pasaba. Ella le estaría esperando y él tenía que acudir. Le había costado mucho concertar esa cita y no podía faltar porque no habría una segunda oportunidad.
Necesitaba ese calcetín.
La casa estaba quedando patas arriba, cajones y cojines por los suelos, el contenido de armarios cubría la cama y, durante un ataque de frustración, llegó a plantearse desmontar los sillones.
Le llevaría horas volver a colocar todo en su lugar, pero en ese momento lo único importante era encontrar el dichoso calcetín rojo.
Por fin, tras varias pasadas por todos los rincones de la casa, lo encontró oculto entre unas sábanas bajeras. A saber cómo había llegado hasta allí y a saber cómo no lo había visto antes, pero allí estaba.

Viejo, rezurcido, descolorido y único.
Suspiró aliviado y se lo puso inmediatamente, con tanta premura, que  el dedo gordo atravesó el último zurcido.
Se quedó mirando el trozo de dedo que asomaba entre los hilos y pensó en dejarlo así, pero le pudo la sensación de que llevar el calcetín de ese modo era un pésimo augurio y corrió a buscar las herramientas de costura.
Para cuando acabó de zurcir y vestirse, la medianoche sonaba ya en el lejano reloj de la catedral.
Hacía dos horas que debía haberse presentado a la cita.
El calcetín rojo había aparecido demasiado tarde.
La chica, sin la menor duda, se habría ido hacía rato y sería imposible convencerla de que le diera una segunda oportunidad.
Miró su piso con desconsuelo.
Miró su calcetín rojo con tristeza.
Suspiró profundamente.
Se cambió de ropa, guardó cuidadosamente su calcetín rojo, ordenó y limpió toda la casa y, por último, con enorme pesar, recogió todo el instrumental desplegado sobre la mesita de su vacía sala de tortura.
La próxima vez que saliera de caza tendría más a mano su calcetín rojo de la suerte.

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