lunes, 22 de mayo de 2017

Quijoteando


Molinos

Un sol de justicia castigaba las testas de animales y hombres. El campo manchego dormitaba en la tarde veraniega. Unos molinos, las aspas detenidas por falta de viento que las anime, parecían sestear esperando, ellos también, el momento en que el calor comience a ceder. A sus pies, unas pequeñas figuras miraban a lo alto, haciendo visera con sus manos para protegerse del exceso de luz, unos, agitando abanicos que sólo remueven el aire caldeado, otros.
En el silencio, la voz del guía resonaba soltando un discurso mil veces repetido que los otros escuchaban sin dejar de espantar moscas perezosas.
–... Y estos tres de aquí, de nombre Sardinero, Burleta e Infanto, son aquellos famosos molinos que el Caballero de la Triste Figura, el gran Don Quijote, confundió con unos fieros gigantes.
Tras esto y unos cuantos, ¡oh!, varios movimientos de cabeza admirativos, y caras falsamente interesadas, la comitiva continuó camino, más pensando en la sabrosa comida que les esperaba que en monumentos históricos de los que la mayoría comenzaba a estar hartos.
Los molinos se quedan otra vez solos, como siempre han estado, solos en el silencio manchego, las aspas comenzando a moverse despacio, con desgana. Al poco rato una voz profunda rompe el silencio:
–Nunca entenderé, mujer, a estos humanos que llaman locos a aquellos que son capaces de ver la realidad, como ese famoso Quijote del que tanto hablan y del que no guardo yo memoria, que nos vio tal cuál éramos.
–Yo tampoco los entiendo, marido, pero demos gracias a que es así porque eso nos ha permitido vivir en paz.
-Lo mismo digo –dijo el tercer gigante–. Pero mejor que llamen locos a los que ven que ser perseguidos como monstruos.
Tras esto el silencio retornó al campo manchego.
(Este cuento ha sido presentado por la revista digital miNatura como candidato a los premios Ignotus en la categoría de Cuentos).

En un lugar de la Mancha

Tras leer las más de mil páginas del libro en menos de sesenta segundos  X-C 513 se quedó estático. Durante varios minutos su cerebro cibernético dio miles de vueltas a lo que había leído. Luego proyectó ante sí una imagen holográfica de sí mismo y se contempló. Si hubiera tenido rasgos humanos su expresión sería entre pensativa y valorativa. Observó la holografía desde todos los ángulos, muy detenidamente: su brillante cuerpo era muy estilizado, si fuera humano sería extremadamente delgado. Su cabeza, alargada, terminaba en algo que bien podía parecer una barba. Los relieves en torso y extremidades semejaban a las partes de una armadura. De haber podido, el robot habría abierto los ojos como platos para expresar su sorpresa:
-Soy Don Quijote -dijo en un susurro infrasónico.
Y decidió, en ese instante, que debía vivir todas las aventuras del infortunado hidalgo.
Para su desgracia, X-C 513 eligió convertir en su fiel escudero al primer humano bajito y rechoncho que encontró: el ingeniero jefe del proyecto del que él mismo formaba parte quien, al darse cuenta de su delirio, dio orden inmediata de que “el señor Don Quijote de lata” fuera desconectado y reparado sin demora.
Un mes más tarde, X-C 513 fue nuevamente conectado.
-Ya no volverás a hacer cosas raras -comentó el ingeniero dándole un golpecito en la cabeza.
X-C 513 lo miró con su inmutable rostro y luego volvió a la habitual postura estática de espera.
Si el ingeniero hubiera sido capaz de escuchar infrasonidos, habría escuchado al robot murmurar:
-En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme...


sábado, 4 de marzo de 2017

Micros

Cita a medianoche

El fantasma acudió a la cita antes de medianoche. Siempre había sido puntual y no iba a iniciar el sendero de la impuntualidad ahora que estaba muerto. Por muy espíritu desencarnado que uno sea, las buenas costumbres no deben perderse.
De modo que allí estaba, diez minutos exactos antes de medianoche.
Más puntual que un reloj suizo.
Esperando.
Dando vueltas y más vueltas entre las almenas del castillo que le había tocado en suerte encantar.
Esperando.
Su cuerpo translúcido atravesado por anillos de fría niebla.
Esperando.
Las doce llegan al fin, con más retraso que él, pero llegan, como siempre llegan.
Lo sabe porque oye las campanadas que el viento trae desde el cercano pueblo.
Sigue a la espera.
Sigue con esa acezante sensación de que algo está por llegar. Por eso espera.
Pero si alguien pudiera preguntarle qué espera, el fantasma no sabría responder.
Él se limita a llegar cada noche. siempre puntual. a la misteriosa cita.
Y espera pacientemente, dando vueltas en su torre.
Cuando el amanecer apenas asoma su figura se va transformando en retales de niebla y el fantasma desaparece con un suspiro desesperado.
A la noche, justo antes de las doce, volverá a acudir a una cita que nunca llega.


Mañana te traeré lirios

La última vez que entramos de noche en el cementerio íbamos algo más que alegres, ¿te acuerdas? Veníamos de cenar y nos habíamos pasado con el vino. A ti se te ocurrió que podíamos venir aquí a terminar la fiesta:
-Me da mucho morbo -me dijiste acercando tu boca a mi oreja.
Y, claro, siendo yo el enterrador y teniendo la llave del camposanto no iba a dejar pasar semejante invitación.
Fue una buena noche.
Pero el mundo gira y las cosas cambian, y aquí volvemos a estar de nuevo. En este rincón lleno de viejas tumbas cubiertas de polvo, ocupadas sólo por huesos largo tiempo olvidados. Después de tantos años recorriendo estas ciudad de muertos me conozco todas sus calles y sus rincones más escondidos.
Como este.
Si pudieras verlo te encantaría, en serio, lástima que no puedas.
Por aquí no pasa mucha gente, casi nadie en realidad. Yo mismo sólo paso muy de vez en cuando.
Por eso lo escogí para ti.
Para esta última cita.
Gimes, imagino que debes estar aterrorizada. Despertar y encontrarte encerrada en la oscuridad debe ser terrorífico. Por si sientes curiosidad, te diré que estás en un nicho. Yo mismo acabo de cerrarlo.
No te canses dando patadas a ese muro, no se va a caer.
Dejé un móvil a tus pies, así podré escucharte hasta el final. Ni te molestes en intentar cogerlo, no tienes espacio suficiente para maniobrar.
Relájate. Intenta guardar el poco aire que tienes. Aunque, si lo piensas bien, así sólo conseguirás alargar lo inevitable.
¿Gritas? Como prefieras. A mí no me molesta.Puedes gritar cuanto quieras. Nadie te oye.
Bueno, es hora de que me vaya, aunque seguiré escuchando atentamente hasta tu último suspiro.
No quiero perderme nada de tus últimos momentos.
Te prometo que mañana te traeré lirios.

viernes, 20 de enero de 2017

Gatos

Bruja

La vieja Agnes era una bruja, todos en el pueblo lo sabían y, como tal bruja, era visitada y consultada por todo el pueblo. No era querida, la verdad. Ni tampoco respetada. Pero sí que era, al menos, consentida y aceptada, aunque sólo fuera porque les era de cierta utilidad.
Entonces llegaron los problemas, esos que siempre llegan a un pueblo: sequía, animales enfermos, alguna muerte inesperada. Una serie de desdichas encadenadas que hicieron que, inmediatamente, la gente buscara culpables y no tardaron en decidir que esa culpable era Agnes.
Por eso estaban allí esa mañana fría y neblinosa, armados de horcas y antorchas, arrasando la destartalada cabaña de Agnes y sacando a rastras a la pobre vieja que, asustada y confusa, intentaba proteger su escuálido cuerpo.
En medio del alboroto, sólo había un punto de quietud: el gato de Agnes que, sentado, en el alféizar de la ventana, lo contemplaba todo con solemnidad de notario.
Agnes lo miró con ojos suplicantes.
El gato la miró a su vez sin perder su quietud.
Durante un segundo estuvo tentado de salvarla pero eso hubiera implicado descubrirse, cosa que no le parecía demasiado conveniente en aquel momento y lugar.
Había llegado el momento de buscar otra humana.
Mientras la turba preparaba la hoguera para Agnes, el gato negro se perdió en las sombras del bosque.

El vigilante

El gato lo mira, erguido sobre la mesa camilla, tan quieto, que en un primer momento lo confunde con una de las curiosas figuras con las que la vieja ha llenado la casa.  El gato bosteza y mueve perezoso la larga cola sin dejar de mirarle.
El hombre observa el reloj por enésima vez. Inquieto. Ansioso. El maldito gato comienza a ponerlo nervioso y la vieja no sale. Lo había planificado todo al milímetro pero nada está saliendo como él esperaba. Era sencillo, entrar fingiendo ser un cliente de la vieja bruja, golpearla, matarla y trocearla en su misma bañera.
Lo mismo que ya había hecho con otras viejas solitarias y estúpidas.
Pero hasta que no se fuera el estúpido cliente al que atendía no podría hacer nada.
Y el gato lo miraba. Sin parpadear. Sin maullar. Sin hacer otra cosa que observar.
Se levantó de la silla y, para calmarse, comenzó a pasear por la habitación, secándose las sudorosas manos en los vaqueros.
El gato, sin moverse de su sitio, lo siguió con la mirada.
Algo rozó sus piernas y, al mirar hacia abajo, vio que otro enorme gato se escurría entre ellas, a continuación un maullido le hizo alzar la cabeza: sobre uno de los muebles, cuatro ojos gatunos le miraban. De pronto, aquella salita se había llenado de felinos salidos de no sabía dónde. Sobre las  sillas, bajo la mesa, en el pequeño sofá en el que había estado sentado.
Gatos que lo observaban, lo seguían... y comenzaban a acorralarle.
Cuando por fin apareció la vieja, de su visitante apenas quedaba un montón de sangrante y temblorosa carne que gemía bajo una manta de mininos.
-¡Oh! -exclamó con tono alegre- ¡Veo  que habéis encontrado vuestra comida! ¡Disfrutad, mis pequeños, disfrutad!
Y los gatos, ronroneando, siguieron clavando sus afilados dientecillos en la sanguinolenta masa que gemía suplicando ayuda.