miércoles, 6 de abril de 2016

Retales


La loca

La loca ignoró las órdenes y continuó avanzando. La loca no estaba loca aunque el resto así lo creyera, la loca sólo parecía loca porque tenía una manera muy particular de ver las cosas. La suya, la de la loca.
Así que, sí, la loca ignoró las órdenes y continuó avanzando, porque en su mente de loca obedecer no formaba parte del plan, no computaba, no era algo que la loca hiciera, nunca.
Ellos, los que se llamaban cuerdos sólo porque creían que su forma de pensar era la correcta y porque eran muchos más que la loca, gritaron y bufaron, riñeron y aullaron, intentando que la loca obedeciera unas órdenes que la loca no estaba programada para obedecer.
Y la loca continuó avanzando, imperturbable, siguiendo un ritmo y una música que sólo ella conocía. Cada vez más lejos de los cuerdos que la llaman y le dan órdenes. Serena. Feliz. Loca y libre, loca y alegre, loca y en paz con todo. Mientras que ellos, los cuerdos, los que la llamaban loca porque tenía esa manera suya tan particular de ver las cosas, los que se creían sensatos porque actuaban como todos actuaban y como todos esperaban que actuaran, se ponían cada vez más nerviosos, más desquiciados, más furiosos porque la loca, sin hacerles caso, ignoró sus órdenes y continuó avanzando...
 
El fin del principio


Hicimos lo único que podíamos hacer: huimos. No a otro planeta. No a otra galaxia. No en busca de otra estrella. Decidimos huir a nuestro pasado. Corríamos el riesgo de acabar siendo nuestros propios tatarabuelos pero teniendo como alternativa la muerte, la decisión no fue difícil.
Decidimos reducir la tecnología al mínimo, intentamos reducir el impacto de nuestra presencia todo cuanto pudimos, fue una vuelta a la vida natural y salvaje de nuestros antepasados.
Logramos sobrevivir y hasta extendernos por todo el planeta. En aquel estado salvaje habíamos logrado la paz y el equilibrio que la civilización nos había negado. Éramos  estoicamente felices.
Parecía que todo iba a ir bien, que nuestra especie había encontrado, al fin, el camino correcto. Nos habíamos vuelto, incluso, más grandes y fuertes.
Y entonces cayó el meteorito.
La tierra tembló, el mar se enfureció, el cielo se oscureció, los volcanes vomitaron fuego... Fuimos muriendo uno tras otro, violentamente los más afortunados, de hambre y sed el resto.
Soy el último que queda de los míos y pronto moriré.
El reinado de los grandes saurios ha acabado, me pregunto qué otra especie vendrá a ocupar nuestro lugar, ojalá sean más sabios...