Demasiado viejos para esto


Bruñían sus armas con desgana y preparaban los pertrechos entre bostezos. No había furia en sus ojos ni eran briosos sus ademanes. El silencio entre ellos sólo era roto por algún gruñido o algún murmullo apenas perceptible.
Se sentían cansados y se sabían viejos, muy viejos. Demasiadas batallas a sus espaldas, demasiadas muertes, demasiado trabajo.
Arrastraron los pies y los años rumbo al establo. Era hora de limpiar y alimentar a los caballos, unos caballos tan viejos y cansados como ellos que relinchaban con desgana y bufaban con fastidio.
Cepillaron sus monturas sumidos, cada uno, en sus propios pensamientos y recuerdos, deseando todos estar en otro sitio, preferiblemente en casa, descansando y olvidando o, como mínimo, dedicados a sus tareas cotidianas.
Ninguno quería estar allí.
Ninguno quería estar en el ataque.
Ninguno quería formar parte de aquello.


Ellos no eran el enemigo. No ahora. No después de tantos años viéndolos vivir y morir tan de cerca.
Si los hubieran llamado antes, cuando eran aún jóvenes, cuando la rabia aún bullía en sus entrañas, cuando la sed de sangre era fuerte e irresistible, cuando aquellos que tenían que aniquilar no eran para ellos más que pulgas molestas... Entonces habrían matado, desgarrado, destrozado y consumido. Sin pesar y sin pensar.
Pero ahora no. Ahora su ira se había evaporado, el deseo de lucha se había diluido, la juventud se había marchado.
Cierto, ellos habían seguido ejerciendo su trabajo y habían continuado matando. Era su trabajo, su deber, su obligación. Mataban unos pocos aquí y otros pocos allá y llevaban tanto tiempo haciéndolo que sus ataques habían pasado a formar parte de la vida cotidiana. Pero esto de ahora... esto era muy distinto.
 
Los habían llamado para ser instrumentos de la completa aniquilación de aquellos seres que ellos habían aprendido sino a amar (pues amar no estaba en su naturaleza) sí, al menos, a respetar. Y se habían vuelto demasiado viejos y demasiado sentimentales, estaban demasiado cansados y demasiado involucrados.
En el establo sólo se oían los cepillos pasando una y otra vez sobre los cuerpos de los caballos. Los guerreros no hablaban entre ellos, no lo necesitaban para saber qué pensaba cada uno.
El amanecer se acercaba. Pronto sonarían las trompetas y ellos tendrían que lanzarse al ataque.
Colocaron los arreos a los caballos.
Tomaron sus armas.
Montaron en silencio.
Esperaron.
-Hace frío -dijo Muerte-. Mis huesos ya no resisten tanto frío.
-Y llueve -dijo Guerra-. Eso le sienta fatal a mi reúma.
-Estas armas pesan demasiado -añadió Peste-. Mis músculos ya no son lo que eran.
-Ni siquiera hemos desayunado -se quejó Hambre-. Si no desayuno luego no soy... lo que quiera que sea.
Y callaron de nuevo.
El campamento bullía a su alrededor. El nerviosismo se olía. La tensión se palpaba. El ataque estaba a punto de comenzar. Todo y todos estaban listos para el Apocalipsis.
Las trompetas sonaron. El ejército celestial se puso en marcha.
Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis se miraron y, sin mediar palabra, dieron media vuelta y, espoleando a los viejos caballos, se alejaron del campo de batalla.




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